Capítulo veintidós #2
Bajo tierra y envueltos por paredes de piedra, me temía que no.
Lo que significaba que tendría que salir de vez en cuando para mirar si había llegado algo, pues supuse que en el sótano no recibiría mensajes.
Los envié de nuevo, aunque esta vez esperé a oír el sonidito que anunciaba que ya estaban en camino antes de guardar el móvil.
Una cosa menos, ahora ya podía dedicarme a contemplar a la gente mientras seguíamos en la lenta cola.
Los disfraces eran muy divertidos y demostraban mucha creatividad.
Un monje con una máscara negra que hacía desaparecer su rostro dentro de la capucha se abrió paso a través de las puertas de la entrada.
—Ese es Wesley —avisé a Daisy—. Dijo que vendría de monje.
Luego, le eché un vistazo al calzado que llevaba.
«Zapatillas naranjas». Debí de dar un respingo porque Daisy se volvió hacia mí.
—¿Qué pasa?
—No sabía que tenía unas zapatillas naranjas.
Daisy frunció el ceño confusa.
—A lo mejor no es Wesley. Tim dice que se llevan mucho.
Apenas la oí, ocupada en dar rienda suelta a mi imaginación.
Vi a Wesley matando a su primo, pasando por nuestro lado a la carrera, oculto bajo su disfraz, y entrando en la universidad por una puerta distinta.
Luego, habría subido a su habitación, donde se habría quitado la chaqueta, las zapatillas y la máscara a toda prisa.
Le habría dado tiempo. El St. Aelred no era una universidad tan grande.
Pero ¿por qué se pondría de nuevo esas zapatillas? ¿Por qué no deshacerse de ellas como había hecho con la chaqueta?
Entonces, caí en la cuenta: para poder colocárselas a alguien, esa persona y él debían usar la misma talla, por eso se las había quedado y las llevaba a todas partes, casi como si las exhibiera delante de todo el mundo.
Daisy me dio un fuerte codazo e interrumpió mi descenso a la madriguera del conejo.
—Vuelve. Cuando salgamos del lavabo, seguiremos a ese monje y descubriremos quién es.
—Qué bien me conoces —dije con tristeza, pensando que entonces tenía que tratarse de Oliver. Le envié un mensaje.
«¿Vas al baile? Busca a Estella, de El manuscrito maldito . Kieran no puede venir. Nos vemos».
Cuando guardé el móvil, me quedé helada unos instantes. ¿Qué teléfono había usado? Uf. El mío. Qué lío con tanto móvil. ¿Cómo lo hacían los delincuentes? Imaginé a un camello enviándole a su madre información de dónde había dejado el material. A ver cómo se lo explicaba luego.
Por fin llegamos a la puerta del baño cuando mi teléfono sonó. Oliver estaba en el baile y nos buscaría.
«Qué guay el disfraz. Yo voy del monje del libro».
A lo mejor llevaba las zapatillas naranjas.
—Disculpa que te hayamos hecho esperar tanto rato —le dijo Daisy a Tim cuando nos reunimos con él en la escalera—. La cola no avanzaba ni para atrás.
—No te preocupes. Me lo he pasado bien mirando a la gente. —Nos dejó pasar primero y luego nos siguió—. ¿Para qué usarían los sótanos? —preguntó. Su voz rebotó contra las paredes mientras descendíamos los escalones de piedra.
—¿Como bodega para el vino? ¿O como mazmorra para los alumnos que no se portaban bien? —contesté. Las risas retumbaron junto con el eco de nuestros pasos.
La música rock se escuchaba más fuerte cuanto más descendíamos.
Cuando llegamos abajo, nos topamos con una gruesa puerta de madera que, por fortuna, se abrió con facilidad y entramos.
La fiesta se celebraba en una sala gigantesca y cavernosa con contrafuertes arqueados.
En uno de los extremos, un grupo estaba dándolo todo mientras que en el otro había dispuestas mesas con comida y bebida. Nos dirigimos allí primero.
—¿Ponche o cerveza? —gritó Tim para hacerse oír por encima del ruido.
Había un tanque enorme de ponche rojo y supuse que contendría alcohol. También vi un par de barriles y a un hombre disfrazado de esqueleto al lado, sirviendo de ellos. En un cartel se leía: Cerveza Monk’s Head.
—Cerveza —me decidí—. ¿Me pones una? —le pedí al esqueleto.
Me miró.
—Era para mí, pero claro.
Me sirvió una y luego otras dos para Daisy y Tim. Le dimos las gracias antes de que él también se alejara con una en cada mano.
—Salud —dijo Tim, chocando su vaso de plástico con los nuestros—. Ya estamos aquí.
Después del primer trago revitalizante, echamos un vistazo a lo que había para comer, y era delirante.
Bolas de queso envueltas en jamón con forma de cara.
Huevos rellenos que recordaban a ojos. Gambas en gelatina que parecían cerebros.
Lombrices de gominola. Divertidos… aunque nada apetitosos.
Una opinión minoritaria, a juzgar por cómo los devoraban a nuestro alrededor.
Cogí una galletita salada con un trocito de queso.
—Oliver dice que está aquí y que va de monje.
—El disfraz del día por lo que parece. —Tim señaló a otro más que teníamos cerca.
—No me extraña —apuntó Daisy—. Es sencillo y cómodo y puedes llevarlo encima de la ropa normal. —Le dio un tirón a su corpiño—. No como esta cosa, que está reforzada con ballenas.
—Para lucir hay que sufrir —dije, poniendo los ojos en blanco. ¿Cómo lo habían soportado las mujeres durante tanto tiempo? Daba gracias por la ropa interior ligera y la ropa elástica.
Otro monje más se abrió paso entre la multitud y vino hacia nosotros. Cuando estuvo a pocos pasos, se retiró la capucha y la máscara negra, que dejaron a la vista una mata de rizos pelirrojos. Wesley. Sonriendo de oreja a oreja.
Le miré los pies de inmediato. Zapatillas negras, no naranjas. Adiós a mi teoría.
—Eh, me alegro de que al final hayas venido —dijo, levantando la cerveza para chocarla con la mía. Sacudió la cabeza al ritmo de la música y miró a su alrededor—. Parece que ha tenido éxito.
—Pues sí. —Bebí un sorbo, alegrándome de verlo de tan buen humor. Por lo general, había estado taciturno o comportándose como un niño travieso, como cuando quiso asustarme en la tienda—. ¿Ha venido Josh? He visto a Amy vendiendo tiques.
Wesley señaló la abarrotada pista de baile con un gesto de la cabeza y, al cabo de un momento, vi a Josh agitando su sombrero de copa mientras bailaba.
Él también parecía mucho más contento que la última vez que lo había visto.
Puede que ya hubiera empezado a borrarse el recuerdo de que se lo había llevado la policía.
Daisy y Tim fueron a la pista y prácticamente los perdí de vista al instante.
—¿Quieres bailar? —me preguntó Wesley.
—La verdad es que ahora no me apetece —contesté—. Puede que luego. Gracias, de todos modos.
En lugar de buscar otra pareja, Wesley se quedó a mi lado, sin hablar apenas. No dejaba de mirar el teléfono, que llevaba en el bolsillo del hábito. La tercera vez que lo hizo, me sorprendió mirándolo.
—Estoy esperando un mensaje.
—Ya, siempre pasa; cuanto más lo miras, menos llaman.
Sonrió mientras se lo guardaba.
—Es verdad. Mejor lo dejo.
Su actitud alerta hizo que me entraran ganas de echarle un vistazo a mis dos teléfonos, pero no me sentía cómoda haciéndolo allí, delante de él.
—A lo mejor no tienes cobertura aquí abajo —apunté—. Voy a subir a comprobar si yo también tengo mensajes. Estoy esperando que mi novio me diga algo. —«Y el ladrón del manuscrito». Señalé la salida—. Disculpa.
Tuve que abrirme paso a través de una sala atestada de gente para llegar a la escalera. ¿Qué aforo tendría el sótano? Porque todo parecía indicar que ya se había alcanzado.
El pasillo de arriba estaba desierto y no vi ni a Amy ni a su compañero por ninguna parte. Tampoco había cola en el lavabo, así que entré en el cuarto de baño imaginando que allí tendría intimidad. Ya dentro del cubículo, abrí el bolso y saqué el móvil. Sin noticias de Kieran. Le envié un mensaje.
«Estoy en el baile y te echo de menos. Espero que todo vaya bien».
Contestó de inmediato: «De camino a casa. Buenas noticias. Intentaré llegar al baile antes de medianoche. No subas a la calabaza hasta que esté ahí».
«Buenas noticias» debía de significar que todo había ido como debía con su padre. Qué alivio.
«Perfecto a todo. Busca mi zapato, príncipe, y me encontrarás».
Para asegurarme, le hice una foto a mi bota y se la envié. Recibí un pulgar hacia arriba.
Después le tocó al de prepago. Noté que se me aceleraba el pulso cuando encendí la pantalla. Al darme cuenta de que estaba conteniendo la respiración, tomé aire.