El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

CAPÍTULO VEINTIDÓS

C uando bajamos, me alegré de ver a George sentado a la mesa de la cocina tomando un té con mi madre y tía Violet.

—Hola, forastero —lo saludé, acercándome para darle un abrazo. No lo había visto desde la visita guiada.

El hombre ahogó una risita y se sonrojó.

—Menudo regalo para la vista, muchachas. ¿Es lo último que se lleva para ir a la discoteca?

Estallamos en carcajadas.

—Ni de cerca —contesté y giré sobre mí misma para que pudieran admirar el vestido en todo su esplendor. Daisy me imitó—. Vamos al baile gótico del St. Aelred.

Viendo que aún teníamos unos minutos antes de reunirnos con Tim, decidí poner a George al día.

Le conté lo que había ocurrido con Reginald Dubold y los libros de Amy, que Sophie se había enterado de que alguien estaba amañando las cuentas del instituto y lo de las zapatillas naranjas de Oliver.

Mencioné que había encontrado Entre las ruinas , pero no que Daisy y yo le habíamos tendido una trampa al ladrón.

Aún no estaba preparada para reconocerlo.

George asimiló la información mientras asentía con la cabeza e intercalaba alguna interjección.

—Todo gira en torno a Thad, ¿eh? Tenía la tarjeta de visita del librero y llevaba las cuentas de la asociación.

—Supongo que no le sorprende a nadie —dije—. Parece que siempre iba corto de dinero. Incluso le pidió prestada una buena cantidad a su primo, que dispone de muchos menos recursos.

—¿Así que alguien siguió su ejemplo y robó el manuscrito? —aventuró George—. En ese caso, lo más probable es que Thad conociera al ladrón.

Daisy y yo intercambiamos una mirada. Esa también era nuestra teoría. Pensé con incomodidad en la reacción de Amy cuando pronuncié el nombre de Reginald. No quería que ella fuera culpable, cosa que demostraba mi parcialidad.

—¿Creéis que el asesinato de Thad tiene un móvil económico? —preguntó mi madre.

—Podría ser —contesté—. También acosaba a Amy, que era su exnovia, un asunto que fastidiaba bastante al chico con el que Amy sale ahora, que también era amigo de Thad. O sea, a Josh, el chico al que interrogó la policía. Aparte de que encontraron una chaqueta manchada de sangre en su habitación.

—¿Y no lo han detenido? —preguntó George—. Pues si no lo han detenido es que no tienen suficientes pruebas, ni siquiera con la chaqueta.

—Es probable que las pruebas forenses no apunten a Josh —intervino tía Violet, fingiendo mirarnos tras una lupa invisible—. Mejor para él.

Recordé el día de caza de Escocia.

—Y puede que hubiera un primer intento de asesinato.

Les expliqué que Thad estaba cazando urogallos y que casi lo alcanza una bala perdida.

—¿Quiénes estaban allí? —preguntó George—. ¿Alguno de nuestros protagonistas?

—Josh y Wesley fueron con él. Y Amy, aunque ella se quedó junto al fuego con las tías de Thad, ya mayores, según me contó.

George bebió un sorbo de té con aire ausente.

—Es todo un enigma, desde luego.

—Y que lo digas. Seguramente por eso el caso está estancado.

Suspiré, viendo que mis esperanzas de que George lo resolviera todo con uno de sus concisos, expresivos y perspicaces comentarios se iba al garete.

—¿Has visto el correo de hace un rato? —preguntó—. No sé cómo he acabado en la lista de distribución del St. Aelred y han enviado un comunicado por correo electrónico: han ascendido a la doctora Sophie Verona y ahora es profesora titular.

—Pues vaya —gruñí—. Oliver también aspiraba a ese puesto. Debe de haberse llevado un buen chasco. —Me pregunté si dejaría la enseñanza, como había dicho—. Otra vez Thad. Es evidente que su queja ha conseguido impedir el avance del primo de Kieran.

Aunque no dudaba de George, busqué el anuncio en la página web del St. Aelred.

Ahí estaba. Verlo en la pantalla me afectó casi tanto como si Oliver fuese mi primo.

Leyendo la noticia por encima, vi que Sophie había recibido elogios por sus artículos académicos sobre novelistas ingleses y que uno que trataba sobre el justo castigo, centrado en El manuscrito maldito , había recibido un premio.

Otra vez esa expresión. Justo castigo.

—Siento que lo asesinaran, pero debo decir que Thad no parece un tipo muy simpático —comentó George.

—No, no lo era. —Trataba sin miramientos a sus conocidos hasta que se hartaban de él. Le eché un vistazo al reloj—. Será mejor que espabilemos. Es hora de ir a buscar a Tim y dirigirnos al baile.

Acompañadas por un coro de «Que os divirtáis» e «Id con cuidado», Daisy y yo nos pusimos los abrigos, los gorros y los guantes y salimos a la fría tarde.

Llegamos a la tienda de bicis justo cuando Tim asomaba por la puerta luciendo un traje Victoriano, un bombín y un bastón de empuñadura plateada.

—A esto lo llamo yo estar sincronizados —comentó Daisy, y le dio un beso fugaz—. Qué elegante.

—Estaba esperándoos —dijo él, haciendo girar el bastón—. ¿Me permiten acompañarlas al baile, bellas damas?

—Por supuesto, amable caballero —contesté con una leve reverencia—. Lord Scott ruega que lo disculpe.

En realidad, el título nobiliario correspondía al hermano de Kieran por ser el primogénito, pero Daisy y Tim se echaron a reír sabiendo que bromeaba.

—Tengo entendido que lord Scott se halla preso en las oscuras entrañas de la capital —prosiguió Tim siguiéndome la corriente—. Quiera Dios que salga ileso.

—Ya puede usted decirlo. Aguardo su ansiado regreso al remoto condado de Cambridge con el corazón en un puño.

Agité la mano como si me embargara una profunda emoción.

Daisy me agarró por el brazo.

—Le suplico que no se deje desfallecer, señora. Los adoquines no son un lecho digno de tan bella figura.

En la misma línea, entrelazamos los brazos y fuimos caminando hasta Trinity Street, donde nuestra vestimenta inusual atrajo bastantes miradas. Tim, completamente metido en su papel, se tocaba el sombrero para saludar a los transeúntes y les deseaba una buena tarde.

—Qué divertido —dijo Daisy cuando alguien nos silbó—. Deberíamos hacerlo más a menudo.

—Hasta podríamos sacarnos un dinerillo extra —comentó Tim.

Se soltó de nosotras, se puso a cantar y a bailar una giga y sostuvo el sombrero delante de él, aunque volvió a encasquetárselo cuando vio que un hombre se metía la mano en el bolsillo.

—Tiene suerte, esta noche el espectáculo es gratis.

El hombre se alejó con sus acompañantes mientras sacudía la cabeza.

—De todo tiene que haber en la vida —oímos que decía.

—Es una ciudad universitaria, ¿qué esperas? —comentó uno de sus amigos.

Volvimos a cogernos del brazo y proseguimos nuestro camino dando saltitos, sin parar de reír. Parecíamos Dorothy, el león y el hombre de hojalata en busca del mago.

Ya en la puerta principal, firmamos el registro y anotamos que nos dirigíamos al baile. El anciano bedel sonrió mientras repasaba los disfraces con la mirada.

—No había visto cosa igual desde que era niño —bromeó el hombre.

—No me diga que lleva aquí tanto tiempo —comentó Daisy en el mismo tono, agitando los rizos.

—A veces lo parece. —Nos tendió un mapa del campus—. Diríjanse al comedor y sigan las indicaciones. El baile se celebra en el sótano.

—Espeluznante y muy apropiado —dije—. Gracias por su ayuda.

—De nada. Que lo pasen bien.

Se volvió hacia la siguiente visita.

Entramos en el patio principal.

—¿Y ahora hacia dónde? —preguntó Tim.

—Olvidaba que tú no has estado aquí. —Daisy le tiró de la manga—. Sígueme.

Otras personas disfrazadas se unieron a nosotros por el camino al edificio.

Fantasmas. Mujeres vestidas de blanco. Condes, y condesas, Drácula.

El ambiente era alegre y festivo, la gente estaba de ánimo juguetón y se perseguían unos a otros, riendo y gritando.

Imaginé que muchos habrían pasado antes por el pub , a lo que se añadía la sensación de libertad que conllevaba hacerse pasar por otra persona.

Entramos en el edificio a través de las puertas y, como nos había prometido el bedel, encontramos las indicaciones que conducían al sótano, al que se llegaba por unas escaleras junto a las que había dos alumnos vendiendo tiques para el guardarropa, sentados a una mesa.

Me fijé en el que lucía un abrigo negro entallado y un sombrero con pluma de la década de 1930 y vi que se trataba de Amy, debajo de una gruesa capa de maquillaje.

—Rebeca, supongo —dije—. El disfraz es genial.

Amy levantó la vista, sorprendida, y una sonrisa afloró a sus labios cuando me reconoció.

—Lo has adivinado. —Se tocó el pelo, que se había ondulado—. Un poco más recargado de lo que estoy acostumbrada, pero a Josh le gusta. Él va vestido de Max. —De Winter. Me repasó con la mirada—. El tuyo también está genial. Muy gótico.

—Gracias. Voy de Estella, de El manuscrito maldito . —¿Eran imaginaciones mías o había apretado los labios ante la mención del libro?—. Mi novio, Kieran, iba a ser Matthew Marlboro, pero, por desgracia, aún no ha vuelto de Londres.

Mientras charlábamos, Tim le había comprado tres tiques al otro estudiante y me tendió uno.

—Ah, gracias. —Eché un vistazo a mi espalda—. Lo siento, estoy formando cola. —Cogí el tique y me moví a un lado—. Nos vemos luego, Amy —me despedí mientras ya estaba atendiendo a la siguiente persona.

—Dejamos los abrigos y vamos un momento al lavabo, ¿vale? —propuso Daisy—. Tim, ¿nos esperas en la escalera?

Tim dijo que sí y nos pusimos a la cola para entrar al cuarto de baño, que avanzaba poco a poco. Abrí el bolso y le eché un vistazo al teléfono de prepago con curiosidad por saber si había respondido alguien.

—¿Hay suerte? —preguntó Daisy.

—Nada de nada. —Abrí la aplicación de mensajería para comprobarlo y vi que había un par de mensajes que seguían en la bandeja de salida—. Ay, no, no se han enviado.

—Pues hazlo ahora —dijo Daisy—. Sospecho que en el sótano no habrá cobertura.