Capítulo veintiuno #2
—Cierto. —En ese momento, reparó en el móvil que había en la cama—. Has comprado uno. —Lo cogió y lo examinó por todas partes—. ¿Le has enviado un mensaje a alguien?
—Aún no. —Encontré el bolso, metí mi teléfono personal y, a continuación, las llaves, un monedero diminuto con dinero y mi carné de identidad.
Daisy se sentó en la cama.
—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Venga.
Me quedé quieta, con el bolso en la mano, y volví a dejarlo en el tocador.
—¿Tú crees?
—¿Por qué no? Si son inocentes, no le harán ni caso. Y seguramente te bloquearán. No pasa nada. —Daisy ya estaba repasando la lista—. Hay unos cuantos nombres, ¿eh?
Me senté a su lado.
—Sí, lo sé, ese es justamente el problema. No todos asistieron a la charla.
—Puede que Oliver tenga la lista de los que acudieron —apuntó Daisy.
—Es posible. —Vacilé—. Supongo que podría pedírsela, pero tendría que explicarle para qué la quiero.
Cuantas menos personas supieran qué nos traíamos entre manos, mejor. Si fracasábamos, nada saldría de esa habitación y todo quedaría entre Daisy, Puck y yo.
—¿Por qué no empezamos entonces por los protagonistas principales? —Daisy volvió a echarle un vistazo a la lista—. Apuesto a que la mitad de la gente que fue ni siquiera sabe quién es Selwyn Scott. Los alumnos de Oliver sí, seguro.
Me eché a reír.
—Sí, estoy convencida de que aprovecha para mencionar el parentesco. —Me acerqué un poco para mirar por encima de su hombro—. Entonces, Amy, Josh y Wesley. Les enviaremos un mensaje a ellos. Ah, y a Sophie Verona.
No me decidía a incluir a Oliver. Si Kieran descubría…
Daisy no me presionó.
—Vale. ¿Y qué decimos?
—Algo no muy rebuscado. —Lo pensé un momento—. ¿Qué te parece: «Tengo comprador. Envíame un mensaje si quieres que proceda»?
—Me gusta. Corto y simple, no revela nada. Primero, a Josh.
Daisy introdujo su número y empezó a escribir en la casilla de texto.
—¿Sabes?, Amy tuvo una reacción muy rara cuando supo que estaban investigando a Reginald Dubold.
Mientras Daisy acababa el mensaje, le conté que se había sorprendido mucho cuando mencioné el nombre del librero.
—Entonces a lo mejor no contesta —dijo Daisy—. Puede que crea que se lo envía la policía.
—Cierto.
Y llegaríamos a otro callejón sin salida. En cualquier caso, no se perdía nada, salvo unos minutos por nuestra parte. Y unas cuantas libras. Tal vez pudiera revender el teléfono y recuperar algo.
Daisy envió el mensaje a los tres estudiantes y luego me pasó el teléfono.
—Llévatelo por si alguno de ellos contesta.
—Espera. ¿Y por qué no le escribimos también a Sophie?
Pasé las páginas de la lista hasta el principio. Sophie, Oliver y Thad aparecían como los contactos de la conferencia.
«Thad». Pensé en el móvil desaparecido. El asesino podría haberlo tirado en algún sitio, en una papelera o al río, aunque esperaba que no. O pasarle por encima con un coche. Pero ¿y si se lo había quedado? Llevada por un impulso, le envié el mismo mensaje al número de Thad. Y a Sophie.
—Ya está, hecho.
Con suerte, alguien contestaría.
Sin poder evitarlo, pensé en El manuscrito maldito y en la manera en que la codicia había llevado a tantos problemas.
Thad no estaba satisfecho con lo que tenía, pese a que, según decía todo el mundo, era bastante más que suficiente.
Quien hubiera robado el manuscrito había caído en la tentación de hacer dinero cometiendo un delito.
Y lo peor de todo era que la codicia de Thad, sus ansias de dinero, de acaparar la atención de Amy y, sin duda, de más cosas que desconocíamos aún, había conducido a su muerte. O eso era lo que yo creía.
El manuscrito maldito (continuación)
El monje nos indicó una puerta en la que no había reparado y aguardó allí por nosotros con su lámpara, mostrando una gran consideración por su parte. Debo reconocer que su bienvenida me sorprendió, pues era lógico considerar que solo un ermitaño rondaría un monasterio abandonado.
—Tuve mucho trato con su padre —declaró, dirigiéndose a Estella mientras avanzábamos por un pasillo medio en ruinas—. Mis condolencias.
La joven inclinó la cabeza a modo de agradecimiento.
—¿De qué lo conocía?
—Coincidimos en varias ocasiones a lo largo de los años —fue la críptica respuesta—. En cierto modo, era un hombre dispuesto a defender con vehemencia aquello en lo que creía y manteníamos largos debates. Ya saben lo que se dice: hierro con hierro se lima.
Levantó la lámpara un poco más para iluminar la habitación a la que nos había acompañado.
Además de una mesa y una silla, la pequeña estancia contenía un camastro y un par de bolsas de viaje.
—Mi burro está en el establo —nos explicó mientras dejaba la lámpara en la mesa—. Peregrino de un sitio a otro, dejándome llevar.
Lo imaginé recorriendo Italia, de ruina en ruina. Aunque lo más probable era que se detuviera en monasterios que seguían habitados.
—¿Qué lo ha traído aquí? —Tuve la osadía de preguntarle. Pese a la belleza y el esplendor del lugar, poca comodidad habría de encontrar en un sitio semejante. ¿Por qué no había solicitado asilo en la mansión? No sería el primer hombre santo que lo hiciera.
Estella pensó lo mismo.
—¿Por qué no ha acudido a mí? Le habríamos prestado cobijo con sumo gusto.
El monje negó con la cabeza.
—Un ofrecimiento muy amable, signorina .
Sin embargo, necesito estar a solas cuando escribo.
—Nos indicó la mesa, en la que había un tintero y unas páginas sueltas.
Inspiró hondo, paseando la mirada por las paredes de piedra de la habitación—.
Fue aquí, en esta misma sala, donde se escribió Las divagaciones de un monje , obra fundamental en la que me inspiro, pese a que mis logros palidecen en comparación.
Esperaba que fuera así, dado el malhadado efecto que el libro original poseía fama de producir en sus dueños.
—Mi padre tenía ese libro —dijo Estella—. Ahora es mío. —Suspiró—. Ya he recibido ofertas para su adquisición. Entre otras, la del acompañante del señor Marlboro.
Los ojos del monje relumbraron en las profundidades de la capucha.
—¿Acaso ese hombre sabe que no se trata solo de un bonito ejemplar que admirar en un estante? Posee un enigmático poder que puede ser peligroso.
—Qué cosas dice. —Estella se echó a reír—. A mí me resulta una lectura de lo más amena.
—¿Lo ha leído? —La figura del monje pareció crecer cuando se cernió sobre la menuda joven—. ¿Lo ha abierto y ha mirado las páginas?
Estella retrocedió desconcertada.
—Por supuesto. ¿Cómo si no pretende leer un libro? —repuso, imitando los gestos propios de alguien dedicado a la lectura.
Tal vez consciente de que resultaba intimidante, el hombre se echó hacia atrás y se quedó mirando al vacío, como si estuviera absorto en sus pensamientos. Luego, murmurando para sí mismo, empezó a caminar por la estancia con las manos entrelazadas a la espalda.
Estella y yo intercambiamos una mirada. Se estremeció, mal abrigada con un chal que a duras penas la protegía del frío que imperaba en la habitación, y le ofrecí mi chaqueta igual que haría un caballero. Me sonrió agradecida mientras se la echaba por los hombros.
—Yo nunca lo he leído —dijo el monje al fin—. No me he atrevido.
—No lo entiendo. —Estella ladeó la cabeza.
—Por descontado, bella dama. Obviamente es una joven inocente de corazón puro. —Clavó sus ojos en ella largo rato, como si escudriñara su alma—. No sé si revelarle lo demás, en vista de la muerte de su padre.
—¿Por qué? —exclamó Estella—. No comprendo. El libro me pertenece y debo conocer cuanto le ataña.
Tuve un presentimiento, solo era una teoría, pero, en lugar de expresarla en voz alta, esperé a que el monje arrojara luz sobre el asunto.
¿Cómo no iban a considerar loco al autor?
¿Quién creería semejante delirio? La gente decía que las muertes eran pura coincidencia, que ese era el modo en que el objeto se ganaba la reputación de estar encantado… o maldito.
El monje cerró los ojos e inspiró hondo. Tuve la impresión de que se preparaba para revelar lo que sabía. Como si, una vez pronunciadas, las palabras y sus consecuencias no pudieran borrarse.
—Adelante, amigo —lo apremié, tal vez sin el respeto que se le debe a un clérigo—. Según entiendo, se trata de una cuestión de vida o muerte.
Y todo parecía indicar que realmente era así.
Tomó aire con brusquedad y enderezó la espalda.
—Muy bien. Se lo diré. Después de que me prometan que se abstendrán de tacharme de mentiroso ni de atacarme a mí o a mi reputación de ningún modo.
—Se lo prometo —dijo Estella—. Pese a que es un gran descargo de responsabilidad.
—Enseguida entenderá por qué.
El hombre vaciló de nuevo y sentí la tentación de estrangularlo para que hablara de una vez, un comportamiento totalmente impropio para con un hombre que vestía las órdenes sagradas y que podría dar con mis huesos en la cárcel.
La tensión se palpaba en el ambiente. Nadie se atrevía a respirar. Por fin, el monje habló.
—El libro posee un poder raro y misterioso. Cada lector descubre un relato distinto.
—¿Se refiere a que lo interpreta de manera diferente, según su manera de pensar? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—No. Se trata de historias distintas por completo. El libro refleja el alma de su lector, por ese motivo muchos han muerto durante su estudio: se ven asaltados por el flagrante e inevitable retrato de sus pecados ocultos.