El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

CAPÍTULO VEINTIUNO

M e despertó un mensaje de Kieran.

«Malas noticias».

Se me aceleró el corazón.

«¿Tu padre?».

Conteniendo la respiración, esperé la respuesta.

—Vaya mierda, Puck —dije. El gato, tumbado en la almohada que no utilizaba, alargó una pata para tocarme el brazo.

«Perdona, no quería preocuparte. Puede que esta noche llegue tarde al baile».

«¿El baile? Eso me da igual. Me alegro de que tu padre esté bien. Porque lo está, ¿no?».

«Sí, sí. Mucho mejor. Hoy tenemos otra visita con los médicos». «Uf. Dile que Puck le envía muchos ánimos».

«Ja, ja. Vale. X».

Mmm… «X». Algunos británicos cerraban los mensajes y todo lo que publicaban con una equis, lo cual transmitía una intimidad cordial. Kieran no.

Lo pensé un momento y subí la apuesta con un abrazo.

«O».

Me envió un emoticono sonriente como respuesta.

Vale. Ya que estaba despierta, quizá era mejor que me pusiera en marcha en lugar de intentar dormir un poco más.

Descorrí las cortinas para echar un vistazo a la calle, un ritual matutino.

Ese día, la escarcha cubría los adoquines, los cubos de basura y los tejados, que desprendían vapor con la salida del sol.

Había luz en el Tea & Crumpets, así que decidí ir a desayunar al local de Daisy.

—Hoy va a hacer un frío que pela, Puck —dije, abriendo un cajón en busca de un jersey de lana—. Un día de suéter.

Una ducha rápida después, estaba cruzando la calle para entrar en la cafetería. Daisy limpiaba una mesa y colocaba tazas y platos en una bandeja alta de plástico. Levantó la cabeza cuando las campanillas tintinearon.

—Buenos días, Molly. ¡Esa puerta!

La cerré como pude, peleándome con el viento.

—Ahí fuera te hielas.

La cafetería estaba tranquila, lo que significaba que Daisy tendría tiempo para charlar un rato.

Solo había unas pocas mesas ocupadas, en las que se sentaba gente que tecleaba en sus portátiles o miraba el móvil.

Se oía música clásica por los altavoces, lo bastante baja para poder mantener una conversación íntima.

Daisy pasó la bayeta por la mesa que acababa de recoger antes de volver al mostrador.

—¿Qué te pongo?

—El café de siempre y algo para desayunar. —Le eché un vistazo al expositor de la bollería—. ¿Bollitos rellenos de salchicha? Perfecto. Dos, por favor.

—¿Calientes? —Daisy los colocó en un plato.

—Sí, gracias. Son para comer aquí. —Me apoyé en el mostrador y miré mientras ella los metía en el microondas y encendía el hervidor—. Tengo un montón de noticias. Ah, y esta noche hay un baile en el St. Aelred.

—Estoy apuntada. —Daisy sacó el plato del microondas—. Tim y yo vamos a conjunto. Seremos los protas de Nosferatu .

Me reí.

—Genial. Kieran y yo nos hemos inspirado en El manuscrito maldito . Espero que le dé tiempo de volver de Londres.

—¿Londres?

Daisy colocó en mi bandeja unos cubiertos envueltos en una servilleta antes de verter el agua hirviendo en el cono de café con destreza.

—Su padre tenía que ir al médico. —Esperé a que terminara de echar el agua—. ¿Tienes un minuto?

Miró la calle desierta por los ventanales.

—Claro, hasta que entre alguien.

Cogió una taza de té y se sentó conmigo en la mesa de la esquina.

—Tengo la sensación de que hace siglos que no nos vemos —comenté después de darle un bocado a los sabrosos bollitos de salchicha y beber un delicioso e intenso trago de café—. La última vez fue en la visita guiada, ¿no?

Daisy sopló su té para que se enfriara un poco.

—Es como si hiciera meses.

—Y que lo digas. —Le di otro bocado a mis bollitos mientras pensaba por dónde empezar. ¿Quizá por la mejor noticia de todas?—. He encontrado Entre las ruinas .

Se le escapó tal chillido que atrajo la atención de los demás clientes. Tras alguna que otra mirada curiosa, todo el mundo se concentró de nuevo en sus dispositivos.

—Eso es fabuloso, Molly. ¿Dónde estaba?

Le conté la excursión a la torre.

—Es muy guay hacer un descubrimiento literario revolucionario —concluí.

—¿Algún avance en cuanto a la verdadera identidad de Selwyn?

—Nada definitivo.

Le enseñé las muestras escritas a mano mientras le relataba el viaje al cementerio, lo cual me condujo a una pequeña deliberación sobre las zapatillas naranjas de Oliver, y de ahí pasé a hablar de mi visita a la tienda de Reginald Dubold y la redada de sir Jon y su equipo.

Daisy escuchaba haciendo algún que otro apunte o dejando escapar una exclamación.

—No has estado perdiendo el tiempo, ¿eh? Madre mía. —Un sorbo de té—. Y aún no saben quién mató a Thad, ¿verdad?

—Todavía no han detenido a nadie.

—¿Han encontrado su teléfono? —preguntó Daisy.

Empecé el segundo bollito, que estaba tan bueno como el primero.

—Que yo sepa, no. Una lástima, porque a lo mejor Thad quedó con alguien en la puerta. Eso le pondría un bonito cierre al caso, ¿no?

—Pues sí —contestó Daisy con la mirada perdida—. Bueno, ¿en qué punto nos encontramos?

Me gustaba que siempre se apuntara a acompañarme en los enredos en los que me metía.

—Aún no está claro lo de Selwyn, pero tiene que ser Agatha, Frances o Samuel. —Se me ocurrió algo—. O dos de ellos. Quizá eran coautores. —Me guardé la idea para analizarla más adelante—. Cambiando de tema, el caso de Thad parece que está encallado. Igual que el asunto del manuscrito robado.

—¿Crees que fue alguien del St. Aelred?

—No sé si del St. Aelred, pero alguien que asistió a la charla de Oliver, seguro —aclaré—.

Desde entonces, he averiguado que Thad conocía a Reginald Dubold, que está metido en una buena por vender libros de manera ilícita.

Lo más probable es que los de Amy acabaran allí por esa vía, aunque no se sabe si a propósito o no.

Partiendo de ahí, no es tan descabellado que alguien del grupo de amigos también viera la oportunidad de vender el manuscrito ilegalmente.

—Has dicho que no lo han encontrado en la librería. ¿Lo que significa…?

—Pues no lo sé, la verdad. Quizá Reginald haya mentido y ya lo haya vendido. O que aún falte cerrar el trato. A lo mejor estaba buscando un comprador.

Lanzaba teorías al tuntún.

—Lo último que has dicho, que quizá aún lo tenga el ladrón… —A Daisy le brillaron los ojos—. Se me ha ocurrido una idea. Igual es un poco loca, y seguramente venga de que anoche estuve viendo un programa de detectives…

—Esas son las mejores —afirmé, asintiendo para animarla a que continuara hablando—. Sigue.

—Envía un mensaje a las personas de las que sospechas haciéndote pasar por Reginald y di que tienes un comprador.

—Daisy… ¿En serio? Verían mi número.

—Compra un teléfono de prepago —repuso emocionada—. Me juego lo que quieras a que él también utiliza uno de esos para sus negocios.

—Vale —dije despacio—. ¿Y si contesta alguien? No serviría como prueba.

Me encogí pensando en la probable reacción de Sean Ryan y sir Jon. Uf.

—Puede que no, pero sabrás dónde está el manuscrito y luego ya se te ocurriría algo.

Me encantaría saber dónde estaba… y recuperar el valioso documento antes de que lo destruyeran o se perdiera para siempre. Y, entonces, caí en una objeción definitiva.

—No tengo sus números.

—Claro que sí —repuso Daisy—. Mira en el kit de bienvenida que repartieron en la charla de Oliver.

Había una lista de asistentes a la conferencia, con sus números de móvil y la dirección de correo electrónico.

—Debí de poner cara de incredulidad porque añadió—: Recogí más de uno cuando terminó. La gente los dejó por ahí tirados.

Recordé que yo aún llevaba el mío en el bolso. Ni se me había ocurrido mirar dentro de la carpeta.

—¿De verdad crees que debería hacerlo? —¿Y si averiguaban que había sido yo quien había enviado el mensaje? Aunque, ¿cómo, si uso un teléfono de prepago?—. Me lo pensaré. ¿Quedamos luego? Podríamos ir caminando al baile.

—Hecho. —Daisy se levantó de la mesa—. ¿Te lo relleno para llevar?

Ese día, a las siete, estaba vestida para el baile, pero Kieran aún no había regresado de Londres y yo tenía un teléfono de prepago encima de la cama mirándome de manera acusadora.

Era la primera vez que compraba uno de esos chismes. Aunque eran totalmente legales, tenía la sensación de estar haciendo algo ilícito, quizá porque era lo que solían usar los delincuentes, al menos según las novelas que había leído. Además, había sido muy barato.

Justo al lado estaba la hoja que acompañaba el kit de bienvenida, que no había tirado.

Daisy tenía razón, la mayoría de los asistentes habían adjuntado sus direcciones de correo y sus números de teléfono.

Había visto ese tipo de listas antes, en conferencias de biblioteconomía.

Aunque sospechaba que el objetivo de los organizadores era ayudar a la gente a establecer contactos, no a tender una trampa.

—¿Molly? —Oí que Daisy me llamaba desde el piso de abajo antes de empezar a subir la escalera.

Puck saltó de la Cama y fue a saludarla.

Cuando entró en la habitación, ya lo llevaba en brazos—.

Qué gatito tan mono —dijo, acariciándole la cabeza—.

Las veces que te vi merodeando en la calle y ahora tienes un nuevo hogar.

Se lo habría quedado ella, pero no se permitían gatos, ni su pelo, en las cafeterías por motivos sanitarios.

—Estoy lista. —Me miré una vez más en el espejo. Tía Violet había encontrado un chal negro de encaje con el que me cubriría la cabeza, a modo de mantilla. Le daba el toque perfecto a mi traje.

—Estás guapísima. —Daisy dejó a Puck en el suelo y dibujó un círculo en el aire con un dedo—. Date la vuelta.

Giré como me había pedido.

—Tú también estás muy guapa.

Llevaba un vestido de tafetán muy similar al mío, un chal de lana sobre los hombros, sujetado con un camafeo, y el pelo le pendía en tirabuzones.

Daisy se lo atusó.

—No está mal. Pero ¿te imaginas este jaleo todos los días?

—No, en eso tenemos suerte, ¿verdad? —Miré a mi alrededor buscando el bolsito de mano con el que acompañaría mi conjunto esa noche—. Ni siquiera tenemos que llevar ropa interior si no queremos.

Rio.