Capítulo veinte #2
La librería estaba cerrada cuando llegué a casa, así que dejé las bolsas en el suelo y me dirigí directa a la cocina, donde se respiraba un ambiente alegre y cálido.
Tía Violet se encontraba delante de los fogones, mi madre servía vino en tres copas y sir Jon estaba sentado a la mesa mientras los dos gatos competían por acaparar su atención.
—Sir Jon, me alegra verlo —lo saludé mientras me quitaba el abrigo y lo colgaba en el perchero, temiendo que estuviera allí para regañarme por entrometerme en su investigación, por mucho que tuviera un motivo legítimo para encontrarme en la tienda de Dubold.
—Yo también me alegro de verte, Molly. —Sir Jon le rascó la barbilla a Clarence y el viejo gato ronroneó tan alto que nos hizo reír a todos.
—Tienes buena mano con los gatos —comentó tía Violet, limpiándose las suyas en el delantal. Estaba sonrojada por el calor que desprendían los fogones… ¿y puede que también por la presencia de sir Jon?—. Las patatas ya casi están.
—¿Qué hay de cena? —Saqué una cerveza tostada de la nevera y la abrí—. Huele que alimenta.
Algo delicioso se asaba en el horno.
—Pastel de carne al estilo Kilmarnock —contestó tía Violet—. Ternera en su salsa. —Pinchó las patatas con un tenedor y apagó el horno—. Judías verdes y puré de patata.
Ya estaba salivando. Tía Violet hacía unos purés de patata deliciosos con mucha leche, mantequilla, sal y pimienta. Una de mis comidas reconfortantes preferidas.
—¿Puedo ayudar en algo? —pregunté.
Mi madre, que estaba poniendo la mesa, negó con la cabeza, así que fui a sentarme con sir Jon y los gatos. Y a beber cerveza.
—Me sorprendió verte esta mañana —comentó sir Jon con cierta sequedad—. ¿Qué hacías en la tienda de Reginald Dubold?
Miré a tía Violet de reojo. Me preocupaba que la mención del librero deshonesto volviera a disgustarla, pero la mujer continuó aplastando patatas como si nada, así que seguí adelante y le conté a sir Jon lo de los libros de Amy.
—Sean Ryan ha estado aquí esta mañana y ha prometido que hará lo que pueda para que los recupere —concluí—. Me hago una idea bastante buena de quién se los vendió a Dubold. —Pareció que le interesaba, así que proseguí—: Thad Devine. Amy se los había prestado.
—¿El estudiante al que asesinaron? —Sir Jon se frotó la barbilla—. Mmm… No dice mucho en su favor, ¿verdad? Vender los libros de un amigo.
—No mucho —convino tía Violet—. Qué feo por su parte.
Se puso las manoplas y abrió el horno, donde cuatro pequeños pasteles de hojaldre se tostaban en una bandeja. Mi madre se acercó y la ayudó a servir la cena y a llevar los platos a la mesa.
Cuando todos tuvimos la cena delante, sir Jon dio las gracias por la comida y nos pusimos manos a la obra.
—¿Nos puede contar algo de la redada de hoy? —pregunté después de engullir unos cuantos bocados de patata y carne tierna bañadas en salsa.
—¿Redada? —repitió tía Violet, hasta que cayó en la cuenta—. Finalmente Reginald tendrá que responder por sus delitos, ¿eh?
—No se te escapa nada, querida —susurró sir Jon. Nos miró a todas de manera significativa antes de añadir—: Esto no puede salir de aquí, ¿de acuerdo?
—Por supuesto —murmuramos.
—Reginald Dubold está en nuestra lista desde hace tiempo. Nos llegó el soplo de que había empezado a hacer tratos bajo mano una vez más y hemos ido a hacerle una visita.
—¿Han encontrado El manuscrito maldito ?
—pregunté, sintiendo que el corazón me daba un brinco ante la posibilidad de que así fuera.
Puede que también supieran quién se lo había vendido a Reginald.
Es decir, quién se lo había llevado de Hazelhurst House delante de nuestros ojos.
Pese a la relación con los libros de Amy, no había podido ser Thad, dado que ya había muerto cuando se produjo el robo.
Sir Jon negó con la cabeza.
—Lamento decir que no, pero sí han aparecido otras obras tras las que andábamos detrás. El señor Dubold no venderá libros en una temporada.
Me hundí en la silla, decepcionada.
—¿No? ¿Dónde puede estar?
—Puede que aún lo tenga el ladrón —apuntó sir Jon—. Le preguntaré a Reginald la próxima vez que lo interroguemos para averiguar si se han puesto en contacto con él.
—Espero que no se lo hayan vendido a otra persona.
Aunque no sé a quién. —¿Dónde encontraba un estudiante universitario un coleccionista al que no le importara que la mercancía procediera del mercado negro?
—. Lo veía tan claro… Pero sigue habiendo una relación entre Reginald y los estudiantes del St. Aelred.
Thad tenía su tarjeta de visita y, como he dicho, los libros de Amy acabaron allí.
—Lo averiguaremos, Molly —aseguró sir Jon—. Tarde o temprano.
Al menos teníamos el nuevo manuscrito, que, de momento, seguía guardado en el cuarto de Hazelhurst House. Preocupada ante la ausencia de noticias de Kieran, le eché un vistazo al teléfono.
Por fin, un mensaje en la bandeja de entrada.
«Perdona que no haya estado disponible. Han ingresado a mi padre. Tenía la tensión muy baja. Han resultado ser los electrolitos. Se quedará esta noche».
«Uf. Me alegro de que no sea nada grave. Espero que estés sentado. Si no, hazlo».
«¿Qué?». Me envió un emoticono de una cara aterrorizada.
«Son buenas noticias. Muy muy buenas noticias».
«Vale, suéltalo ya».
«He encontrado Entre las ruinas . Estaba encajado en el asiento de la cheslón de la torre».
«Ah. He visto las fotos, pero no lo entendía. Tenía la cabeza en otras cosas».
Añadió una divertida serie de exclamaciones que me hicieron reír.
—¿Qué es eso tan gracioso? —preguntó mi madre de manera significativa.
—Disculpad. Kieran me ha puesto al día sobre el estado de su padre y luego le he contado la gran noticia. Está bastante emocionado. —Noté que se me dibujaba una gran sonrisa—. Ay, que tampoco os lo he contado a vosotros, ¿verdad?
—No —dijo tía Violet con un resoplido—. No sabemos nada de nada.
—He encontrado la segunda novela de Selwyn Scott. Se titula Entre las ruinas y nunca se publicó. Lady Asha quería hacerlo y, ahora que por fin hemos dado con él, podrá.
—No sabía que había un segundo libro —comentó tía Violet—. ¿Cómo se me ha podido pasar?
—Nadie lo sabía. Descubrí una mención en una carta que recibió el editor de Selwyn Scott. Por algún motivo, nunca llegó a publicarse. Pero ahora ya no hay ningún impedimento.
—Pero qué maravilla, menudo hallazgo —se alegró mi madre—. Eres una auténtica detective de libros.
Me acabé el último bocado de patata y salsa.
—Me gusta cómo suena eso.
Era probable que buscar libros resultara bastante más seguro que las investigaciones de asesinato en las que acababa involucrada.
Después de cenar, tía Violet y sir Jon fueron al Magpie a escuchar música celta. Mi madre y yo nos quedamos para seguir leyendo El manuscrito maldito .
El manuscrito maldito (continuación)
Casi había alcanzado la ventana iluminada cuando oí que Estella me llamaba.
— Signore Marlboro. Espéreme.
¿Qué hacía allí fuera, sola y en medio de la oscuridad? Cuando llegó junto a mí, le transmití mi preocupación.
—Cuando divisé la luz, salí al balcón para verla mejor —se explicó— y, unos minutos después, vi que abandonaba la casa. —Se llevó una mano al pecho, tratando de recuperar el aliento—. Tengo tanta curiosidad como usted por averiguar de quién se trata.
—¿Nunca ha visto a nadie aquí, en el monasterio?
Ella negó con la cabeza.
—Hace mucho que no. Años. Mi padre insistía en que me mantuviera alejada de las ruinas. Decía que eran peligrosas.
—Y tenía razón. No se aleje de mí, así velaremos el uno por el otro.
Me puse al frente y nos conduje a través de las altas hierbas y las piedras desmoronadas.
Poco después llegamos junto a la ventana, pero descubrimos que la altura del alféizar nos impedía echar un vistazo al interior. ¿Qué podíamos hacer? Examiné las paredes tratando de encontrar la manera de entrar.
—Súbame para que pueda mirar por la ventana —propuso Estella.
Sopesé la idea, calculando la distancia y su altura. Quizá funcionase.
—De acuerdo, probémoslo. Procure que no la vean. No diga nada.
Me miró con gesto divertido.
—No se preocupe.
Me agaché un poco y entrelacé las manos para que ella pudiera usarlas a modo de escalón. Colocó su pie diminuto en mis palmas y la alcé.
Estella se agarró al saliente de la ventana mientras trataba de ver algo por encima del borde. Entonces, noté que se tambaleaba y se inclinó hacia atrás, lo cual me obligó a rodearla con mis brazos para frenar su caída. Aun así, ambos nos precipitamos al suelo.
—¿Por qué ha hecho eso? —susurré, frotándome el codo y la rodilla.
En lugar de contestar, alzó la mirada hacia la ventana, boquiabierta. Dirigí los ojos hacia allí y al momento comprendí su asombro.
Había un monje encapuchado.
—Pueden usar la puerta —nos advirtió con voz grave—. Será más fácil.