El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo veinte
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Capítulo veinte

CAPÍTULO VEINTE

M e quedé mirando durante largo rato el manuscrito perdido hacía tanto tiempo, regodeándome en silencio. Bueno, en silencio entre un estornudo y otro. El polvo centenario hacía estragos en mis senos nasales.

Hojeé la pila para ver si estaban todas las páginas, lo que en este caso significaba echar un vistazo a la última. «Fin». Pues sí, con la posible añadidura de la que había en la mesa, teníamos el libro completo.

La tentación de empezar a leerlo era casi irresistible, pero logré contenerme. Primero tenían que verlo los Scott.

Como si mis pensamientos los hubieran invocado, oí unos pasos suaves en la escalera. ¿Kieran ya había vuelto de Londres? Era imposible. Oliver apareció en la puerta.

—Molly, estás aquí. —Desde el suelo, su figura imponía—. ¿Qué es eso?

Los ojos se me fueron a las zapatillas naranjas, que también llevaba ese día. ¿Eran una señal de su inocencia o de su culpabilidad?

—Acabo de encontrar Entre las ruinas . —Le di unas palmaditas al cheslón—. Alguien lo había metido debajo del tapizado.

Quién, cuándo y por qué eran preguntas para las que aún no tenía una respuesta.

Cruzó la habitación con pasos prudentes, como si se acercara a una especie de grial. Quizá lo fuera para él. Alargó una mano.

—¿Puedo verlo?

Apreté las páginas contra el pecho.

—Enseguida. Primero quiero decírselo a tu primo y tu tía.

—Le hice un par de fotos y se las envié a Kieran, salpicando el mensaje con emoticonos emocionados.

Oliver continuó de pie junto a mí, observando—.

¿Puedes apartarte un poco, por favor? Estás demasiado encima.

—Se me ocurrió algo—. ¿Por qué no estás en el St. Aelred?

¿Cuándo daba clases ese hombre? Últimamente daba la impresión de que no saliera de aquella casa.

Retrocedió un par de pasos.

—El doctor Cutler me ha puesto de vuelta y media esta mañana. He salido un rato para despejarme.

—Ay, no. —Mensaje enviado. Lo miré—. Lo siento. Es muy injusto.

Oliver se cruzó de brazos.

—Desde luego. No cedí al chantaje de Thad y esta es mi recompensa. Amonestado por escrito y examinado con lupa. Cutler me ha dicho que quiere ver todos los trabajos que he corregido este trimestre. Y que luego hablaremos de cómo los he calificado.

La mención al chantaje quiso recordarme algo, pero lo dejé correr al ser incapaz de precisar qué era.

—Es absurdo. ¿Cómo vas a necesitar supervisión a estas alturas de tu carrera? —Me parecía adecuado para estudiantes de magisterio, por ejemplo—. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no ha hecho caso omiso de la queja de Thad? Al fin y al cabo, está…

«Muerto». Me detuve antes de decirlo.

—Porque los padres de Thad donan mucho dinero a la universidad y el doctor Cutler quiere ganarse su favor. Y si para ello necesita arrojarme a los leones en sacrificio, lo hará. —Lo había dicho con acritud—. Sabe que apenas tengo alternativas.

—Salvo que dimitas y escribas ese superventas.

—¿Por qué crees que estoy obsesionado con Selwyn Scott y mi libro? Es lo único que me mantiene cuerdo.

—Lo entiendo. —Me apoyé en el asiento para levantarme—. ¿Y si bajamos, que se está más cómodo? Puedes leer mientras yo sigo con el inventario.

Mientras no sacara el manuscrito de la biblioteca, estaba segura de que no pasaba nada por dejar que le echara un vistazo. Tampoco era que yo tuviese ninguna autoridad en el asunto más allá de ser la guardiana virtual de la biblioteca en ausencia de Kieran y sus padres.

Recogí la página suelta que había en la mesa y bajé la escalera.

—De vuelta al trabajo —dije cuando estuvimos en la biblioteca, donde hacía calor en comparación con la torre—. ¿Aquí te parece bien?

Dejé la pila de hojas en una mesa distinta de la mía.

—Perfecto.

Oliver retiró una silla, se sentó y se quedó absorto en la lectura en cuestión de segundos.

Habría que fotocopiarlo para que la gente no lo estropeara manoseándolo, aunque me había fijado en que el papel era mucho más grueso que el que se utiliza en la actualidad. Estaba pensado para que durara.

Me puse manos a la obra, aunque de vez en cuando echaba un vistazo al móvil para ver si me había contestado Kieran. Seguramente se encontraba en un lugar sin cobertura. U ocupado con las visitas de su padre.

—Toc, toc.

Levantamos la cabeza y vimos a Sophie Verona en la entrada, vestida de manera informal pero elegante con una chaqueta negra de cuero, vaqueros ceñidos y botines. Llevaba el pelo suelto y le llegaba a los hombros; una melena oscura y brillante.

Oliver retiró la silla.

—Sophie, no sabía cuándo vendrías.

Ella hizo una mueca.

—Yo tampoco, pero se ha cancelado mi último seminario, así que aquí estoy. —Se paseó por la sala, sin perderse ni un detalle—. Podría pasarme años en esta biblioteca.

—Yo también —reconocí—. Y puede que lo haga, teniendo en cuenta lo lento que va este inventario.

Ahora que había cogido carrerilla, la interrupción de Sophie me contrarió un poco.

—Vamos a ir a comer a Hazelhurst —comentó Oliver, como si tuviera que mantenerme informada—. Kieran sabe que habíamos quedado aquí.

Agité una mano como diciendo que no era asunto mío, como efectivamente ocurría. Continué introduciendo libros en el programa de la biblioteca, fingiendo que no les prestaba atención, aunque no pude evitarlo.

—¿Qué es eso? —preguntó Sophie, sentándose junto a él. Acercó la silla hasta que casi se tocaron, muslo contra muslo.

—Otro manuscrito de mi antepasado, Selwyn Scott —contestó Oliver—. Un hallazgo extraordinario.

—Tengo una noticia un poco preocupante —anunció Sophie después de echarle un vistazo.

—¿Qué pasa? —preguntó él alarmado—. ¿Han averiguado quién…?

Ella negó con un gesto breve.

—No, no. Ya sabes que le he pedido a Amy que se ocupe de la contabilidad. Del instituto. —Hizo una pausa a la espera de que asintiera—. Ha encontrado algunas irregularidades.

Por el rabillo del ojo, vi que Oliver se echaba hacia atrás con el ceño fruncido.

—¿Irregularidades? ¿Como qué?

—Como que falta dinero. Esa comadreja nos estaba robando —contestó ella con voz destemplada.

—No, ¿en serio? No puedo creerlo… ¿Por qué? —Oliver parecía sinceramente desconcertado—. Pero si su familia está podrida de pasta.

Sophie se encogió de hombros.

—Igual para él era un pasatiempo, ya sabes, ver hasta dónde podía llegar sin temor a las consecuencias. De todas maneras, es lo que hay. —Suspiró hondo—. ¿Te apetece ir a alguna parte? Me vendría bien una copa.

Oliver miró la hora en el móvil.

—Claro. Pero primero tengo que hacer una llamada, he de hablar con uno de mis alumnos. Espera.

Salió de la biblioteca sin apartar la vista del teléfono y, unos segundos después, oímos el rumor de su voz en la otra habitación.

Sophie volvió la cabeza hacia mí y me sorprendió mirándola.

—Molly, ¿qué tal? —preguntó sin dejar de sonreír.

—Bien —contesté, tratando de mantener la calma a pesar de que tenía el corazón desbocado. Era la primera vez que se me presentaba la oportunidad de hablar con Sophie a solas. ¿Qué debía hacer? ¿Me lanzaba de cabeza y sacaba a relucir el tema de Thad?

Al final, ganó la prudencia.

—He asistido a algunos actos del instituto —dije—. Y ha estado genial. Fui a la visita guiada de Amy, por ejemplo.

«Y te vi besándote con Oliver».

Se le iluminó el rostro.

—Cuánto me alegro. Organizar algo así requiere mucho esfuerzo y siempre me preocupa que no acabe de funcionar.

Puse los ojos en blanco.

—No sabes cómo te entiendo. Me pasa lo mismo cada vez que se celebra una charla en la librería. —«Buena sintonía establecida»—. Amy me comentó que el año que viene queréis celebrarlo en París.

Bajó la vista.

—Ah. Sí. Bueno. A lo mejor. Si logramos reunir el dinero.

«Amy dijo que habíais conseguido unos buenos patrocinadores». Eludí un poco la cuestión y señalé el manuscrito con la cabeza.

—Igual podríais presentar allí Entre las ruinas . Eso atraería a mucha gente. Con un poco de suerte, puede que sea tan bueno como El manuscrito maldito .

«Salvo que alguien lo robe también». Quizá no debería haberlo hecho notar.

—¿Has leído El manuscrito maldito ? —Sophie tenía una expresión extraña, casi burlona—. Lo trabajamos en clase.

—Estoy en ello —dije—. Me tiene totalmente cautivada.

—La premisa principal del libro suscita un gran debate entre mis alumnos. Algunos, Thad entre ellos, creen que el concepto de la imposición del justo castigo mediante una mano invisible es pura fantasía. —Debí de parecer desconcertada, porque añadió—: Y no digo nada más. No quiero destripártelo.

La expresión «justo castigo» me sonaba. La había visto hacía poco en alguna parte. Pero ¿dónde?

Oliver regresó a la habitación silbando.

—¿Lista?

En respuesta, Sophie se levantó y se colgó el bolso del hombro.

—Dile a Kieran que luego lo llamo —me pidió Oliver mientras se llevaba a Sophie, colocándole la punta de los dedos en la parte inferior de la espalda.

—Descuida. Que os lo paséis bien.

Ese día había averiguado algo más: las acciones turbias de Thad no se limitaban a vender los libros de otras personas; por lo que parecía, había malversado fondos del instituto.

¿O quizá no? Qué conveniente que no pudiera defenderse…

Eché un vistazo por la ventana y vi que empezaba a oscurecer.

Unos pocos libros más y me iría a casa. Si volvía a la mañana siguiente y trabajaba todo el día, lo llevaría bastante adelantado.

Eso, junto con el descubrimiento de Entre las ruinas , mejorarían bastante el balance final de la semana.

Antes de irme, guardaría el manuscrito en el cuarto, escondería la llave y le diría a Kieran dónde estaba.

Hablando de Kieran, seguía sin escribirme, algo muy poco propio de él. Por lo general, contestaba de inmediato.

«Espero que todo vaya bien». Apartando un mal presentimiento de mi mente, me volví hacia el siguiente libro de la pila.