Capítulo diecinueve #3
La biblioteca. El muy canalla seguramente estaba leyendo el manuscrito, tal vez incluso hubiera planeado robarlo y partir.
Pocas veces había conocido a un hombre tan obcecado en un libro, algo que no me era ajeno.
Los coleccionistas podían obsesionarse, incluso convertirse en fanáticos, cuando se trataba de la edición de sus anhelos.
¿Su herencia dependía del regalo? No se me ocurría ningún otro motivo por el que estuviera dispuesto a soportar las miserias y el dispendio a los que obligaba el viaje hasta ese remoto lugar.
Una vez más me di de bruces contra la verdad, aunque la aparté a un lado atendiendo a mi deseo de partir cuanto antes.
Después de haberme aventurado en una misión que requeriría tiempo y esfuerzo, añoraba mi cama. Cuán perverso es el ser humano.
El señor Coates no se hallaba en la biblioteca como yo esperaba, así que proseguí mi camino en dirección a las ruinas.
Salí por las puertas del jardín y crucé lo que con toda probabilidad sería un rincón encantador a la luz del día.
Las fuentes borbotaban. Los setos floridos liberaban aromas seductores.
La grava de los senderos crujía bajo mis pies.
La verja del muro del jardín daba paso a campos abandonados, cubiertos de hierbas húmedas y altas hasta las rodillas. Pese a la incomodidad que suponía, continué adelante, ansioso por llegar a las ruinas, que parecían alejarse a cada paso, obligándome a seguir.
Cuando tropecé con una piedra oculta entre la maleza, supe que por fin había alcanzado el monasterio derruido.
Consideré que lo más prudente era detenerme un momento para inspeccionar el camino que tenía por delante y sostuve el farol en alto.
Entre los muros desmoronados, divisé los restos de un patio.
La luz vacilante se encontraba en el otro lado, en lo que parecía ser una parte intacta del edificio.
Inspiré hondo, con resolución, y proseguí. Quien aguardara en el interior de la antigua morada estaba a punto de recibir una visita.
Decidí posponer el momento del encuentro para más tarde, así que cerré el libro y, en ese momento, se me ocurrió una idea tentadora. ¿Y si antes de continuar con el inventario iba a echarle otro vistazo al rincón de escritura?
No había dejado de pensar en la página suelta que habíamos encontrado. ¿Qué hacía sobre la mesa? ¿Se les había caído y quedó allí? En ese caso, ¿dónde estaba el resto del manuscrito y por qué no la habían incorporado luego? Esperaba que no lo hubieran quemado. Sería una tragedia.
Lo recogí todo, me aseguré de dejar la cocina impoluta y volví a la biblioteca. Recelosa de la puerta que se había cerrado sola, o quizá no tan sola, apuntalé una silla contra ella y pegué una nota con cinta adhesiva que decía: «Estoy en el cuarto, ¡no cierre la puerta, por favor!».
Comprobé que llevaba el móvil y subí la escalera de la torre con el corazón desbocado en previsión de lo que me esperaba. Tanto si encontraba el libro perdido como si no, era emocionante entrar y explorar una habitación que había permanecido intacta durante siglos.
Una vez más, la recorrí con calma y contemplé las vistas desde todas las ventanas, que tenían alféizares lo bastante anchos para sentarse en ellos.
Si mirabas hacia un lado, se veían las torres de Cambridge y, hacia el otro, el río serpenteando entre los campos; un mosaico cercado por paredes de piedra.
Haciendo caso omiso de las pocas señales que delataban la época en la que vivíamos, aquel era el paisaje que Selwyn Scott había visto.
El viento envolvió la torre en un susurro, un sonido evocador y melancólico.
Fuera de los cuadrados soleados, dibujados por la luz que se colaba por las ventanas, hacía verdadero frío.
Cuánto agradecía mi jersey grueso y mis calcetines calentitos.
Estudié la cheslón con detenimiento. Era un mueble precioso, con el respaldo curvo y acolchado y sus molduras de madera labrada. Lástima que varias tachuelas de la parte frontal estuvieran medio sueltas, junto con el ribete dorado y deshilachado.
Me agaché para echarle un vistazo, preguntándome si sería fácil repararlo. Si fuera mío, lo bajaría y lo usaría. Aunque quizá era demasiado valioso.
Apoyé la mano en el asiento para levantarme, pero este no cedió como debería; daba la impresión de que el relleno se hubiera endurecido.
Oliver había dicho lo mismo. Hundí la mano a lo largo de todo el asiento para comprobar si ocurría en todas partes.
Y resultó que no. Había zonas que, si bien no estaban blandas, cedían bajo mi palma.
La firmeza del asiento. Una parte de la tapicería suelta.
Me dejé caer en el suelo sin prestar atención al golpetazo que me llevé en el trasero y deslicé los dedos con cuidado bajo la tela.
Toqué papel. Contuve la respiración, sin atreverme a hacerme ilusiones, y encontré los bordes, los agarré y tiré. Con suavidad.
Una pila de páginas cayeron sobre mi regazo y me envolvieron en una nube de polvo.
Había encontrado Entre las ruinas .