El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo diecinueve #2
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Capítulo diecinueve #2

Mi madre y Sean estaban charlando sobre cosas que habían ocurrido en Cambridge, así que los dejé a lo suyo y fui a la cocina a preparar la comida.

Tenía que ir a Hazelhurst House y continuar con el inventario de la biblioteca.

Lady Asha había tenido la amabilidad de invitarme a comer todos los días, pero esa tarde debían ir a Londres para la visita médica y me tocaba apañármelas.

Un empleado me abrió la puerta. Hazelhurst House parecía triste y vacío sin lady Asha. Kieran había acompañado a sus padres a Londres, así que tampoco podía pedirle que viniera a verme.

Lo único bueno de trabajar sola y sin interrupciones fue que adelanté mucho.

Alguna que otra vez sentí la tentación de dedicarle algo más de tiempo a un par de libros y entretenerme admirando su singularidad, antigüedad y belleza, pero logré resistirme.

Ya les dedicaría la atención que merecían más adelante, cuando hubiera acabado.

Al mediodía, llevé el bolso a la cocina y comí allí mientras leía otro capítulo de El manuscrito maldito .

Resultaba emocionante saber que se había escrito en esa casa, pese a que aún no estábamos muy seguros de quién era su verdadero autor.

Lo cual me recordó que tenía que buscar correspondencia de los Scott que habían vivido allí en aquella época; es decir, de Agatha, Frances y Samuel.

Teniendo en cuenta que habían escrito las cartas, quizá podría localizarlas en las colecciones privadas de los destinatarios.

El manuscrito maldito (continuación)

Tras una cena suntuosa, nos condujeron a nuestras habitaciones, unos amplios dormitorios situados en la primera planta.

El mío disponía de un pequeño balcón con vistas a las ruinas.

Si el tiempo hubiera acompañado, habría salido de inmediato a explorar los alrededores, pero la tormenta seguía rugiendo.

El señor Coates y yo nos separamos, deseándonos buenas noches y un buen descanso.

Pese a que la cama era magnífica, amplia y firme, temía no lograr conciliar el sueño.

Además de los truenos que retumbaban en las colinas, de noche, la villa ofrecía una visión fantasmagórica llena de sombras y ruidos misteriosos.

Pasos, portazos. Arañazos ocasionales en las ventanas.

Sin embargo, éramos los únicos ocupantes de esa ala.

¿Quién o qué originaba esos ruidos? En varias ocasiones me asomé al pasillo y escudriñé en la oscuridad, pero no vi a nadie y la puerta del dormitorio del señor Coates continuaba cerrada a cal y canto.

Finalmente, incapaz de calmar mis nervios, decidí leer el libro que había escogido en la biblioteca. Junto a la mesa del rincón, con una lámpara al alcance de la mano, había un sillón de aspecto cómodo desde el que se divisaba la ventana y podía seguir el avance de la tormenta.

Pronto quedé absorto en el libro, un ejemplar exquisito de El castillo de Otranto , quizá una elección poco sensata a tenor de las circunstancias.

Eran tantos los detalles que remitían a la situación en la que me encontraba que empecé a tener problemas para distinguir entre la realidad y mi imaginación.

¿Acaso las sombras parpadeantes, la penumbra que me envolvía, el ruido de las pisadas eran reales? ¿O me había dormido y estaba soñando?

Me desperté sobresaltado con el repique metálico de una campana resonando en mis oídos. Era medianoche, según el reloj de la repisa de la chimenea. Tenía el libro abierto en mi regazo y la lámpara aún seguía encendida.

Me di cuenta de que la tormenta había cesado y había dejado tras de sí un profundo silencio.

Aparté el libro y me levanté del sillón, un tanto entumecido, para dirigirme a la puerta del balcón.

Se respiraba un aire tranquilo, teñido aún de humedad, y las colinas contemplaban serenas el ciclo tachonado de estrellas.

Las ruinas del monasterio se alzaban como una mole imponente de formas enigmáticas. De pronto, divisé una luz. Al principio pensé que se trataría de alguien que había salido a pasear, pese a los peligros obvios que comportaba tal empresa, pero la luz no se movía. Permanecía inmóvil.

Una persona merodeaba entre las ruinas. No pude evitar preguntarme quién… y por qué.

Viendo que la luz continuaba encendida, decidí saciar mi curiosidad y desvelar la identidad del intruso. ¿Y si se trataba de un merodeador de intenciones deshonestas? Ahuyentarlo convencería a Estella de mi valía.

La idea me obligó a reconocer que yo también la tenía en gran estima.

La conversación que habíamos mantenido durante la cena había demostrado que se trataba de una mujer culta, inteligente y cordial, por no mencionar hermosa.

Nunca había conocido un modelo tan perfecto de feminidad, ni tampoco uno tan fuera del alcance de personas como yo, un humilde librero de una ciudad universitaria.

No, Estella estaba destinada a casarse con un príncipe u otro noble junto con el que gobernar ese rincón de Italia como benefactora y mecenas de todo virtuosismo.

El hecho de que solo hubiera hallado dicha en el así llamado manuscrito maldito no hacía más que reafirmar mis conclusiones. En sus dulces manos, la maldición no tenía efecto.

¿Acaso era posible…? De pronto tuve un leve presentimiento.

La luz parpadeó en las ruinas, como si deseara recordarme su presencia, y deseché mis especulaciones. Si quería ir, debía ser entonces.

Me puse las botas y el abrigo y cogí la lámpara, reacio a emprender el viaje en medio de la oscuridad. El único riesgo era que la persona de las ruinas me viera acercarme, pero no tenía alternativa; el entorno y los muros eran demasiado peligrosos como para recorrerlos de otro modo.

Llamé a la puerta del señor Coates con la idea de llevar compañía.

No respondió y, tras unos momentos de espera, probé a abrirla.

No estaba cerrada con llave. Cuando la empujé, descubrí que la habitación estaba vacía y que las cortinas se hinchaban con la brisa.

¿Habría salido al balcón? Me acerqué para comprobarlo y vi que allí tampoco había nadie.