Capítulo diecinueve
CAPÍTULO DIECINUEVE
V i que sir Jon se quedaba de piedra al encontrarme allí. Luego, haciendo gala de un gran aplomo, logró fingir que no nos conocíamos.
—Disculpe, señorita, si no le importa… —Señaló la puerta con una leve inclinación de la cabeza, un gesto que interpreté como un claro «Vete, por favor».
Le indiqué mi pila de libros.
—He venido a comprar esto. —¿Debía compartir con sir Jon mis sospechas de que eran robados? O, como mínimo, vendidos por accidente. Me percaté de que uno de los agentes extraía una orden de registro y decidí que no era el mejor momento.
—Déjelos ahí —dijo sir Jon, lo cual confirmó mi decisión—. Por favor.
Los coloqué sobre el mostrador y me encaminé hacia la puerta de inmediato, pese a lo mucho que me habría gustado quedarme y enterarme de lo que ocurría. ¿Creían que Reginald tenía el manuscrito sustraído de Hazelhurst House? ¿O estaban investigando el robo de otros libros?
Tía Violet tenía razón al decir que Reginald operaba en los márgenes de la ley. Sir Jon no lo interrogaría ni le entregaría una orden de registro si no dispusiera de pruebas.
Cuando salí, eché un vistazo a mi alrededor, rezando para que nadie me hubiera visto allí.
Lo último que quería era que me relacionaran con Dubold y mancillar el buen nombre de Thomas Marlowe, cosa que debería haber pensado antes.
A veces soy demasiado impulsiva. Aunque había encontrado los libros de Amy.
Algo era algo. Sin embargo, si detenían a Reginald, no estaba segura de que pudiéramos recuperarlos.
¿Qué iba a decirle a Amy? Seguramente estaba esperando a que la pusiera al día.
Tras darle vueltas al dilema mientras volvía a la librería, al final decidí llamarla.
No era una conversación que debiésemos mantener por mensajes.
Saqué el móvil cuando doblé hacia Magpie Lane con la idea de sentarme a hablar en una de las sillas de las que disponíamos fuera.
El sol de la mañana bañaba la calle y se reflejaba en los edificios que la flanqueaban, que absorbían su tibieza.
Con el invierno a la vuelta de la esquina, me había propuesto disfrutar de hasta el último minuto de buen tiempo.
Pasaba por delante de Spinning Your Wheels cuando el inspector Sean Ryan salía por la puerta.
—Inspector Ryan, ¿qué hace aquí? —Arrepintiéndome de inmediato de mi pregunta indiscreta, me apresuré a añadir—: O sea, hola. ¿Qué tal?
Se echó a reír, lo cual hizo que pareciera mucho más joven e incluso más atractivo. Entendía por qué le gustaba a mi madre, aunque su profesión me resultara intimidatoria.
—Iba a ver a Nina. ¿Está?
—Sí. —Lancé un globo sonda—. ¿Has venido por lo de las zapatillas naranjas? —Ladeé la cabeza para indicar la Spinning Your Wheels—. Me refiero a la tienda de bicis.
Esta vez no mencionaría que Oliver tenía las mismas que el supuesto asesino. Ya la había liado lo suficiente la primera vez.
Con mirada risueña, apretó los labios, reprimiendo una sonrisa.
—Quizá. Ya sabes que no puedo compartir información del caso contigo, Molly.
—¿Ni aunque sea la persona que propuso que os pasaran la información? —No contestó, así que me encogí de hombros y me di por vencida—. Entra si quieres, yo tengo que hacer una llamada.
Abrió la puerta de la librería y yo me senté en el borde de una silla. El asiento estaba tan frío que se me quedó el trasero helado. Puede que no me quedara mucho fuera.
Marqué el número de Amy, que contestó al instante.
—Molly. ¿Los tienes? ¿Has descubierto quién se los vendió?
—Espera, espera, Amy. Siento decirte esto, pero en ambos casos la respuesta es no.
—¿Qué? ¿Por qué no? Pero si estabas ahí.
—Ya lo sé. —Inspiré hondo mientras valoraba qué debía contestarle.
Al final decidí que lo mejor era contarle la verdad.
Al fin y al cabo, si detenían a Reginald, todo acabaría saliendo a la luz—.
Estaba a punto de preguntarle al librero cuando ha llegado la policía y me han echado antes de que pudiera decir nada.
—¿La policía? ¿Qué querían? —Amy parecía confusa.
—No estoy segura. Aunque llevaban una orden de registro.
Guardó silencio un buen rato.
—Qué raro. ¿Y ahora qué?
Nunca me había encontrado en una situación similar, por lo que no tenía ni idea.
—Imagino que habrá que esperar a ver qué ocurre. Si no lo detienen, podemos ir a recuperar tus libros.
—¿Y si lo detienen?
—Supongo que en algún momento lo dejarán libre bajo fianza, aunque no sé si le permitirán seguir llevando la tienda. O si la cerrará él para no llamar mucho la atención.
—Quiero mis libros —gruñó frustrada.
—Te entiendo muy bien. —Podía poner una denuncia, pero, en ese caso, era posible que los libros quedaran confiscados hasta que se solucionara el asunto—. ¿Y si de momento esperamos a ver qué ocurre? Siempre estamos a tiempo de denunciarlo y ver si la policía puede recuperarlos.
—Supongo que sí —contestó ella con un suspiro—. Gracias por encontrarlos, de veras. —Suspiró de nuevo—. Ha sido un día de pesadilla. Me he metido a fondo con la contabilidad del instituto y, guau, menudo jaleo.
—¿Thad no lo hizo bien? —aventuré.
—No, no es eso. —Guardó silencio un momento—. Los números no cuadran. O sea, que puede que falte dinero. —Ahogó una risita—. Vaya. Olvida lo que te he dicho, ¿vale?
—Tranquila, no es asunto mío —dije, pese a que tomé buena nota. ¿Oliver lo sabía?—. Que te sea leve. Y, oye, seguiré atenta a lo de Reginald Dubold.
—¡¿Reginald Dubold?!
—Sí, es el librero del que te hablaba. —¿No había mencionado su nombre? Repasé mentalmente los mensajes que le había enviado y la conversación que estábamos manteniendo y llegué a la conclusión de que quizá no—. ¿Lo conoces?
—Tengo que irme —respondió con un gruñido.
Me quedé mirando mi teléfono, que se había quedado mudo de pronto.
Me había colgado. Qué raro. ¿Por qué había reaccionado de esa manera tan visceral al oír su nombre?
Me encantaría saberlo, pero algo me decía que no iba a contestarme si volvía a llamarla.
Se lo preguntaría la próxima vez que nos viéramos.
Me levanté y me estiré. Tenía mi pobre trasero congelado. Clarence abrió un ojo para mirarme con desdén, ovillado en la ventana a pleno sol. «A mí no me pillas ahí fuera», parecía decir.
Gato listo. Apreté el paso y agradecí la ráfaga de aire caliente que me envolvió al entrar rápidamente en la tienda. Puck vino corriendo a restregarse contra mis piernas mientras maullaba.
—¿Té? —preguntó mi madre. Estaba sentada detrás del mostrador, sobre el que se apoyaba Sean Ryan con una taza en la mano. Tía Violet paseaba entre las estanterías.
—No te digo que no —contesté mientras me desabrochaba el abrigo—. Gracias.
Llenó una taza con té humeante y me la tendió.
—Me gusta tu disfraz —dijo mientas volvía la cabeza para indicar el traje, que estaba colgado detrás del mostrador.
Sonreí al verlo, imaginándome a Kieran y a mí en la fiesta.
—Vamos de los personajes de El manuscrito maldito .
¿Eran imaginaciones mías o Sean Ryan se había puesto tenso al mencionar el libro? Sopesé si comentar la visita a la tienda de Reginald Dubold y al final me dije: «¿Por qué no?». Al fin y al cabo, era muy probable que sir Jon sacara el tema.
—De vuelta de comprar el disfraz, me he pasado por la librería de Reginald Dubold.
La habitación se sumió en un silencio sepulcral.
Mi madre parecía confusa. Sean arrugó la frente. Tía Violet asomó la cabeza por detrás de una estantería con el ceño fruncido.
—¿Por qué demonios lo has hecho, Molly? Ese hombre es un estafador. O algo peor, seguro.
—Según su página web, tenía cierto libro que quiere una cliente.
Y, sí, lo tenía. —Hice una pausa para darle un poco de efecto dramático—.
Exactamente el mismo que un día tuvo la clienta.
Alguien se lo vendió a Reginald sin que ella lo supiera.
—Los tres exclamaron consternados y levanté una mano—. Un momento, que me explico.
Les resumí la situación, empezando por el día que Amy entró en la habitación de Thad para recuperar sus libros.
Que hubiéramos estado en la habitación de la víctima de asesinato sorprendió a Sean, pero no me detuve a pedirle su opinión.
Les expliqué que Amy quería comprar los que le faltaban y que yo había encontrado uno en la página de Reginald.
Y que, una vez allí, había encontrado los tres libros que ella quería y que Amy afirmaba que eran los suyos.
—Un ejemplo más de la falta de honradez de Reginald —dijo tía Violet—. ¿Quién se los había vendido?
—Bueno, siendo justos, he de decir que no eran tan valiosos como para solicitar una demostración de su procedencia.
Estaba a punto de preguntárselo a Dubold cuando ha llegado sir Jon.
Junto con dos agentes. —Después de que asimilaran la información, añadí—: A lo mejor iban tras la pista de El manuscrito maldito original. El que robaron en Hazelhurst House.
Bastó con que mirara a Sean para saber que sí, que el inspector estaba al tanto del robo y de la investigación que llevaba a cabo sir Jon.
—¿Puedes ayudar a Amy? —le pregunté—. La chica querría recuperar esos libros. Me temo que los confiscarán junto con todo lo demás.
—Veré qué puedo hacer —dijo Sean al final—. Pídele que me envíe la información que demuestra que es la dueña de esos ejemplares.
—Claro —contesté aliviada—. Tengo las fotos que les hice en la tienda y estoy segura de que ella conserva los recibos.
Ansiosa por compartir ese avance con Amy, saqué el móvil y le envié un mensaje en el que adjuntaba las fotos que les había sacado a los libros.
«Reúne toda la información acreditativa que tengas y envíasela por correo electrónico al inspector Ryan o llévasela a la comisaría. Él se asegurará de que se ocupen del asunto».
Pese a ese gran esfuerzo por mi parte, Amy no me contestó, ni siquiera para darme las gracias. Eso me mosqueó. Pues vaya. Ahora la pelota estaba en su tejado.