Capítulo dieciocho #3
—Ya lo creo —contesté con suma afabilidad—. Un visto y no visto. —En ocasiones, cuando la gente se mostraba distante y grosera, yo me volvía aún más simpática, como si quisiera compensar. O hacerla rabiar. Quizá las dos cosas.
Sus labios apretados delataron que había conseguido lo último. Los dedos continuaron tecleando.
—Sí, tengo el libro. Debería estar en esa sección, está ordenada alfabéticamente por autor —dijo, señalándola.
«Vaya, vaya». Cuando me visitaba un cliente con una petición especial, lo acompañaba hasta la estantería, buscaba el libro y lo depositaba en sus manos. Su trato dejaba mucho que desear.
—Gracias.
Me adentré en el laberinto esperando ser capaz de localizar el libro. Pese a su afirmación de que estaba organizado, bastaba con echar un vistazo por encima para ver que allí reinaba el caos.
Por fin encontré los libros de las Brontëen un rincón, rodeada de librerías por todas partes.
Apenas había espacio para moverse sin chocar con algo.
No me extrañaba que tía Violet no quisiera tener tratos con el señor Dubold, la experiencia distaba mucho del trato y la conversación agradables que era habitual entre colegas.
El libro de Charlotte Brontë coincidía con lo que se anunciaba en la página web y tenía un precio muy ajustado. El hombre lo había evaluado con precisión, eso había que reconocerlo. Aunque había intentado timar a tía Violet… Sería mejor que fuera con cuidado.
Hice fotos de la cubierta, la página de créditos y la portada, se las envié a Amy y le pregunté si quería que se lo comprara. Le dije el precio, dando por sentado que Dubold me aplicaría un descuento.
«Es mi libro».
«Bien. Rezaba para que fuera la edición que buscabas».
«¡No, me refiero a que ES MI LIbrO! Perdona que grite, pero ¿ves lo que hay escrito en lápiz en la página de créditos?».
Le eché otra ojeada y vi las anotaciones a las que se refería, un garabato que no le restaba demasiado valor.
O sea que Thad había vendido los libros de Amy.
«Buscaré los otros y te digo algo».
Contestó con una serie de emoticonos de caras enfadadas. La entendía.
Dejé el ejemplar a un lado y miré a ver si encontraba los otros títulos. Allí estaban, Emily Brontë y Daphne du Maurier, esperando tranquilamente en los estantes; las ediciones y en las condiciones exactas que me había facilitado Amy.
Le hice fotos a las páginas que servían para identificarlos y se las envié. Contestó al instante.
«También son míos. ¿Y ahora qué hago?».
Si Thad se los había vendido a Dubold sin permiso de Amy, entonces podía llamar a la policía.
Esas ediciones en particular no eran tan valiosas como para que Dubold se viera obligado a preguntar por su origen o pedir una factura.
Me recordé que podría tratarse de una transacción transparente.
Quizá Thad había reunido unos cuantos libros para vender y había incluido los de Amy sin darse cuenta.
En cualquier caso, la chica debería recuperarlos.
Seguramente tenía alguna manera de demostrar que eran suyos.
«Deja que hable con el librero. Enseguida te digo algo».
Con los libros en los brazos, salí de entre las estanterías caminando de lado y me dirigí al mostrador, tras el que esperaba Reginald, hojeando un tabloide. No sería yo quien lo juzgara. Leer basura era más divertido que actualizar el inventario.
Levantó la vista cuando me acerqué.
—¿Ha encontrado algo de su agrado?
—Pues sí.
Vacilé, preguntándome cómo iba a abordar el delicado tema de que había hecho unas adquisiciones no autorizadas. Lo último que quería era provocarlo.
Dejé los libros en el mostrador, junto a un ejemplar bastante maltrecho de El manuscrito maldito , que me sirvió de excusa.
—Parece que Selwyn Scott está viviendo un resurgimiento. —¿Por qué no empezar ensalzando al autor y así ayudar a lady Asha y Oliver?—. Estoy leyéndolo ahora y no me explico cómo no es más conocido.
Me estudió un buen rato mientras me miraba con tanta intensidad que cambié de postura, inquieta. Estaba a punto de preguntarle qué problema tenía cuando estampó la mano sobre el periódico.
—No se haga la inocente conmigo, «monada de Vermont». Sé por qué está aquí.
Sus dedos separados descansaban sobre una foto en la que aparecíamos Kieran y yo sentados en un pub . Por lo visto, no había semana que no se publicara una foto de nosotros. Eso era lo malo de salir con alguien de la aristocracia británica. Eso y los apodos penosos.
—¿Por qué estoy…? —Desconcertada, señalé la pila de libros de Amy. Y, entonces, caí. Sabía lo del robo del manuscrito de Selwyn Scott en Hazelhurst House y creía que había ido a tantear el terreno.
«Pues a lo mejor no es tan mala idea». Aunque la aparté de mi cabeza tan pronto como se me ocurrió. Encontrar manuscritos robados no era tarea mía.
—De verdad que no sé de qué me habla —dije, haciéndome la tonta mientras me obligaba a sonreír. Toqué la pila de libros ligeramente—. Buscaba…
La puerta de la tienda se abrió de golpe y la campanilla sonó cuando sir Jon y dos agentes entraron con paso decidido. Por su expresión adusta, adiviné que no habían ido a echar un vistazo.