Capítulo dieciocho #2
—Porque me preocupa —dije al final, incapaz de encontrar otro motivo más neutro.
Lo último que deseaba era que Kieran se distanciara de mí por expresar mis recelos respecto a su primo—.
Sophie también es sospechosa, al menos desde mi punto de vista.
—Le conté que había ido a ver a Thad a su habitación, cosa que daba mala espina, y que podría haber influido en la decisión de exhibir el manuscrito—.
Ah, y otra cosa, cuando estuve con Amy en la habitación de Thad, encontramos una hoja de cálculo de la contabilidad del instituto llena de anotaciones que indicaban que ciertas cosas no le cuadraban.
—Me miró con el ceño fruncido—. Ah, claro, no te he dicho que registramos su habitación, ¿no?
—No —contestó, riendo con incredulidad. Tras un momento, preguntó—: ¿Crees que pasa algo con el dinero?
—Es una posibilidad. —Si Sophie había estado metiendo mano en la caja del instituto y Thad lo había descubierto, sería un buen móvil. El escándalo resultante conllevaría que la despidieran de la universidad, sin ninguna duda—. Me gustaría saber dónde estaba cuando apuñalaron a Thad.
—Vaya, ni idea. Dudo que la policía la tenga en cuenta siquiera.
—Puede que no, con todas las otras pruebas que están apareciendo.
Pruebas que quizá estuvieran obstaculizando la investigación sobre la identidad del verdadero asesino de Thad Devine.
A la mañana siguiente, quedé temprano con Kieran delante de la librería.
—Aquí tienes —dije, tendiéndole un café para llevar—. Como a ti te gusta.
Para mi alegría como cafeinómana empedernida, había descubierto que en las tiendas de té inglesas también se servía café. Daisy usaba dos métodos distintos de preparación, mediante cafetera de émbolo o de goteo, según la preferencia del cliente.
Caminamos por Magpie Lane y el centro de la ciudad con nuestra bebida en la mano, sorteando transeúntes, ciclistas y algún vehículo de reparto. El aire era fresco y el cielo estaba despejado, tan azul que hacía daño a los ojos. Los edificios relumbraban con la luz dorada del sol.
Suspiré feliz, enamorada de mi nuevo hogar.
—Espera —le pedí cuando pasamos junto al manzano de Newton.
Saqué el móvil e hice posar a Kieran delante del árbol, con las ventanas medievales del Trinity College de fondo.
Más tarde, la subiría a las redes sociales y mencionaría que el manzano era un injerto del original, que se encontraba en la casa natal de Newton.
También hablaría de los libros que teníamos en stock del ilustre científico, uno de los alumnos más aventajados de Cambridge.
—¿Y dónde están mis honorarios por hacer de modelo? —preguntó Kieran, que sabía muy bien lo que pretendía hacer con la foto.
—Los tienes en la mano. —Señalé el café con un gesto de la cabeza.
—Habrá que conformarse —dijo con un suspiro fingido.
Seguimos adelante y no tardamos en llegar a la tienda de disfraces, situada al fondo de una calle lateral.
—Ya casi estoy —dije, apurando el café—. Los líquidos y yo en un local somos una combinación peligrosa.
Él hizo lo mismo y tiramos los vasos en una papelera antes de entrar.
Apenas se podía caminar por la tienda, abarrotada como estaba de barras llenas de disfraces y de estantes repletos de sombreros, armas falsas y otros accesorios. Empezamos a echar un vistazo viendo que la joven dependienta estaba atendiendo a alguien.
Estaba mirando vestidos de la época victoriana cuando alguien me dio unos golpecitos en el hombro.
Cuando me volví, me topé con una de esas caretas de Guy Fawkes y lancé un chillido.
—Kieran. No tiene gracia.
Sobre todo porque Thad y su supuesto asesino la habían llevado.
—No soy yo —contestó Kieran a unas barras de mí.
La persona de la máscara la deslizó hacia arriba. Wesley Wright, del St. Aelred. El primo de Thad.
—Lo siento —se disculpó con una sonrisa—. No he podido resistirme.
Tenía suerte de que yo sí pudiera resistirme a retorcerle el pescuezo.
—No ha tenido gracia —protesté de mal humor—. Me has asustado. ¿Por qué sigues con esas cosas?
En ese momento me acordé y le eché un vistazo al calzado que llevaba: zapatillas deportivas negras y blancas con cordones verde fosforito.
—Lo siento —repitió él, pese a que distaba mucho de parecer arrepentido—. ¿Estás buscando un disfraz para el baile?
—Sí —contesté, volviéndome hacia la barra—. ¿Vas a ir?
—Ajá. —Señaló el hábito negro que llevaba colgado en el brazo—. Voy del monje decapitado. —Se lo puso y se colocó la enorme capucha—. Llevaré algo negro que me tape la parte inferior de la cara.
—Da bastante repelús —dije, imaginándome el disfraz entero.
Él rio con regocijo mientras se lo quitaba.
—Sí, lo sé. Qué ganas tengo de que llegue ya. —Sin dejar de reír para sí mismo, se dirigió al mostrador para pagar.
Kieran se reunió conmigo al cabo de unos minutos con un traje colgado de una percha, después de que Wesley se hubiera ido.
—Era el primo de Thad —le informé—. Wesley Wright.
—Lo sé —contestó nada sorprendido.
—Ah, es verdad, que tu familia conoce a la de Thad. —Había reducido mis opciones a dos vestidos, uno negro y el otro color burdeos. Ambos tenían un escote redondo, mangas abullonadas, faldas amplias y un corpiño ceñido. Se los mostré—. ¿Cuál?
Los miró con atención.
—Me gustan los dos. Una heroína muy gótica.
—De eso se trata, ¿no? —Me dirigí como pude al probador—. Te dejaré votar.
Nos decidimos por el negro, que me quedaba un poco mejor y tenía un escote no tan pronunciado. No me apetecía ir enseñándole el pechamen a todo el mundo. El traje de Kieran era bonito, muy Dickens; una levita negra a juego con unos pantalones negros y un chaleco estampado.
Cuando salimos, me di cuenta de que el establecimiento de Dubold no quedaba muy lejos.
—¿Me haces un favor? —le pregunté a Kieran—. Tengo que ir a un recado aquí cerca. ¿Te importaría llevarte mi vestido y dejarlo en la librería?
Alargó la mano para que le diera la percha.
—Claro. —Me dio un beso fugaz—. Nos vemos luego.
—Adiós.
Mientras él se alejaba por la callejuela con nuestros disfraces, busqué la dirección de Reginald en el mapa.
Se encontraba un par de manzanas más allá, siguiendo esa misma calle hasta el final y luego doblando a la derecha.
También le eché un vistazo a la información que había anotado sobre los libros de Amy.
Ya que estaba allí, comprobaría si tenía los otros que ella quería, porque sabía que al menos uno sí podría conseguirlo.
La zona era muy tranquila. La mayoría de los locales eran de negocios que no se sabía muy bien a lo que se dedicaban, sin escaparates, y se veían pocos edificios de apartamentos.
Apenas me crucé con nadie, aunque divisé un gato naranja de rayas, sentado en un alféizar, acicalándose.
Se detuvo a la mitad de un lametón para mirarme, con la pata en el aire.
Lo saludé.
—Hola, guapo.
Continuó estudiándome un poco más y luego volvió a lo suyo. Qué envida ser un gato.
La tienda de Reginald tenía un pequeño letrero en el que se leía Reginald Dubold, Libros Selectos.
El escaparate de hoja curva se veía polvoriento, con unos libros medio caídos en un estante y folletos desvaídos pegados en el cristal, que anunciaban eventos caducados.
Desde mi punto de vista como librera, lo encontré muy poco atractivo.
Aun así, mi profesión, como casi todas, también tenía sus excéntricos, así que entré.
Sonó una campanilla cuando pisé el felpudo. El establecimiento, pequeño y mal iluminado, estaba repleto de librerías y mesas dispuestas sin orden ni concierto. Era el tipo de tienda en la que podías encontrar una ganga… si eras capaz de desenterrarla de entre todo el revoltijo.
Lo único que se movió fue el polvo, así que al final alcé la voz.
—¿Señor Dubold?
—Enseguida estoy con usted —contestó un hombre—. Como si estuviera en su casa, guapa.
El apelativo me produjo un poco de repelús, pero me adentré un poco más en el local, con la lista abierta en la pantalla, mientras trataba de decidir por dónde empezaba a buscar. Los libros de ficción parecían agruparse a la derecha, así que fui hacia allí.
Estaba sorteando una pila que se tambaleaba cuando divisé que algo se movía al fondo.
De pronto, apareció un hombre bajo y medio calvo, ataviado con vaqueros, camisa y un chaleco de punto.
Y unas zapatillas deportivas color azul marino.
¿A partir de entonces iba a mirarle los pies a todo el mundo para ver si llevaban unas zapatillas naranja?
Podía ser. Al menos, hasta que atraparan al asesino de Thad.
—¿Está buscando algo en concreto? —preguntó, metiéndose detrás de un mostrador sobre el que había una montaña de libros. Esbozó una sonrisa torcida—. Está visto que no hay manera de ponerse al día con el inventario.
—Lo entiendo muy bien. —Comprendiendo que debería presentarme, añadí—: Soy Molly Kimball, de Thomas Marlowe.
—No me diga. —Enarcó una ceja. Su cordialidad desapareció y adoptó una actitud de fría profesionalidad—. Encantado de conocerla, Molly. ¿Qué puedo hacer por usted?
Abrí el archivo que llevaba en el teléfono.
—Tengo un cliente que está buscando una edición en particular. En su página decía que lo tenían y he venido con la esperanza de que así fuera.
Le leí la información.
El hombre lo pensó un momento y luego encendió un ordenador que estaba medio oculto en el mostrador.
—Déjeme ver si aún lo tengo en stock . Hay algunos libros que vuelan de las estanterías. Seguro que sabe a lo que me refiero.