El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

CAPÍTULO DIECIOCHO

— L as zapatillas —solté sin más, pensando en lo que me había contado Tim.

—Llamativas son, desde luego. —Kieran las enfocó con la linterna—. Menudo color.

¿No se acordaba? Habíamos hablado sobre la pista de las zapatillas naranjas ese mismo día.

Oliver levantó un pie y rio.

—Sí, no son muy discretas, ¿verdad? Me las compré pensando en que así los conductores me vieran de noche.

¿Su elección era una mera coincidencia? Eso esperaba.

—¿Qué tal? —le preguntó Kieran—. Molly y yo estábamos echándole un vistazo a las lápidas de la familia en tiempos de Selwyn Scott.

—Y hemos encontrado a Selwyn —apunté aún preocupada por el calzado deportivo—. Murió muy joven.

Oliver se acercó y estudió las placas de bronce con interés.

—Tendré que venir de día y hacer fotos. Para mi página de autor.

—Molly ha descubierto una habitación secreta detrás del cuarto de la biblioteca —anunció Kieran—. Tenemos la teoría de que era el cuarto donde escribía Selwyn Scott. Me refiero al escritor, no al niño.

—Y también hemos encontrado una página manuscrita en la mesa —añadí.

Al resplandor de su linterna, el atractivo rostro de Oliver casi tenía una expresión macabra.

—Vaya, ¿y si me lo enseñáis?

—A lady Asha también se le ha ocurrido una idea genial —dije mientras cruzábamos el cementerio—: quiere volver a publicar El manuscrito maldito , además de Entre las ruinas , si es que damos con él.

—¡Eso es estupendo! —exclamó Oliver entusiasmado—.

Crearemos nuestro propio canon de obras góticas.

—Dibujó un arco con el brazo y la luz destelló entre los árboles—.

Las novelas Scott. Aunque no debería dar pie a que lo confundieran con sir Walter, claro.

Pues la colección gótica Scott. Sí, así mejor.

—También hemos encontrado unos relatos cortos de Selwyn Scott guardados en un arcén —proseguí consciente de que estaba alimentando a la bestia—. Publicados como penny dreadfuls . Nueve hasta el momento.

—Suficientes para una colección. Es genial, Molly. —Apretó el paso—. No puedo esperar a leerlos.

—Los he apartado. Están en el cuarto de la biblioteca.

Oliver tomó la delantera y lo dejamos. Su luz cabeceó por el cementerio hasta que desapareció cuando llegó a los setos.

—Prefiero ir tranquilo —comentó Kieran—. Solo me faltaba torcerme un tobillo.

Nada más decirlo, tropecé con algo y estuve a punto de caerme.

—Exacto.

Di un paso con cuidado para comprobar cómo tenía el tobillo. Por suerte, no me había hecho nada.

Aunque habíamos perdido a Oliver de vista, no comenté nada sobre las zapatillas. Ya sacaría el tema en otro momento, cuando estuviera segura de que estábamos solos.

—Teniendo en cuenta todo el lío de la universidad, me alegro de que pueda concentrarse en la novela —dijo Kieran.

Por lo visto, a él no le preocupaba que su primo pudiera oírnos.

Oliver estaba en la biblioteca y tenía los penny dreadfuls repartidos sobre una mesa. Me alegró comprobar que no se trataba de la que yo utilizaba siempre para trabajar. Es curiosa la facilidad con la que creamos ciertos hábitos.

—Ya estáis aquí —dijo, levantándose de un respingo—. ¿Me enseñáis esa habitación secreta?

—Molly, ¿quieres hacer los honores? —me propuso Kieran con una reverencia—. Es tu descubrimiento.

—Caballeros, enciendan sus linternas —dije, encaminándome hacia el cuarto—, en esta parte no hay electricidad. Imagínense.

—A saber cuándo fue la última vez que alguien puso un pie ahí dentro —comentó Kieran mientras me tendía su linterna para que subiera la escalera sin percances—. No se ha tocado nada.

—El polvo desde luego que no —observó Oliver, dirigiendo el haz de luz a los escalones, donde nuestras pisadas quedaban estampadas. En los rincones se acumulaba una gruesa capa gris de polvo.

Continuamos subiendo. Noté que se me aceleraba el pulso, aunque más por la emoción que por el esfuerzo. La habitación oculta era un descubrimiento fabuloso, parecía sacado de un libro.

—Madre mía, no puedo creer que no supiéramos que esto estaba aquí —dijo Oliver mientras paseaba la linterna por la habitación.

Caminó por todas partes, examinando el techo, las ventanas, la chimenea y, finalmente, la mesa—.

Tranquilo, tranquilo. —Tocó la página que había encima—. Selwyn Scott escribió estas palabras.

—Es probable, aunque aún no puedo asegurarlo —apunté—. La letra no coincide con las cartas que se enviaron a los editores.

—¿Y por qué tendría que coincidir? —preguntó él, inclinándose para leer.

—No lo sé —reconocí—. He aprendido a no dar nada por hecho.

Oliver hizo el ademán de ir a coger la página.

—Espera —le pidió Kieran—. De momento es mejor no tocarla.

—Lo que tú digas. —Oliver sacó el móvil y le hizo una foto—. Lo primero que haré es analizar el estilo. Tienes razón, Molly. No deberíamos dar por sentado que los dos libros están escritos por la misma persona.

—Frances murió en 1842. Puede que su madre o su hermano continuaran su trabajo. —A continuación, añadí con prudencia—: Es decir, en el caso de que sea ella la autora. —Gruñí llena de frustración—. Siempre volvemos a lo mismo.

Y así seguiríamos hasta que encontráramos otra pista sobre la verdadera identidad de Selwyn.

—Todo se andará, espero —dijo Kieran.

Oliver cometió el error de sentarse en la cheslón, lo cual hizo que se levantara una nube de polvo.

—¡Caramba! —exclamó, agitando la mano como si quisiera disiparlo—. Lo siento. —Le echó un vistazo al sofá—. De todas maneras, esta cosa es dura como una piedra.

Quería preguntarle algo y aproveché la ocasión para sacar el tema.

—Ayer me apunté al recorrido gótico de Amy. Fue muy interesante.

—Me alegro.

Oliver se cepilló los pantalones.

—Cuando volvíamos en batea, os vi a Sophie y a ti en la orilla. —Solté una risita forzada—. Seguramente vosotros no nos visteis.

Por la mirada que me lanzó Kieran, adiviné que habría preferido que yo no hubiera dicho nada.

—Ah, ¿sí? —Aunque lo había dicho con un tono despreocupado, su gesto intranquilo lo delataba.

—No sabía que salíais. —Decidí ser directa en lugar de marear la perdiz. Los había visto besándose, y con bastante pasión.

—Bueno…, en realidad, no. Fue… —balbuceó. Finalmente, lanzó un suspiro y se puso derecho—. Oye, Molly, no digas nada sobre lo que viste, ¿vale? Ahora mismo las cosas están un poco… complicadas en la universidad.

Aquello era quedarse bastante corto entre la muerte de Thad, la desaparición de un manuscrito y su ascenso en la cuerda floja.

Nos había contado que Sophie también optaba al puesto, así que eran competidores además de amantes.

Aunque la universidad no pudiera prohibir que sus empleados confraternizaran, la relación de Oliver y Sophie complicaba la situación, sobre todo si a uno lo promocionaban a costa del otro.

—No diré ni mu —prometí—. Es solo que me sorprendió, nada más. Es decir, los dos sois muy atractivos, es la situación…

Por no mencionar las visitas de Sophie a la habitación de Thad a horas intempestivas durante las que podrían haberse dedicado a conspirar. No había descartado la participación de su socia en el robo del manuscrito. Quizá lo que Oliver sentía por ella lo hacía más susceptible a ser manipulado.

Kieran se movió tras un silencio bastante tenso.

—¿Y si bajamos ya? Aquí hace un frío que pela.

Oliver lanzó un último y nostálgico vistazo a la habitación.

—Volveré —dijo—. De día. —Tocó la página de la mesa antes de cruzar la puerta detrás de nosotros—. ¿Dónde estarán las demás?

Una vez abajo, Kieran propuso que volviéramos a la ciudad, pero su primo prefirió quedarse a leer los relatos de Selwyn.

—Kieran. Sus zapatillas —comenté tan pronto como subimos al Land Rover.

—¿Qué pasa con ellas? —Giró la llave y metió la marcha atrás.

—¿Te acuerdas del corredor que vimos esa noche? Llevaba esas zapatillas. Según Tim.

Sacó el coche marcha atrás con destreza, le dio la vuelta para encararlo hacia el puente y lo cruzamos.

—Son del mismo color, pero podrían ser de otra marca.

Lo miré con escepticismo.

—Lo dudo mucho. Tim me enseñó una foto y las de Oliver son exactamente iguales. Son inconfundibles.

Vi que fruncía el ceño en el resplandor del salpicadero y me asaltaron ciertos reparos. ¿Qué estaba haciendo? Quizá me precipitaba insistiendo en la posible culpabilidad de su primo. Por no hablar de mi falta de tacto.

—Lo siento —me disculpé—. No creo que Oliver sea culpable, pero la coincidencia… me preocupa, nada más.

Las arrugas de la frente se disiparon.

—Ya, a mí también. Primero, la chaqueta y, ahora, las zapatillas… ¿Por qué iba a ponérselas? Si yo matara a alguien, me desharía de todo lo que llevase en ese momento.

—Es bueno saberlo —comenté para romper la tensión.

En ese momento se me ocurrió algo—. ¿Y si el asesino quiere cargarle el muerto?

—Luego me acordé de Josh—. Ya lo ha intentado con Josh, colocando la chaqueta en su habitación.

Quizá esté tratando de incriminar a todo el mundo. —Me reí—. Qué tontería, ¿no?

—Claro, ¿por qué no enredarlo todo? —dijo Kieran. Habíamos llegado al final del camino de entrada y estábamos esperando a que pasara un vehículo—. Como suele decirse: «Miente, que algo queda».

—Qué lío —protesté con un gruñido. Luego recordé algo—. Le dije a Tim que le contara a la policía lo de las zapatillas. Solo para que lo sepas.

—Me parece bien. —Se incorporó a la carretera—. Puede que ellos averigüen algo.

—Eso espero. —Continuamos en silencio unos minutos—. Hablando de otra cosa, siento haber sacado a colación lo de Sophie. Decidí aprovechar la oportunidad.

Kieran tardó un poco en contestar.

—¿Por qué lo has mencionado?

La incomodidad aumentaba mientras trataba de encontrar una respuesta.