Capítulo diecisiete #2
¿Como el asesinato de Thad, la controversia acerca de su cualificación como profesor o su relación con Sophie? Era probable que se tratara de las tres. Fuimos hasta la enorme cocina, donde lady Asha estaba preparando una bandeja con comida.
—Kieran, cariño, no sabía que vendrías. Hola, Molly.
La habitación, en la que se mezclaban con gusto lo antiguo y lo nuevo, contaba con una cocina AGA en una hornacina, una mesa de madera sin tratar para veinte comensales, multitud de armarios, estantes y una isla.
Kieran saludó a su madre con un beso en la mejilla.
—Nos hemos traído la cena.
Yo también dije hola y dejé la caja en la mesa. Kieran se acercó a la AGA y encendió uno de los hornos.
—¿Cómo está papá? —preguntó mientras servía hielo del dispensador del congelador en un par de vasos.
—Bien —contestó ella una vez que cesó el tintineo de los hielos—. Un poco nervioso por la visita de mañana en Londres.
No conocía los pormenores de la enfermedad de lord Graham, pero sabía que estaban esperando los resultados que le dirían si el cáncer había remitido.
—Estoy seguro de que irá bien. —Pese a la firmeza con que lo había dicho, la duda revoloteaba en su mirada—. Por cierto, os acompañaré —añadió.
Lady Asha pareció aliviada.
—¿De verdad? Estoy segura de que tu padre lo agradecerá.
Por todos ellos, esperaba que lord Graham saliera de esa. Aunque Kieran y yo estábamos muy unidos, apenas habíamos hablado de la dura experiencia por la que estaba pasando su padre. La famosa reserva británica. Prefería que fuera él quien decidiera el ritmo al respecto.
Lady Asha se excusó y se marchó con la bandeja mientras Kieran metía la pizza en el horno para que se calentara. Yo saqué los platos y los cubiertos.
Habíamos escogido una cuatro estaciones de jamón, alcachofas, champiñones y olivas, repartidos en cuatro cuadrantes al estilo italiano.
—Qué rica —murmuré devorando el segundo trozo.
Kieran cogió el tercero.
—Es mi preferida.
—¿Te apetece ir a un baile? —le pregunté—. El St. Aelred celebra uno este fin de semana organizado por el instituto.
—Un baile de temática gótica, ¿eh? ¿Es de disfraces? —Mordió un bocado y se limpió la boca con una servilleta.
—Sí, cosa que no me hace mucha gracia. Nunca sé qué llevar.
—¿Y si vamos de los personajes de El manuscrito maldito ? —propuso Kieran—. Yo seré Matthew y tú, Estella.
—Eh, me gusta la idea. —Fruncí el ceño—. ¿Y dónde encuentro yo un disfraz?
Los vestidos de mediados del siglo XIX tenían la cintura entallada y faldas amplias.
—Hay una tienda en la ciudad que está muy bien —dijo Kieran. Sacó el móvil y buscó una página—. Mira.
Le eché un vistazo, cruzando los dedos para que tuvieran uno que valiera para la ocasión y en mi talla. Para mi alivio, encontré varias opciones que podrían estar bien.
—Tendré que pasarme mañana —decidí— antes de trabajar.
—¿Y si quedamos en la tienda? —propuso él—. Así nos ayudamos a elegir el disfraz.
—Hecho. —Le devolví el teléfono y eché un vistazo a lo que quedaba de la pizza —. ¿Ya estamos? —Luego recordé que también venía su primo—. Oliver no se ha rajado, ¿no?
Kieran miró el móvil.
—Llega tarde, como siempre. Vamos tirando.
Después de enviar un mensaje, seguramente para avisarlo de lo que íbamos a hacer, se guardó el teléfono.
Poco después, salíamos pertrechados con la linterna como única fuente de luz.
Los árboles se mecían con el viento y las nubes cruzaban raudas el cielo, ocultando y desvelando la luna.
A nuestra espalda, los muros y las torres de Hazelhurst House se alzaban oscuros e imponentes y las almenas se recortaban contra el firmamento.
—Madre mía —murmuré mientras cruzábamos el jardín del puente—. Es como estar en una novela gótica.
—Igualito. —Se inclinó hacia mí y adoptó una voz grave y sonora—. Te llevo al cementerio, querida mía. Necesito tu «sangre, tu preciada sangre».
Reí complacida.
—Me encanta esa frase de Nosferatu .
—Es un clásico, desde luego.
Dejamos el puente y empezamos a cruzar el jardín; la grava crujía a cada paso. Los setos decorativos y los árboles componían formas extrañas en la oscuridad y cosas que no alcanzábamos a ver susurraban entre la maleza.
Me pregunté si Selwyn Scott habría paseado por esos caminos de noche, inspirándose en cuanto lo rodeaba. El escritor no tuvo que viajar para encontrar un paisaje misterioso y amenazador y una mansión antigua. Lo tenía todo allí mismo.
Tomamos un sendero que cruzaba entre setos tan altos como nuestras cabezas. No había estado en esa parte de los extensos terrenos. Menos mal que Kieran guiaba, si no, estaría perdida sin remedio. En esos momentos, ya ni siquiera veíamos las luces de la casa.
—Ya casi estamos —dijo—. De verdad.
—Me alegro —contesté con un estremecimiento—. Empieza a hacer frío de verdad.
Me felicité por haber metido unos guantes en los bolsillos y por los calcetines de lana que mantenían mis pies calentitos. Me los había hecho tía Violet.
Kieran me rodeó con un brazo.
—Habrá que ir muy juntos.
Me eché a reír.
—¿Qué se le va a hacer?
El cementerio apareció donde finalizaba el seto, un mar de lápidas iluminadas por la linterna de Kieran. Las copas de unos árboles gigantescos se arqueaban por encima de nuestras cabezas, tapando el cielo.
—No se utiliza desde finales del siglo XIX —me informó Kieran mientras cruzábamos una pared de piedra. Las hojas susurraban a medida que avanzábamos—. Ya no quedaba espacio.
Había lápidas de todos los estilos y tamaños, entre las que se repartían pequeños mausoleos.
—¿Alguna idea de dónde podrían estar?
Quizá tendríamos que haber esperado a que fuera de día.
Kieran torció hacia la derecha.
—Pues sí, en uno de los mausoleos.
—¿Y hay que entrar? —Tras mi aventura estival, no me apetecía explorar espacios cerrados.
Me miró de reojo.
—Claro que no. Hay placas de bronce en la entrada.
Espiré de manera exagerada.
—Uf, me alegro.
Atravesamos el claro sorteando tumbas y esquivando los pequeños cercados erguidos por la escarcha y las lápidas enterradas en la alta hierba. El viento hacía caer las hojas de los árboles o las impulsaba en ráfagas, como si estuvieran embrujadas.
—Ojalá los sepulcros se vieran mejor —susurré. Me habría parecido raro usar un tono de voz normal allí, entre los muertos, en una noche oscura y fría—. Me gusta leer los nombres y las fechas, y estudiar el estilo de las lápidas.
Pasear por un cementerio y pensar en los que nos habían precedido era triste a la vez que una lección de historia.
Decidí que un día visitaría el del pueblecito de Hazelhurst, de donde eran mis antepasados.
Nunca había visto las tumbas de mis abuelos.
Mi madre no se llevaba bien con sus padres, que prácticamente la echaron de casa.
Se casó con mi padre, que era estadounidense, y se fue a Vermont.
—Volveremos —me prometió Kieran.
Continuó avanzando, despacio, y enfocó con la linterna unos rectángulos metálicos fijados a un edificio de piedra blanca manchada de líquenes y herrumbre. Con el embate, literal, de los siglos, apenas eran legibles.
Eché una mano y me encargué de la fila inferior mientras él se concentraba en la superior.
—Ajá, he encontrado a Alistair —anuncié. Había muerto en 1830, a la edad de cuarenta y dos años.
Kieran desplazó la luz hacia la placa, donde también dimos con Agatha. Había vivido entre 1792 y 1862, así que había alcanzado la setentena.
—Y ahora los hijos.
Estaban en otra placa. Samuel había fallecido en 1886, con setenta y cuatro años. Ahogué un grito. Frances lo había hecho en 1842, el año en que se publicó El manuscrito maldito .
—¿Su muerte fue lo que motivó que Entre las ruinas no llegara a las imprentas? —comenté con voz reflexiva—. Esto hace que me decante por Frances como la verdadera autora del libro.
—Es una posibilidad —reconoció Kieran—, pero no descarta que también pudieran escribirlo su madre o su hermano.
Tenía razón. El hecho de que Frances muriera en 1842 solo era un dato más.
—Mira, Hay otra inscripción. —La última ofrecía otro pequeño dato. Habían tenido un tercer hijo. Se llamaba Selwyn y había fallecido con dos años, en 1816—. Selwyn Scott. Seguramente por eso lo eligieron como seudónimo.
—Seguro que sí. —Kieran acarició las letras con los dedos—. Pobrecito. Solo tenía dos años.
—Qué triste. Por entonces, muchos niños no llegaban a adultos.
En ese momento me pareció oír un rumor de hojas y, al volverme, vi una luz que avanzaba a trompicones por el camino. Me acerqué a Kieran de manera instintiva.
—Viene alguien.
—¿Quién anda ahí? —preguntó él tras prestar atención un momento.
—Soy yo, Oliver —contestó su primo.
Exhalé con fuerza y Kieran me miró de reojo.
—¿Estabas preocupada?
—Bueno, a ver, un poco.
¿Cómo iba a confesarle que tenía miedo de que nos topáramos con un asesino? Aunque tampoco habría sabido explicarle por qué justo allí y en ese momento.
Oliver siguió adelante y lo oímos mascullar cuando tropezó con algo.
—Hola —nos saludó con alegría al llegar junto a nosotros—. ¿Robando tumbas para matar el rato?
El comentario era ridículo y los dos soltamos una carcajada, hasta que me fijé en sus pies, claramente visibles en el haz de su luz.
Llevaba unas zapatillas deportivas naranjas del mismo estilo que calzaba el corredor misterioso la noche que murió Thad.