El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

CAPÍTULO DIECISIETE

D espués de que Amy se fuera, eché un vistazo a los títulos que quería en varias páginas de distribuidores. Muchos estaban disponibles en el extranjero, lo cual implicaba unos gastos de envío desorbitados, así que restringí la búsqueda al Reino Unido.

Reginald Dubold tenía uno de los libros y, por las características, parecía coincidir con el de Amy. Dubold era el distribuidor que tía Violet consideraba de poco fiar y del que Thad tenía una tarjeta de visita.

Por descontado, até cabos y saqué mis conclusiones: Thad le había vendido el libro de Amy a Reginald. Alargué la mano hacia el teléfono de la tienda para llamarlo, pero luego lo pensé mejor. Iría en persona, me presentaría y le echaría un ojo al tal Dubold.

Miré la hora. Tía Violet aún no había vuelto y solo estábamos mi madre y yo. Sería mejor que esperara al día siguiente. La tienda no estaba muy lejos, en el otro lado del mercado, así que podía ir a pie.

—¿Te apetece un té, Molly? —me preguntó mi madre—. Voy a poner la tetera.

—Me encantaría, gracias —contesté. Necesitaba algo que me despertara un poco para pasar el resto de la tarde.

Ese día, después de cerrar, Kieran y yo pasaríamos a por una pizza e iríamos a Hazelhurst, donde le echaríamos un vistazo a las tumbas de la época de Selwyn Scott.

Una de las entradas de la biblia de familia no estaba muy clara y queríamos ver si podíamos averiguar algo más en el cementerio de la propiedad.

¿No era raro que tuviera ganas de ir de excursión a un cementerio? Aunque iría a cualquier sitio con Kieran. Él hacía que todo fuera divertido.

Mi madre no tardó en aparecer con una bandeja en la que, además de las tazas de té, había tenido la amabilidad de colocar un plato de galletas para salir del paso hasta que llegara la hora de la pizza .

La tarde estaba siendo floja, así que hacia las cuatro me acomodé en mi sillón preferido con mi ejemplar de El manuscrito maldito .

Los dos gatos trataron de sentarse en mi regazo, algo que Clarence nunca había hecho hasta ese momento.

Al final, se acurrucaron como pudieron, uno a cada lado.

Básicamente, quedé encajada en el sillón.

—Vais a tener que tirar de mí —le dije muy seria a mi madre, que estaba sentada detrás del mostrador, repasando la contabilidad.

Se echó a reír.

—Ya veo.

Abrí el libro y empecé a leer en voz alta, con mi madre y los gatos de público.

El manuscrito maldito (continuación)

Tras una larga tarde en la biblioteca, donde encontré más de dos docenas de ediciones que quería adquirir, Estella vino a decirnos que la cena no tardaría en estar lista.

—Qué ocupados que han estado los dos —comentó, echando un vistazo a mi pila—. ¿Le interesan todos estos?

Me apresuré a acercarme a ella y reparé en que se había cambiado de atuendo para la ocasión.

Aunque seguía yendo de luto, esa vez el vestido era de escote bajo y redondo, con las mangas abullonadas, y susurraba con sus movimientos.

Se había perfumado y desprendía una fragancia ligera aunque dulzona, como un jardín de rosas en flor.

—Sí, estos son los ejemplares en los que estoy interesado —afirmé, obligándome a centrar mi atención en el que la joven sostenía en la mano—. Si desea conservar alguno, no me ofenderé.

Ella negó con la cabeza y dejó el libro en la mesa para coger el siguiente y mirarlo con atención.

—Estos textos no tienen una importancia especial para mí. Puede llevárselos sin problemas. —Paseó la vista por la biblioteca—. Incluso es posible que busque un nuevo dueño para esta casa y me mude a otro lugar. Esto es muy solitario.

No era difícil imaginarlo, teniendo en cuenta que solo había una pequeña aldea en las cercanías. Lo más habitual para una mujer de su edad y belleza era vivir en una ciudad, dedicándose a acudir a bailes y fiestas y a rechazar pretendientes.

—¿Dónde tiene pensado ir? —pregunté.

—A Milán, con mi tía, sin duda alguna —contestó, agitando una mano, como si le restara importancia—. Insiste en que fije una fecha para la boda. —Se sonrojó—. Sin embargo, el fallecimiento de mi padre sigue siendo muy reciente y no tengo ninguna prisa por desposarme.

Pese a que no me sorprendió, no puede evitar cierta decepción, como si yo, un humilde librero de Cambridge, estuviera en disposición de ofrecer a esa exquisita criatura lo que pudiera desear.

—Un propósito del todo razonable por parte de su tía —murmuré—. Al fin y al cabo, la mayoría de la gente desea unirse en sagrado matrimonio.

—¿Está casado, señor Marlboro? —preguntó ella.

—No, por desgracia —contesté, negando con la cabeza—. Mi prometida sucumbió a una fiebre antes de que llegara ese feliz día.

Tras aquello, mi dolor me había llevado a adentrarme aún más en el mundo de los libros. Al menos ellos perduraban, incluso para siempre si se los trataba de la manera adecuada.

—No sabe cuánto lo lamento. —Me tocó el brazo con suavidad.

Por descontado, el señor Coates no pudo soportar sentirse excluido de la conversación.

—Yo tampoco estoy casado —intervino—. En mi caso se debe a que no he encontrado a la mujer adecuada, una esposa abnegada que esté a la altura de mi propiedad. —Se levantó y sacó pecho—. Tengo grandes expectativas de heredar, ¿sabe? Un título, así como muchas tierras.

Estella sonrió con educación.

—Me alegro por usted… y la futura señora Coates. —El reloj de la repisa de la chimenea dio la hora—. Vamos. ¿Les apetece un vino antes de la cena?

Después de lavarnos las manos y la cara, el silencioso criado nos acompañó al salón, donde nos esperaba Estella con el vino prometido. Mientras bebíamos, aguardando a que anunciaran la cena, la lluvia empezó a azotar los altos ventanales.

La joven se acercó al que tenía más cerca y echó un vistazo.

—La tormenta ya está aquí.

Nada más decirlo, el cielo relampagueó seguido del retumbo de un trueno, que sacudió incluso las gruesas paredes de aquella morada.

Me reuní con ella frente a la ventana, desde la que se veían las ruinas del monasterio y el valle.

Los relámpagos iluminaban de una manera inquietante los muros caídos y el campanario, que aún aguantaba en pie.

En mi imaginación febril, esas ruinas anunciaban el destino final al que se enfrentaban todos los humanos, la reducción a polvo de nuestra envoltura externa.

—No podrán regresar al pueblo esta noche —nos avisó Estella—. El camino a menudo se vuelve impracticable durante estas tormentas. A veces se desprenden rocas y, si te alcanzan, pueden arrastrarte con ellas hacia los precipicios.

Intercambié una mirada con el señor Coates. No había tenido en cuenta aquella posibilidad. Nuestro equipaje se encontraba en el hotel y habíamos alquilado los caballos.

—Creerán que nos hemos dado a la fuga con las monturas —comenté medio en broma.

—Seguro que imaginan que han quedado atrapados —repuso Estella—. Era algo habitual cuando mi padre tenía visitas. No se preocupen, me haré cargo de cualquier coste adicional que se vean obligados a pagar. Al fin y al cabo, son mis invitados.

—Muy amable de su parte, pero no será necesario —objetó el señor Coates—. Aceptaremos su hospitalidad con sumo gusto.

Me percaté de que en su expresión había algo más que el simple alivio de saber que no acabaría calado hasta los huesos o algo peor durante un descenso hasta el pueblo a todas luces peligroso.

El señor Coates acariciaba con deleite la posibilidad de pasar un tiempo adicional allí, o bien para seguir echándole un vistazo a la biblioteca o para cortejar a Estella.

No se me habían pasado por alto las miradas codiciosas que le dedicaba a la joven.

Otro de los motivos podía ser que contara con ver Las divagaciones de un monje de nuevo.

Mientras nos paseábamos por las librerías, me había confesado que seguía albergando la esperanza de convencerla para que nos lo vendiera.

Pese a la excelencia del resto de la colección, solo ese ejemplar valía casi tanto como todos los demás juntos.

El famoso libro era un regalo digno de un duque y, sin duda, se convertiría en la pieza central de su biblioteca personal, de la que había oído maravillas.

En cualquier caso, pese a las maquinaciones y las intrigas de mi compañero, parecía que pasaríamos la noche allí, en la villa. Cuando Estella me ofreció el brazo para que la acompañara al comedor, no pude por menos que alegrarme.

De camino a Hazelhurst House en el Land Rover de Kieran, nos detuvimos a comprar una pizza en nuestro establecimiento preferido.

—Huele que alimenta —gemí cuando reemprendimos la marcha. ¿Qué tenía el aroma del queso fundido y la salsa de tomate?

—Paciencia, cariño —dijo Kieran—. Ya casi hemos llegado.

—¿Y si se enfría?

Si condujera yo y fuéramos en mi coche, no en el Cortina, que estaba inmaculado, ya me habría abalanzado sobre ella sin miramientos. Los asientos de cuero del Land Rover seguían tan limpios como el día que salieron del concesionario y la idea de que pudiera mancharlos me hizo estremecer.

—La recalentaremos.

Las carreteras rurales no estaban muy transitadas y Kieran pisó el acelerador a fondo, seguramente impaciente porque comiera algo y dejara de quejarme.

Estaba tan familiarizada con el trayecto a Hazelhurst House que ya me conocía algunas casas, plantas y curvas de la carretera.

Cuando nos desviamos hacia el camino de entrada, las luces parpadearon a través de las copas de los árboles.

Solo había encendidas unas cuantas, ya que la factura de la luz debía de ser tremenda.

Kieran cruzó el puente y aparcó en el patio.

Yo llevé la pizza y él cogió la linterna de acampada para nuestra expedición al cementerio.

—Oliver vendrá más tarde —me informó Kieran cuando entramos en la casa—. También querrá ver el rincón de escritura de Selwyn y colaborar en la búsqueda del segundo libro.

—¿Cómo le va con el suyo? —pregunté. Si lograba publicarlo al mismo tiempo que saliera el de Selwyn, sería el acontecimiento literario del año.

—No estoy seguro, creo que últimamente tiene la cabeza en otras cosas.