Capítulo dieciséis #3
Levanté los hombros con gesto acobardado, sospechando que iba a preguntarme por qué me había demorado tanto durante la comida. En ese momento recordé que tía Violet tenía que salir porque había quedado.
—Lo siento, Kieran y yo, bueno… No nos hemos dado cuenta de la hora.
Agitó la mano como restándole importancia.
—Eso da igual, lo que quería decirte es que tienes visita. —Señaló con la cabeza el sillón rojo encajado entre dos estanterías, mi rincón preferido de la tienda, desde el que me saludó Amy.
—Eh, Molly.
Tenía el portátil abierto y, para mi gran regocijo, descubrí que Puck estaba tumbado en el respaldo y que Clarence descansaba despatarrado sobre sus pies.
—Veo que ya conoces al comité de bienvenida —comenté.
—Son adorables. Qué simpático que la tienda tenga gatos. —Intentó ponerse de pie, atrapada bajo el peso de Clarence. Puck alargó una pata y la enredó en su pelo rizado—. Ay.
—Venga, chicos, dejad que se levante.
Clarence me dirigió una mirada asesina, rodó sobre sí mismo y se alejó con sigilo. En cuanto Amy abandonó el sillón, Puck se dejó resbalar hasta el asiento y empezó a asearse, como si ese hubiera sido su plan desde el principio. De verdad que eran incorregibles.
Amy cerró el portátil y lo guardó en su funda.
—Estoy buscando unas ediciones en concreto, casi todo novelas, y pensé que igual podrías ayudarme.
—Es a lo que nos dedicamos —dije, acercándome al mostrador—. Primero, miraremos en el inventario a ver si tenemos algún ejemplar.
Amy podría habérselo pedido a tía Violet o a mi madre. Que me hubiera esperado me halagaba, como si estuviéramos haciéndonos amigas.
Abrí el programa del punto de venta, que me permitía hacer búsquedas.
—Adelante, dispara. Título y autor.
Amy dejó el bolso sobre el mostrador, en el que apoyó los codos.
—¿Recuerdas cuando estuvimos en la habitación de Thad? ¿Que no encontré todos mis libros?
—Sí. —Esperé con los dedos preparados para teclear—. Aunque así de pronto no me acuerdo de ningún título en concreto.
Pensándolo bien, no había mencionado ninguno en particular. Se humedeció los labios y titubeó.
—A ver, no sé muy bien cómo decir esto.
—No hay prisa.
Intuía a dónde conducía todo aquello y me noté muerta de impaciencia, cosa que procuré disimular.
Empezó a juguetear con un expositor de tarjetas de visita.
—Será mejor que lo suelte sin más. —Hizo una pausa—. ¿Thad os vendió algo recientemente?
—Lo miro. —Estaba segura de que no porque nunca había oído hablar de Thad Devine hasta el día que conocí a Oliver, pero no se perdía nada comprobándolo—.
Lo buscaré en el programa. —Pagábamos a los vendedores con cheque, de modo que, si nos había vendido algo, debería aparecer en el sistema.
Unos cuantos tecleos después, negué con la cabeza—.
No le hemos comprado ningún libro a Thad.
—¿Estás segura? —Parecía aliviada y decepcionada al mismo tiempo.
—Del todo. No pagamos en efectivo. Bueno, salvo en un mercadillo, quizá.
Reservábamos una pequeña cantidad para esas compras impulsivas, que a menudo merecían la pena.
—¿Quieres que te busque algún ejemplar? —pregunté—. A lo mejor puedes reemplazarlos.
Gruñó.
—Supongo, lo que no sé es si podré pagarlos. No fueron baratos la primera vez.
Eso sí era un verdadero rollo, sobre todo si los había perdido por prestárselos a un amigo. Por eso yo casi nunca lo hacía; la mayoría de las veces no te los devolvían.
—No sé qué te parecerá esto: tú me das los títulos y toda la información que recuerdes y yo los busco por ahí, a ver qué encuentro. Luego, si quieres comprarlos, hablamos.
—Me parece estupendo. —Amy sacó su portátil—. Voy a revisar la bibliografía de uno de mis trabajos.
Me hice con una libreta y un boli, lista para anotarlos. Si los libros no habían aparecido en la habitación de Thad, ¿dónde estaban?
—Perdona por lo que voy a decir, pero ¿le has preguntado a los padres de Thad? Quizá se los llevó a casa.
—Lo dudo. No fue a casa en todo el trimestre. Solo se dejó caer por Escocia por lo de la partida de caza. Ese fin de semana estuve con él y no los tenía.
—Entonces nada. Los buscaré con sumo gusto.
Empezó a leerme la información bibliográfica para que la anotara. Tres libros, obras clásicas de Charlotte y Emily Brontë y Daphne du Maurier. También apunté su número de teléfono y así poder enviarle lo que averiguara.
—Gracias, Molly —dijo. Echó un vistazo al viejo reloj de la pared—. Será mejor que vaya tirando.
—¿Tienes clase? —pregunté más por decir algo que porque me interesara.
—No, esta tarde no, pero he quedado con la doctora Verona para repasar la contabilidad del instituto. Es mi nuevo trabajo a tiempo parcial. Antes lo hacía Thad.
—Buena suerte. Y gracias por venir.
Volvió a guardar el portátil en el bolso, que se colgó del hombro.
—¿Irás al baile de pasado mañana?
—Puede. —Ni me lo había planteado, aunque había reparado en que se celebraba en los sótanos del St. Aelred. Un marco ideal para un baile de temática gótica.
—Si vas, lleva un disfraz. Nos vemos.
De camino hacia la puerta, se detuvo para acariciar a los gatos, un gesto que aprecié, igual que ellos. Al fin y al cabo, eran los que verdaderamente mandaban.