Capítulo dieciséis #2
—Ya lo creo —murmuré antes de echarme a reír, igual que él, de la cursilería que había soltado. Me gustaba que pudiéramos ponernos tiernos y bromear al mismo tiempo.
Sirvió la crema en dos boles, señaló unas rebanadas de pan recién cortadas y un plato con mantequilla que había en una tabla y nos lanzamos al ataque.
—Deliciosa —dije mientras me llevaba a la boca la última cucharada, lamentando no poder limpiar el cuenco a lametazos como cuando era pequeña. El puerro hacía que la crema de patatas supiera incluso mejor.
—Aún queda —me avisó—. Te pongo un poco más.
Rellenó los boles de ambos. Cuando nos acabamos la crema, sacó un plato con brownies del tamaño de un bocado e hizo café en una cafetera de émbolo. Nos acomodamos en el sofá con las tazas en la mano.
—Bueno, ¿qué te cuentas? —preguntó—. ¿Alguna novedad?
—¿Por dónde empiezo?
Bebí un sorbo de café mientras organizaba mis pensamientos. Luego recordé la carta del editor y la hoja escrita a mano. Pese a la enorme tentación de compararlas, me había obligado a esperar hasta que Kieran y yo estuviéramos juntos.
—Un momento —le pedí mientras sacaba el móvil—. Miremos a ver si es la misma letra.
Se acercó a mí y aguardó a que encontrara las dos imágenes.
Bastó con una ojeada.
—No son de la misma persona —concluí decepcionada—. ¿Ves? La letra de las cartas es redonda y espaciosa, mientras que la del manuscrito es más angulosa y está más junta.
—Sí, es muy evidente —reconoció. Parecía igual de desilusionado que yo—. ¿Y entonces? ¿Alguna idea?
—Mmm… Puede que Selwyn tuviera un ayudante y que esa persona se encargara de la correspondencia.
—En cualquier caso, aunque hubieran salido del mismo puño, seguiríamos sin saber quién era Selwyn —apuntó Kieran—. Tendríamos que compararla con algo en lo que apareciera su verdadero nombre.
—Bien visto. —Dejé el móvil a un lado con un suspiro—. En cuanto al misterio del presente…
Lo puse al día acerca de la visita guiada del día anterior, incluyendo la charla con Josh y Amy en el Headless Monk y, finalmente, la pista de las zapatillas deportivas de Tim.
—¿Crees que fue Oliver? —preguntó con voz afligida.
Repasé a toda prisa lo que le había contado.
¿Había dicho algo que acusaba a Oliver? Concluí que nada en concreto, aunque, siendo sincera, el primo de Kieran continuaba en mi lista de sospechosos.
Tenía un móvil y la oportunidad, y tal vez acceso al arma.
Además, según Josh y Amy, había visitado a Thad.
—¿Por qué lo dices? —respondí, esquivando la pregunta como una cobarde—. ¿Tiene unas zapatillas naranjas?
—Ni idea. —Se quedó mirando su taza—. No me malinterpretes, me cuesta imaginarlo comportándose de manera violenta.
¡Pero si es incapaz de matar una mosca! Sin embargo, esa noche…
Lo de que no se presentara cuando habíamos quedado para cenar no tiene buena pinta.
No es propio de él darme plantón. Y, luego, ayer… —No acabó la frase.
—¿Qué? —insistí, viendo que no continuaba.
Kieran parecía abatido.
—Me dijo que Thad al final presentó una queja ante el doctor Cutler solicitando que se revisaran los criterios de puntuación de Oliver.
—¿Y eso qué importa ya? Thad está… —Me escuché y me interrumpí.
—Muerto. Lo sé. —Sonrió sin ganas—. Pero, aun así, tendrá que explicar la calificación que le puso. En aras de ser riguroso, según el doctor Cutler.
Me parecía muy injusto. Se me ocurrió algo más.
—Oliver no es el único profesor con el que Thad tenía problemas. Vi algunos comentarios despiadados de la doctora Verona en un trabajo suyo. Según Amy, Thad lo rehízo y obtuvo una nota más alta.
—Apuesto a que mi primo no dejó que lo presentara de nuevo —dijo Kieran—. Deberías contárselo a Oliver. Puede que juegue a su favor.
—¿Información de segunda mano? No sé. Además, seguramente ya lo sabe, teniendo en cuenta que está liado con Sophie. Los vi en la orilla del río. Anoche, mientras íbamos en la batea.
—¡¿Qué?! —exclamó Kieran—. No me ha dicho nada. Y mira que ha tenido oportunidades mientras hablábamos de…
—¿De qué? —Lo pinché, aunque me lo imaginaba. Me incliné hacia él y me apoyé en su hombro—. ¿Hablabais de mí, por casualidad?
Se sonrojó y me pareció adorable.
—Quiero que sepas que no cuento chismes sobre nosotros ni comparto nada demasiado personal.
Se me escapó una carcajada.
—Ni se me ha pasado por la cabeza. Es completamente normal hablar de tu relación con un amigo íntimo o con un pariente. —Me acerqué más para acurrucarme junto a él—. Yo hablo con Daisy de nosotros a todas horas.
—¿De verdad? —Me besó en la nariz, sonriendo—. ¿Y qué le cuentas?
Dejé el café en la mesita antes de que se me cayera.
—Que eres increíble y que te… —«Uy, mejor no»—. Que me gustas mucho.
Su taza le hizo compañía a la mía.
—Tú también me gustas mucho.
La siguiente hora fue un maravilloso paréntesis en una fría tarde de noviembre. Decidí que Kieran y yo deberíamos quedar para comer más a menudo.
—Molly —me llamó tía Violet con tono enérgico cuando estaba a punto de devolver un libro a un estante.