El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

CAPÍTULO DIECISÉIS

El manuscrito maldito (continuación)

—Qué libro más bonito.

Para mi consternación, Estella había cogido la infame obra y estaba acariciando la cubierta de cuero.

Cuando tocó la piel de becerro, dio la sensación de que esta se volvía más clara, ya no parecía tan sucia y rozada.

Los motivos estampados en los que no había reparado hasta ese momento, una enredadera que recorría los bordes, relumbraron.

Parpadeé para sobreponerme a ese espejismo, asaltado por un horror creciente cuando vi que la joven empezaba a abrir la tapa.

—Espere. No haga eso. —Corrí a su lado, dispuesto a arrancarle el libro de las manos.

—¿Qué hace, señor Marlboro? —preguntó el señor Coates—. Estoy seguro de que la signorina sabe cómo tratar un libro valioso sin requerir ayuda.

—No es eso… —No acabé la frase, incapaz de expresar el pánico repentino que se había apoderado de mí, la certidumbre de que el libro en sí suponía un peligro para quien lo tocara.

¿Acaso la idea no resultaba delirante? Quizá se debiera al largo y azaroso viaje y a la conmoción ante la noticia del fallecimiento del duque.

Estella había ocupado la silla de su padre y tenía el libro abierto ante ella. La joven lanzó una encantadora y alegre risita.

—Es maravilloso. Ahora entiendo la fascinación que mi padre sentía por él. Tuvo que recorrer largas distancias para hacerse con este ejemplar, pese a que se escribió en el monasterio del lugar. Antes de que todos los monjes murieran ese mismo año.

Lo dijo con absoluta naturalidad, como si el fallecimiento simultáneo de los frailes no fuera motivo de curiosidad y mucho menos de preocupación.

—¿Qué les ocurrió? —pregunté.

Se encogió de hombros de manera encantadora, como todo lo que hacía.

—¿Algún tipo de viruela? Lo único que sé es que se propagó por el monasterio con suma presteza. Ya cuando era niña se nos conminaba a no curiosear entre las ruinas. Se dice que el aire está contaminado.

Intercambié una mirada con el señor Coates.

Debía de tratarse de una invención para mantener a los niños alejados de sitios donde pudieran sufrir caídas o hacerse daño.

Si se me presentaba la oportunidad, me gustaría visitar lo que quedara del monasterio.

La exploración era una de mis aficiones, sobre todo de lugares antiguos con interés histórico.

Estella empezó a hojear el libro; las páginas susurraban y los bordes dorados lanzaban destellos bajo la luz, otro detalle en el que no había reparado hasta ese momento.

La joven dejó de leer y sonrió con un brillo en la mirada. En ese momento comprendí que tal vez no quisiera desprenderse del libro. El señor Coates tendría que encontrar otro regalo para su estimado tío.

El hombre se acercó a la joven.

—¿Me permite echarle un vistazo? Hace años que siento curiosidad por esta obra.

Como haría una criatura, Estella lo miró con el ceño fruncido y protegió el libro con las manos, apretándolo contra su pecho.

—No, no puede. Mi padre decía que le habla de manera íntima a cada lector, por lo que compartirlo con alguien solo atenuaría la experiencia.

—No insista, señor Coates —le pedí, pese a que yo también deseaba saber qué contenía—.

Al fin y al cabo, somos unos extraños. —Y añadí para tranquilizar a Estella—: Aunque caballeros y, como tal, debemos retirarnos.

Por favor, háganos saber antes de mañana si desea vender el libro o cualquier otra obra de su colección.

No podemos demorarnos mucho en su país, por bello que sea.

Para mi sorpresa, pareció desencantada.

—¿Ya deben partir? Había organizado una cena deliciosa para ustedes.

Casi nunca tenemos invitados, sobre todo desde el fallecimiento de mi padre.

—Cerró el libro y lo dejó en el vade antes de levantarse con decisión—.

Por favor, paséense por las estanterías.

Estoy segura de que encontrarán algo de su agrado.

—Adoptó una expresión firme—. No puedo prometerles que vaya a venderles todo lo que quieran, pero estoy dispuesta a oír ofertas.

Por suerte, mi padre dejó un registro con anotaciones sobre cada libro y su valor.

Mi experiencia en el trato con clientes me hizo sospechar que necesitaba el dinero.

Era muy astuto por su parte hacernos saber que su padre conocía muy bien la valía de los libros.

Otros comerciantes con menos integridad seguramente habrían tratado de aprovecharse de la joven.

Yo me negaba a comportarme de una manera tan poco honrosa, motivo por el que gozaba de una magnífica e irreprochable reputación.

—La acompañaremos durante la cena con sumo gusto —dijo el señor Coates haciendo una reverencia—. Sé que el señor Marlboro siempre está a la busca de ediciones especiales para sus clientes y yo también tengo otros intereses. Gracias por su amable oferta, le echaremos un vistazo a la biblioteca.

El hombre me miró lleno de regocijo, apenas incapaz de reprimir el impulso de frotarse las manos. La codicia brillaba en sus ojos. Tendría que sacarlo de su error acerca de la opinión obviamente equivocada que tenía sobre nuestra anfitriona y su ingenuidad.

La idea de un libro que se adaptaba a cada lector me acompañó toda la mañana mientras actualizaba el inventario de Thomas Marlowe.

Había pospuesto el trabajo de catalogación de Hazelhurst House para ponerme al día con el resto de tareas de la tienda.

Kieran y yo habíamos quedado para comer en su apartamento, cosa que me apetecía mucho.

Tenía la sensación de que hacía siglos que no nos veíamos.

Tim se encontraba tras el mostrador de la tienda de bicis cuando entré.

—Ya ha subido —me informó, señalando el techo.

—Gracias. —Me acerqué un poco más para preguntarle cómo estaba. A él tampoco lo había visto mucho últimamente.

—Bien, gracias —contestó Tim antes de continuar ordenando recibos—. Daisy me ha contado lo de la visita guiada del otro día. Tendré que apuntarme a la siguiente.

—Creo que planea algo con una batea —bromeé.

Cerca de mí había un expositor de chaquetas que me llamó la atención y fui a echarles un vistazo. Como imaginaba, eran de la misma marca que la del presunto asesino, la persona que pasó corriendo por nuestro lado en St. Aelred’s Way.

—Nos las quitan de las manos —dijo Tim—. Esas acaban de llegarnos. El segundo pedido de este otoño.

—¿Sabes quién compró las anteriores? —pregunté—. Me refiero a los nombres.

Levantó la cabeza.

—¿Los nombres?

—¿Recuerdas la persona que pasó corriendo por nuestro lado aquella noche? —No hacía falta que entrara en detalles. Levanté una de las chaquetas—. Llevaba esta marca. —Pasé el dedo por encima de los motivos plateados—. Me fijé en esto. Es algo bastante distintivo.

Tim negó con la cabeza.

—Ya veo dónde quieres ir a parar, pero las venden en todas partes. Y por internet, claro. Debe de haber docenas, si no cien tos, por ahí.

Retrocedí un par de pasos.

—Pero ¿se puede conseguir una lista de las personas que las compraron? Me refiero a si es algo factible.

Levantó un recibo.

—Supongo que sí. Anotamos la fecha, el nombre del cliente y lo que han comprado.

Es un poco innecesario, porque el punto de venta también recoge el número de inventario, que es lo que utilizamos para controlar el stock .

Pero como el cliente no aparece en el ordenador, les entregamos estos recibos.

—Cogió un puñado de papeles amarillos—. Sería un trabajazo repasarlos todos.

O emparejarlos con las entradas del sistema, pero podría hacerse.

—Ya, entiendo. —Volví a dejar la chaqueta donde estaba—. ¿Daisy te ha contado que la policía confiscó una de estas en la habitación de un estudiante?

—Ajá, sí, me lo ha dicho. —Tim arrugó la frente—. Supongo que vais con cuidado, ¿verdad? No han detenido a nadie, así que el asesino aún anda suelto por ahí.

—No te preocupes.

Kieran estaba esperándome, así que era mejor que me pusiera en marcha. Hice el amago de dirigirme a la puerta cuando las palabras de Tim me hicieron detenerme.

—He estado pensando mucho en esa noche —dijo—. ¿Sabes las zapatillas que llevaba el tipo? Creo que sé de qué marca son.

—¿De verdad? Yo solo me quedé con la máscara espantosa esa y la chaqueta.

Ni siquiera le había mirado los pies.

—Siempre me fijo en el calzado. Antes de venir aquí, trabajé en una tienda de artículos deportivos que vendía zapatillas de marca. —Tim cogió el móvil y empezó a buscar—. Estoy bastante seguro de que eran estas.

Me acerqué hasta donde estaba para verlo mejor. Eran de un naranja llamativo y muy caras.

—¿De hombre o de mujer?

—Unisex —contestó—. Por desgracia. Eso reduciría un poco las posibilidades.

—Deberías decírselo al inspector Ryan. Estoy segura de que están desesperados por dar con cualquier pista que les ayude a acotar sospechosos.

Tim dejó el móvil en el mostrador.

—¿Y si me equivoco?

—Eso ya lo averiguarán ellos. Sé que agradecerán tu llamada. —Saqué mi móvil y le envié un mensaje—. Listo, ahí te va su teléfono, ahora ya no tienes excusa.

—Sí, señora —dijo con los ojos brillantes.

—¿He sonado muy mandona? Lo siento. —Me despedí con la mano mientras me dirigía hacia la salida—. Hablamos luego.

Cuando subí al apartamento y entré, Kieran estaba junto a los fogones, removiendo algo en una cazuela.

—Molly, me alegro de verte.

Crucé la habitación para darle un beso.

—Lo mismo digo. —Le eché un vistazo a lo que cocinaba—. ¿Qué es? Huele de maravilla.

—Crema de puerro y patata. —Sonrió orgulloso—. La primera vez que hago la receta de mi abuela.

—Qué rico. Me apunto a cualquier cosa que lleve patata. —Me senté a la mesa, que ya estaba puesta, y me serví un vaso de agua—. ¿Qué tal tu día?

—Muy bien, gracias. —Se volvió hacia mí—. Y ahora mejor todavía.

Nos miramos durante unos segundos, hasta que dio un respingo.

—Ay. —Comprobó el fuego—. Que no se me queme. —Probó la crema con una cuchara—. Esto ya está bastante caliente.