El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

CAPÍTULO VEINTICINCO

DOS SEMANAS DESPUÉS

— L isto —anuncié en una voz tan alta que sobresaltó la quietud que imperaba en la biblioteca.

Con un suspiro satisfecho, me recosté en el asiento, separándome del portátil, y flexioné los dedos.

Los mil doscientos tres libros ya estaban introducidos en el catálogo.

Incluidos los manuscritos originales de El manuscrito maldito y Entre las ruinas .

Wesley lo había devuelto con la esperanza de que le rebajaran la condena por robo. Por lo menos, había sido lo bastante listo para no entregarle la preciada obra a Dubold antes de que la venta estuviera cerrada.

En cambio, Sophie se llevaba la peor parte.

Había planeado el robo y convencido a Wesley para que lo llevara a cabo.

Por un lado, el chico ignoraba que Sophie había matado a su primo y, por el otro, había sido idea suya usar el móvil de Thad para ponerse en contacto con Dubold, sin que Sophie lo supiera, suponiendo que era más prudente que usar el suyo propio.

En ambos casos, el móvil había sido el dinero.

Wesley siempre tenía problemas para llegar a fin de mes, empeorados por los préstamos que le hacía a su primo, y Sophie tenía que cubrir de alguna manera los desfalcos del instituto.

Sí, era ella quien había malversado los fondos, algo que tanto Thad como Amy habían averiguado.

El pobre Oliver no había sido consciente de nada: ni de las maquinaciones para cometer el robo ni de la verdadera personalidad de Sophie, que se había revelado como una asesina manipuladora.

Sophie había confesado que se había llevado el puñal de la habitación de Thad, a quien había esperado cerca de la puerta con la máscara de Guy Fawkes.

Fuera, lo había apuñalado y lo había dado por muerto.

¿Por qué motivo? Porque Thad iba a delatarla y a entregarla por malversación de fondos, pese al chantaje al que ya la había sometido, obligándola a escribir sus trabajos, entre ellos el del justo castigo.

Durante la confesión, Sophie había mencionado que Thad, una persona totalmente carente de remordimientos, se había burlado de la idea de que algún día tuviera que enfrentarse a un justo castigo por su mala acción y ella había decidido darle una lección al tiempo que se deshacía de una carga para siempre, sobre todo con el tema del ascenso en la cuerda floja.

También había trabajado de tapadillo para poner al doctor Cutler en contra de Oliver.

Hablando de Oliver, se encontraba en el Headless Monk durante el asesinato de Thad tras haber recibido un mensaje urgente de Sophie. Enamorado como estaba, se había visto obligado a cancelar la cena con nosotros. Sophie lo había enviado allí para apartarlo de en medio.

En cuanto a la música misteriosa de la habitación de Thad y la persona encapuchada que nos había estado observando durante la visita guiada, en ambos casos se trataba de Wesley, que esperaba averiguar algo más asustando a Amy y Josh, de quienes sospechaba que habían asesinado a su primo.

Sophie había colocado la chaqueta ensangrentada en la habitación de Josh para enredar las cosas.

Sabía muy bien que Thad tenía conflictos con todos y por eso trató de matarlo de un disparo cuando estaba con su amigo en el pabellón de caza.

Oliver por fin había obtenido el ascenso y ya era profesor titular.

Después de que la verdad saliera a la luz y se descubriera que Sophie hacía los trabajos de Thad, la queja del alumno se había desestimado.

El doctor Cutler se había visto obligado a dar marcha atrás y a concederle a Oliver lo que se merecía.

Aunque dudaba que eso compensara enterarse de que su novia era una asesina.

Por mi parte, por fin pude preguntarle a Amy sobre su extraña reacción al oír el nombre de Dubold.

Dijo que había prevenido a Thad contra Dubold después de haber oído que varios alumnos que le habían vendido libros se habían quejado de que no habían obtenido un trato justo.

Le molestó que Thad le vendiera sus queridos ejemplares al librero tramposo y se lo tomó como un insulto.

Por cierto, Amy recuperó todos sus libros.

Lady Asha asomó la cabeza por la puerta.

—¿Lista para un descanso?

—Más para una celebración —dije, poniéndome en pie—. He acabado.

La mujer unió las manos.

—Cuánto me alegro. —Paseó la mirada por las estanterías—. Menudo trabajo, ¿eh?

—Desde luego —reconocí—. Y lo he disfrutado desde el minuto uno. Tienen una colección espectacular. El catálogo les ayudará a gestionarlo durante varias generaciones.

—Esa es la idea. —Esperó junto a la puerta hasta que llegué a su lado—. Kieran también se apunta, y Graham.

—¿Qué tal está hoy?

Echamos a andar por el pasillo.

—Mucho mejor. La noticia de que el cáncer está remitiendo parece que lo ha animado un poco.

—Me lo imagino.

Pese al susto que se habían llevado cuando vieron que tenía los electrolitos bajos, causado por la medicación, el diagnóstico de los médicos de Londres había sido bueno. Lord Graham estaba recuperándose.

Como era habitual, el té se servía en la salita de estar. Cuando entramos, lord Graham y Kieran, que estaban esperándonos, se levantaron.

—Molly tiene una buena noticia —anunció lady Asha mientras se dirigía a su asiento, junto a la bandeja del té. Levantó la tetera y empezó a servir—. Ha acabado el inventario.

—Felicidades —dijo Kieran.

—Enhorabuena —añadió lord Graham.

Hice una pequeña reverencia para agradecer sus elogios antes de ir a sentarme junto a Kieran.

Mientras lady Asha repartía las tazas de té y nos pasábamos un plato de pastelitos de crema de limón, pensé en el correo electrónico que había recibido hacía un rato y que me había reservado para cuando estuviéramos todos.

—Por fin sabemos algo más respecto a la verdadera identidad de Selwyn Scott.

Terca como era, me había negado a darme por vencida y había probado otras vías, que finalmente habían dado su fruto.

Se volvieron hacia mí con cara de sorpresa.

—No sabía que aún siguieras con eso —comentó Kieran.

—No he dicho nada por si se trataba de otro callejón sin salida —me expliqué, encogiéndome de hombros.

Les conté que había encontrado la correspondencia que habían intercambiado Agatha Scott y su hermana, lady Amelia Birtwistle, en una colección de la Universidad de Oxford—.

Una amabilísima bibliotecaria las ha digitalizado para que podamos comparar la letra con la del manuscrito y las cartas enviadas al editor.

—Cogí el móvil—. También dice que la que lleva por fecha enero de 1843 es de sumo interés.

Aún no había abierto el adjunto, así que estaba tan emocionada y tenía tanta curiosidad como mi audiencia.

Lo hice y empecé a leer en alto, agradeciendo que la letra fuera legible.

Queridísima Amelia:

Espero que hayas pasado unas felices Navidades. Las nuestras, lamento decir, han resultado bastante tristes sin nuestra querida Frances. La echamos mucho de menos.

No obstante, no todo son malas noticias. Aunque Samuel canceló la boda cuando murió su hermana, esta se celebrará en primavera. Espero que Hazelhurst House no tarde en volver a llenarse de voces y risas risueñas.

Respecto a la otra cuestión, he decidido abandonar la escritura. Sin la inspiración y la ayuda que me procuraba Frances, no me veo con ánimos de seguir adelante con el segundo libro.

Decidí detenerme en ese punto.

—Creo que hemos resuelto el misterio: Frances y Agatha debían de trabajar juntas, eso explica la letra distinta.

Vi que la de esa carta coincidía con las del editor, lo que significaba que Frances era la autora de los manuscritos.

— El manuscrito maldito . — Lady Asha movió la mano en el aire como si estuviera presentándolo—. De Agatha y Frances Scott. Originalmente publicado con el nombre de Selwyn Scott. —Alzó su taza—. A tu salud, Molly. Lo has conseguido.

—Con muchísima ayuda. —Me volví hacia Kieran y le di unas palmaditas en la rodilla—. Sobre todo tuya.

—Hacemos un buen equipo, ¿verdad? —dijo él—. Mamá, atribuiremos la autoría de Entre las ruinas de la misma manera, ¿no?

—Por supuesto —contestó lady Asha—. ¿Os he enseñado las pruebas de las cubiertas? —Se levantó y se acercó al escritorio del rincón. Tras rebuscar entre varios papeles, volvió con las cartulinas en la mano—. Habrá que cambiar el nombre del autor.

Las cubiertas transmitían ese aire inquietante y misterioso que era el sello distintivo de ambas novelas.

Imaginé a las dos autoras, solas la mayor parte del tiempo en esa bella pero aislada mansión.

Habían aprovechado la inspiración que ofrecía su entorno, con un toque fantástico y exótico.

Me pregunté si alguna vez habrían viajado a Italia.

Entre las ruinas transcurría en Inglaterra, en Yorkshire.

Cuando le pasé las cubiertas a Kieran, pensé que a ellas les habrían encantado.

«Esto es por vosotras, Agatha y Frances. Que vuestro trabajo perdure para siempre».

El manuscrito maldito (conclusión)

El señor Coates fue enterrado en el cementerio de la villa, pues no había motivo que justificase enviar su cuerpo a casa.

Tras notificar el deceso a su tío, su único pariente, llegó una generosa donación que debía destinarse a procurarle una lápida apropiada y al cuidado de esta.

No fue preciso nada más para que el conde se redimiera en cierto modo ante mis ojos, aunque no me correspondía a mí decidir si también habría de hacerlo ante los del Cielo.

Tras largas deliberaciones del mismo estilo, Estella y yo decidimos destruir el manuscrito maldito. No reclamaría más vidas, ni de manera accidental ni como consecuencia de una nefaria maquinación como la que había urdido el señor Coates.

Asistidos por los criados de Estella, encendimos una gran hoguera en el campo. Con gran ceremonia, ella y yo colocamos el libro en el centro, en un lugar del que no pudiera moverse ni ser arrancado.

—Por favor, querido Matthew, haz los honores —dijo ella, indicando al criado que me entregara la antorcha.

Por un momento fugaz, vacilé junto a la pila de leña, consciente de la irreversibilidad de lo que estaba a punto de hacer. Una vez que el libro ardiera, se perdería para siempre. Las divagaciones del monje se acallarían por fin.

Luego, pensé en el padre de Estella y en el señor Coates, quienes, si bien distaban mucho de ser perfectos, aún seguirían con nosotros de no ser por ese manuscrito infernal.

Con determinación y la conciencia aligerada, me incliné y acerqué la antorcha a la leña. Cuando el fuego prendió y las llamas se deslizaron por los palos quebradizos y lamieron los troncos, vi una figura a lo lejos, observando.

Era el monje de las ruinas. Tras largo rato, asintió con la cabeza, dio media vuelta y se alejó. No volvimos a verlo nunca más.

Estella y yo permanecimos despiertos hasta que el fuego se extinguió.

Durante esas dulces horas, le pedí que se convirtiera en mi esposa y, para mi dicha, aceptó.

Decidimos que viviríamos allí, donde continuaría coleccionando y vendiendo libros, y desde donde tendría la oportunidad de recorrer Europa y parajes incluso más lejanos en busca de los ejemplares más raros y selectos.

Buscaría un socio para la librería de Cambridge y Estella y yo iríamos de visita, con nuestros hijos, de modo que pudiera compartir mi Inglaterra con ellos.

O eso soñamos durante esa larga noche bajo las estrellas, mientras la fogata crepitaba y las llamas danzaban, cada vez más bajas, hasta que finalmente solo quedaron las cenizas.

Y de esas cenizas nacieron nuestras vidas.