El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo quince #2
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Capítulo quince #2

La persona echó a correr de inmediato y cruzó el jardín a toda velocidad en dirección a una calle adyacente.

— Así se hace, George —dije sin poder reprimir la risa.

En la cabeza del grupo, Amy agitó los brazos para pedir atención.

—Tengo una sorpresa para vosotros: regresaremos al punto de partida de la visita en batea.

La gente se puso a parlotear y se oyeron exclamaciones de alivio al saber que no habría que hacer el camino de vuelta a pie.

Seguimos a Amy una o dos manzanas más, hasta llegar al lugar donde todos subimos como pudimos a bordo de las barcazas.

Daisy, George y yo íbamos en la última, junto con Josh y su farol.

—Me ha tocado la fácil —comentó nuestro barquero mientras alejaba la embarcación del muelle ayudándose de la pértiga. Las otras bateas llevaban hasta doce pasajeros.

El hombre tenía algo que me resultaba familiar.

—¿Fergus? —dije al fin.

—El mismo. ¿Molly? —preguntó él, sorprendido—. ¿Qué se cuenta? ¿Sigue metiéndose en líos?

—Más o menos. —Había conocido a Fergus durante la resolución de mi primer caso en Cambridge.

—Veo que ha estado saliendo con Kieran Scott —dijo cuando nos llevó hasta la corriente principal. Y añadió con tono divertido—: La monada de Vermont.

Era uno de los apelativos cariñosos que me habían endiñado los tabloides. Mejor que «belleza rústica», la verdad.

Gruñí. Gracias a esos fotógrafos entrometidos, dudaba que quedara alguien que no se hubiera enterado.

—Sí, nos va bastante bien.

—Me alegra oírlo.

Fergus guardó silencio y se concentró en conducir la barcaza por el río.

De noche, los Backs eran preciosos, entre los puntitos de luz de las ventanas de los edificios junto a los que pasábamos, la luna menguante y el firmamento lleno de estrellas.

Los árboles centenarios se inclinaban hacia el río como cortesanos haciendo reverencias.

El agua lamía las orillas y, de vez en cuando, se oían pisadas en los senderos.

Salvo por el murmullo lejano del tráfico y el resplandor de alguna pantalla de móvil en la batea que nos precedía, podríamos habernos encontrado en cualquier momento de los últimos quinientos años.

Suspiré y me recosté en el asiento, apartando a un lado mis preocupaciones durante unos minutos.

—Qué paz se respira aquí —comentó Daisy repantingada a mi lado—. Tengo que traer a Tim algún día. —Una ráfaga de aire frío rizó la superficie del río creando olitas y poniéndonos la carne de gallina—. En primavera —matizó.

—Avíseme cuando sea —dijo Fergus—. Le daré una tarjeta.

Daisy y yo intercambiamos una sonrisa ante la oferta un tanto descarada del barquero. Yo aún la conservaba de nuestro primer encuentro, aunque no recordaba dónde la tenía. Supuse que era como un taxista con una clientela fiel.

—Ah, el amor de la juventud —suspiró George.

Al principio pensé que se refería a Daisy y a Tim, pero luego comprendí de qué estaba hablando.

Había una pareja besándose bajo una farola. Los dos eran altos, llevaban chaquetas de lana, vaqueros y la cabeza descubierta. Él era rubio y ella, morena.

Cuando se separaron, di un respingo por la sorpresa. Oliver Scott y Sophie Verana. Colegas, rivales y, por lo visto, pareja.

Miré de reojo a Josh, que los conocía muy bien. El joven tenía los ojos clavados en ellos, con las cejas enarcadas y los labios fruncidos como si fuera a silbar.

—¿No lo sabías? —le pregunté en voz baja.

—Qué va —contestó—. Pensaba que no se soportaban.

No sería la primera vez que el odio enmascaraba la atracción.

Hasta que una nueva idea asaltó a la desconfiada que llevo dentro: ¿y si la antipatía era una farsa para ocultar algo más que su relación, la cual, como compañeros que eran, no debería suponer ningún problema?

¿O sí lo era en una institución tan tradicional como el St. Aelred?

Aunque, si existía una política que prohibiese las relaciones entre los empleados, besarse en público no era lo más discreto del mundo.

Cualquiera podría haberlos visto juntos esa noche.

La batea avanzó y dejó atrás a la pareja, en la penumbra. Qué delicia contemplar la ciudad desde allí. Al pasar junto al King’s College, pudimos admirar la capilla desde un ángulo distinto. Quizá fuese una elección poco original, pero decidí que era uno de mis edificios favoritos.

Poco después, Fergus se arrimó a la orilla para que desembarcáramos y, entre los cuatro, reunimos una generosa propina.

—Mándenme un mensaje cuando quieran —se despidió alegremente cuando ya nos íbamos.

El resto del grupo se dispersó y Amy se acercó a nosotros.

—Estoy más que lista para ir al pub .

Me volví hacia Daisy y George.

—¿Os apetece tomar algo en el Headless con Josh y Amy?

—Me apunto —dijo George—. Estoy seco.

—Si vosotros vais, también me apunto —contestó Daisy.

Nos pusimos en marcha. Amy y Josh iban por delante de nosotros, comentando varios aspectos de la visita guiada.

—¿Qué parte os ha gustado más? —preguntó Daisy.

—Hombre, la capilla —dije—. Y me ha fascinado la historia del hermano Selwyn.

—Está bien conocer a tus monjes decapitados favoritos —comentó George—. Pobre, habrá que beber a su salud.

Daisy y yo reímos.

—Nunca me lo había planteado de esa manera —dijo ella.

Poco después llegamos al pub , donde Josh nos sujetó la puerta para que entráramos. Dentro, el fuego crepitaba alegremente en la chimenea y, por el ambiente, parecía que era otra noche tranquila. Nos sentamos en el mismo reservado que la vez anterior y George invitó a la primera ronda.

—Me ha encantado la visita, Amy —dije—. He aprendido un montón de cosas.

Daisy se unió a la conversación y coincidió conmigo.

Amy parecía complacida.

—Le propuse la actividad al comité de planificación y, cómo no, me la endilgaron. Ya sabéis cómo van estas cosas.

—¿Oliver y Sophie dirigen el instituto? —pregunté con intención de averiguar algo más sobre la organización. Recordé que, según Amy, Thad llevaba la contabilidad.

—Es la niña de sus ojos —afirmó—. Este es el tercer año que celebran el simposio y quieren celebrar el del año que viene en París. Pretenden convertirlo en un evento internacional que atraiga ponentes y público de toda Europa.

—¡¿París?! —exclamó Daisy—. Qué pasada.

—Sí que lo sería, sí —convino Amy, asintiendo con la cabeza—. Sophie ha estado buscando patrocinadores. Por lo que decía Thad, este año ha conseguido donaciones bastante cuantiosas.

George volvió de la barra con una bandeja y repartió con destreza las pintas y las cañas de Monk’s Bitter, la cerveza amarga de la casa.

—Yo también estaría amargado si alguien me hubiera cortado la cabeza —comentó Josh, alzando su vaso.

Los demás lo imitamos y brindamos antes de beber el primer trago de aquella cerveza con fuerte sabor a lúpulo.

—Bueno, Josh —dije, limpiándome el bigotillo de espuma—. Ponme al día, si es que aún te apetece.

El joven bebió otro trago largo antes de alzar su vaso una vez más.

—Por una experiencia que no deseo repetir. —Dio unos pequeños golpecitos en la mesa con las manos—. Como sabes, me llevaron a comisaría para interrogarme. Y yo, venga, ¿pero de qué vais? No tuve nada que ver con la muerte de Thad. Ni siquiera estaba cerca esa noche.

—Sí, nos separamos cuando la tienda se incendió —intervino Amy, arrimándose a él hasta que sus hombros se tocaron—, pero no tuvo tiempo material para venir corriendo, matar a Thad y luego ir a buscarme al parque.

—Eso fue lo que les dije. —Josh sacudió la cabeza—. Pero… sabían lo del puñal.

Ahogué un grito, igual que Daisy. George, que estaba un poco fuera de onda, trataba de ponerse al día mientras bebía cerveza.

—¿Qué es lo que sabían del puñal? —pregunté.

Josh alzó los hombros prácticamente hasta las orejas con gesto avergonzado.

—Acepté el reto de robar el puñal sin que me pillaran.

—¿El puñal del comedor?

Empecé a reordenar lo que sabía.

—El mismo. —Josh dibujó un círculo en la mesa con un dedo mojado—. Siempre andábamos con retos estúpidos. El que perdía invitaba a cerveza a los demás.

—Vale…, te llevaste el puñal. ¿Y qué pasó luego con él?

Josh me miró a los ojos y, pese a que busqué en ellos algún atisbo de falsedad, solo encontré franqueza.

—Se lo di a Thad. La otra parte del reto era devolverlo.

—¿La otra parte? —repetí—. ¿A quién se le ocurrió?

—A Wesley —contestaron Josh y Amy al mismo tiempo.