Capítulo quince
CAPÍTULO QUINCE
G eorge y Daisy se presentaron sobre las seis de la tarde y nos pusimos en marcha hacia el St. Aelred para participar en la visita guiada gótica. Mientras paseábamos por las calles, les conté cómo me había ido ese día en Hazelhurst House.
—Ojalá hubiera estado contigo —dijo Daisy con melancolía—. Me encantaría encontrar una habitación secreta.
—La aventura persigue a Molly allí donde va —comentó George, ahogando una risita.
—Eso parece —reconocí a regañadientes—. Creedme, yo no lo busco.
—¿Ya habéis averiguado la verdadera identidad de Selwyn Scott? —se interesó Daisy.
—Ni de lejos —contesté con un resoplido burlón—. Lo único que tenemos son piezas sueltas que no encajan entre ellas.
—¿Quiénes son los posibles autores? —preguntó George.
—Agatha Scott y sus hijos, Samuel y Frances Scott —respondí—. Vivían en Hazelhurst House cuando se escribió el libro.
—¿Y la letra de la carta que el autor envió al editor no sirve para identificarlo? —Quiso saber Daisy.
¿Cómo no se me había ocurrido?
—Pues claro. Hemos encontrado una página de Entre las ruinas , puedo compararla con eso. —Sentí la tentación de detenerme allí mismo y echar un vistazo a las fotos que les había hecho con el móvil para comprobarlo—. ¿Cuánto tiempo tenemos?
—No mucho —dijo Daisy—. Ahora mismo ya llegamos tarde.
Gruñí.
—Vale, ya lo haré luego. —Si no creyéramos que cabía la posibilidad de averiguar algo más sobre el asesinato de Thad, lo habría cancelado—.
Esa biblioteca es un auténtico tesoro —comenté mientras seguíamos nuestro camino—.
Ahora voy detrás de los contratos de venta de Thomas Marlowe para saber qué libros adquirieron en nuestra tienda. Otro proyecto paralelo de los míos.
—¿Tienen documentos de hace más de doscientos años? —George parecía maravillado—. Que me aspen, eso sí es increíble. Yo guardo los míos el tiempo que dice el gestor, pero, luego, adiós muy buenas, a la trituradora que van.
—Ya. —Me eché a reír—. Por lo visto, los Scott no son de tirar nada. Según lady Asha, el ático está a reventar.
—Ah, el ático… —murmuró Daisy—. Me encantaría husmear ahí arriba.
—Y a mí —confesé—, pero será mejor que me limite a la biblioteca hasta que acabe lo que me han encargado. Si no, me pasaré allí todo el invierno.
Lo cual tampoco sería una tortura, pero no quería poner a prueba la buena relación que tenía con lady Asha andando por en medio a todas horas.
La gente que se había apuntado a la visita guiada se había congregado en el interior del St. Aelred, junto a la puerta principal. Nos acercamos a los grupitos de dos y tres personas que esperaban a que empezara el recorrido.
Daisy me avisó con un pequeño codazo y, cuando me volví, vi que se acercaba Amy. La joven lucía un vestido largo y negro, chal y cofia. La acompañaba Josh, ataviado con un traje de estilo Victoriano. El joven llevaba un palo en cuyo extremo colgaba un farolillo.
—Me encantan los disfraces —comentó alguien.
Amy hizo una pequeña reverencia.
—Buenas tardes, señoras y caballeros. En nombre del Instituto de Literatura Gótica, permítanme darles la bienvenida al St. Aelred College, donde empezará nuestra visita guiada.
—Se levantó la falda unos centímetros para enseñarnos unas botas de cordones—.
Espero que lleven calzado adecuado, porque vamos a dar un buen paseo por la ciudad.
—Estamos listos —aseguró alguien—. Adelante.
—Acompáñenme —nos invitó Amy, dando media vuelta—. Nos encontramos en nuestra primera parada, el patio principal.
Nos condujo por el camino hasta el centro del césped, donde se alzaba un alto campanario. A medida que nos acercábamos, la campana empezó a sonar, tres sonoros tañidos que nos pusieron los pelos de punta.
—Qué suerte hemos tenido; hemos podido oír la campana del monje —comentó Amy una vez que el eco se acalló—. ¿O quizá no tanta? Dicen que su tañido anuncia una muerte.
Un escalofrío me recorrió la espalda. La había oído justo antes de que encontráramos a Thad tendido en la calle, herido de muerte. Daisy me dio otro codazo y enarcó las cejas. Ella también lo recordaba.
—Retrocedan conmigo al siglo XVI , al priorato de St. Aelred, fundado en 1291.
El rey Enrique VIII ocupa el trono y ha decidido suprimir hasta el último monasterio, orden y convento de Inglaterra.
Aquel que se negara a acatar el juramento de supremacía era ejecutado, de ahí nuestro querido monje sin cabeza.
—La gente rio por lo bajo, sabiendo que se refería al pub del lugar, el Headless Monk—.
El hermano Selwyn, un monje muy apreciado, fue una de las personas que se declaró en rebeldía y halló la muerte, pese a las muchas y buenas obras que hizo en la comunidad.
Dicen que la campana sonó tres veces en el momento de su muerte, lo que dio pie a la leyenda.
Me pregunté si el seudónimo de Selwyn Scott estaría inspirado en el valiente monje. Era una posibilidad, sobre todo dada la relación de la familia con la universidad.
Amy nos dejó un momento para que asimiláramos la historia y admiráramos el campanario antes de conducirnos hacia la puerta.
—Nuestra siguiente parada se encuentra en la preciosa capilla del King’s College, de estilo gótico perpendicular. Por el camino, buscaremos gárgolas.
El grupo salió por la puerta entre murmullos; el farol oscilante de Josh encabezaba la marcha. Nos detuvimos unos minutos en el St. John’s College para admirar las gárgolas de piedra que nos vigilaban desde lo alto.
—La palabra «gárgola» procede del francés gargouille , que significa «garganta» —nos informó Amy—, en clara referencia a la función que realizan, ya que alejan el agua de los edificios a través de sus bocas.
Sin embargo, la historia no acaba ahí, ya que también tenemos la leyenda de Gargouille, el dragón.
—Tras comprobar que todos le prestábamos atención, prosiguió—: La feroz bestia aterrorizaba a la población que vivía en las orillas del Sena, robándoles el ganado y alimentándose tanto de este como de personas.
Hasta que intervino san Román, quien usó su crucifijo para someter al dragón y conducirlo hasta Ruan, donde dieron muerte a la bestia y colocaron su cabeza en la iglesia a modo de advertencia.
De ahí que las gárgolas posean más de una función, pues alejan tanto la lluvia como a los malos espíritus.
—Hasta el momento es fascinante —comentó Daisy mientras avanzábamos.
—Desde luego. Amy lo hace muy bien. —Su seguridad y su estilo me tenían impresionada, así como sus profundos conocimientos.
George iba con la cabeza inclinada hacia atrás, en busca de más gárgolas.
—Mucha gente ni se molesta en mirar arriba y no saben lo que se pierden.
Con sus dos torres, multitud de agujas y profusión de vidrieras, la capilla del King’s College era uno de los edificios más espectaculares del Cambridge histórico.
Amy había concertado la visita para el grupo por adelantado y, cuando cruzamos las puertas en tropel, todos guardamos silencio, mudos de asombro.
Una de las bóvedas de abanico más increíbles del mundo se alzaba a casi veinticinco metros sobre nosotros, mientras doce vidrieras descomunales flanqueaban las paredes, rematadas en los extremos por ventanas incluso más grandes.
Amy nos señaló algunos elementos característicos de la arquitectura gótica y luego nos dejó pasear por el interior para que lo disfrutáramos a nuestro aire. Vi que Josh estaba solo, así que me acerqué a saludarlo.
—¿Qué tal, cómo estás? —dije. Tenía curiosidad por saber cómo había ido el interrogatorio con la policía.
No lo habían detenido, lo cual resultaba revelador, sobre todo en vista de la chaqueta que encontraron en su habitación.
Y también me preguntaba si Amy le habría contado que me había pedido ayuda.
—Tirando —contestó él con un suspiro—. Ir a la comisaría fue toda una experiencia, ya te digo.
Puso los ojos en blanco.
Amy se acercó y entrelazó un brazo con el de él.
—¿Y si vamos a tomar algo al Headless después de la visita? Así Josh te pone al día de todo. —Me lanzó una mirada significativa—. Molly también cree que te tendieron una trampa.
«No exactamente». Sí, cabía esa posibilidad, pero era mejor no descartar nada de momento.
—Me encantaría, aunque he venido con unos amigos —contesté en lugar de continuar con el tema—. Dejad que primero vea si tenían algún plan.
—¿Es gente maja? —preguntó Josh—. Que se vengan.
—Se lo diré, gracias.
Para tratarse de alguien sospechoso de asesinato, Josh parecía sorprendentemente relajado. ¿Señal de que tenía la conciencia tranquila o de que no sabía cómo funcionaba el mundo? En cualquier caso, no quería rechazar la invitación.
Amy le echó un vistazo al móvil que llevaba en el bolsillo de la falda.
—Hay que seguir.
Se alejó a grandes zancadas mientras daba palmadas para llamar la atención de todo el mundo.
Salimos de la capilla y regresamos a la calle.
—Siguiente parada: Little St. Mary’s Lane —anunció la joven—. El lugar más embrujado de Cambridge.
—Oh, esto pinta bien —dije.
Al final, las historias relacionadas con la zona que visitamos a continuación y con las que Amy amenizaba el recorrido resultaron ser la parte interesante, entre ellas la leyenda de una deidad canina, Black Shuck, que sirvió de inspiración a sir Conan Doyle para escribir El sabueso de los Baskerville .
Nos encontrábamos en un pasaje estrecho y diminuto, flanqueado de edificios, que desembocaba en un solar vallado lleno de árboles altos e invadido de hiedra.
El viento hizo estremecer las ramas y las hojas muertas salieron volando por el callejón.
—Ahí hay alguien —dijo Daisy tras lanzar un grito ahogado y agarrarme del brazo mientras señalaba algo a unos metros de nosotros.
Debajo de un árbol había alguien encapuchado, apenas discernible entre las sombras, y la atención con que nos observaba ponía los pelos de punta.
—Es el monje sin cabeza —bromeó George, que no se asustaba con facilidad—. Atención, gente, tenemos visita.