El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo catorce #2
57%

Capítulo catorce #2

Imaginé que debía de ser una vida muy solitaria para una persona tan joven y vital, sobre todo en las actuales circunstancias.

El señor Coates, con su zafiedad habitual, le preguntó acerca de sus perspectivas de matrimonio y del futuro de la propiedad.

Nos confesó que estaba prometida a un joven milanés al que unos asuntos lo habían retenido en otro lugar, si bien se le esperaba en cualquier momento.

La leve arruga que frunció su frente me indicó que tal vez el prometido no era de su agrado.

El señor Coates también se percató del gesto y vi la codicia en su mirada.

Estella no solo era hermosa e inteligente, también heredaría una fortuna.

Disimulé un suspiro tras mi copa de vino, rezando para no verme obligado a evitar que cometiera un desliz social imperdonable.

Tan pronto pretendía engañar a la heredera como echarle mano.

Decidí que, antes de aceptar otro encargo similar, pondría más esmero en indagar sobre la reputación de mi comprador.

No había dinero que compensara el hartazgo que producía la compañía prolongada de un hombre tan desagradable como el señor Coates.

Ni siquiera lo remediaba la oportunidad de contemplar una obra tan rara y única como Las divagaciones de un monje .

Hasta el momento, el tema del libro no había surgido en la conversación, por lo que decidí sacarlo a colación. Cuanto antes supiéramos si disponíamos de alguna oportunidad, antes podríamos abandonar esos parajes tan remotos.

— Signorina , como hemos mencionado, habíamos acordado una cita con su querido padre para hablar de negocios —dije con tacto—. Queríamos adquirir uno de sus libros.

Enarcó las cejas.

—¿Un libro? Mi padre poseía una magnífica colección. Verán, esa era su pasión: localizar y hacerse con ejemplares raros.

Aquello era prometedor.

—¿Sería posible visitar la biblioteca? —pregunté, desviando la atención de un libro en concreto—.

Verá, soy librero de profesión y mis clientes me han autorizado a realizar adquisiciones en su nombre.

—Reí con intención de relajar el ambiente—.

Todos amamos los libros y albergamos la oportunidad de atesorar ediciones raras.

—Mi padre habría disfrutado con su visita —declaró la joven, animándose—.

No había nada que le gustara más que hablar sobre su colección, y no solo sobre su historia y condiciones, sino también sobre su contenido.

—Enderezó la espalda con orgullo—. Era un hombre muy culto, al que muchos acudían en busca de opinión y consejos.

—Lamento no haber tenido la ocasión de conocerlo —dije con sinceridad—. Debió de ser un gran hombre.

Impaciente, el señor Coates se removió a mi lado.

—Una cosecha excelente, ¿no creen? —Me apresuré a añadir al ver que el hombre abría la boca con intención, sin duda, de urgir a Estella que nos llevara a la biblioteca—. ¿No le parece, señor Coates?

No podía permitir que echara a perder mis meticulosas negociaciones con sus comentarios irreflexivos. El hombre tenía la sutileza de un jabalí.

El señor Coates se quedó mirando su copa como si hubiera olvidado que la sujetaba entre sus dedos.

—Esto…, sí, señor Marlboro, excelente. Hacía siglos que no probaba un vino de tal calidad.

Me interesé por la gestión del viñedo y otros aspectos de la propiedad, preguntas encaminadas a lograr que nuestra anfitriona se sintiera a gusto. Luego, tras vaciar mi copa, la dejé en la mesa.

—¿Le parece un buen momento para visitar la biblioteca?

La joven se levantó de inmediato y se alisó las faldas.

—Por descontado. Por aquí, caballeros.

Cruzamos el vestíbulo y recorrimos otro pasillo hasta llegar a la biblioteca.

Se trataba también de un espacio de grandes dimensiones y proporciones equilibradas, con ventanas arqueadas que daban a un jardín formal.

Pese a tantos atractivos, las librerías secuestraron nuestra atención de inmediato.

Empotradas en hornacinas adornadas con columnas de madera, ocupaban las tres paredes restantes, interrumpidas únicamente por la chimenea.

Mis sentidos se agudizaron de inmediato y las aletas de la nariz temblaron ante el amado y familiar perfume a tinta, papel antiguo y piel de becerro. Un rápido vistazo a los lomos bastó para confirmar que en verdad se trataba de una colección selecta y espléndida.

—Podría pasarme meses aquí dentro —comenté. Aunque me apresuré a añadir—: Cosa que no pretendo hacer.

Estella se echó a reír.

—Como ya he dicho, a mi padre le habría gustado conocerlos. —Señaló las estanterías—. Según lo que habían hablado, ¿había algún título en particular en el que estuvieran interesados? Aún no he tenido ocasión de revisar su correspondencia.

—Todo a su debido tiempo —dije, tratando de servir de consuelo—. Imagino que habrá sido muy reciente.

Asintió con la cabeza.

—Apenas hace una semana. —Una nota de aflicción crispó sus bellas facciones—. Estaba aquí, en la biblioteca, cuando sufrió el ataque. Fue tan repentino que ni siquiera tuvo tiempo de pedir auxilio.

—Qué horror. No sabe cuánto lo siento.

¿Alguna dolencia del corazón, quizá? No es algo inusual en un hombre de mediana edad.

Estella cruzó la estancia en dirección a un amplio escritorio dispuesto a un lado de la chimenea.

—Estaba aquí sentado. —Señaló la silla, que estaba ladeada—. Leyendo ese libro. Aún no he tenido el ánimo de tocar nada.

La seguimos y nos acercamos al lugar en el que había fallecido el duque. El señor Coates, que iba un poco por delante de mí, ahogó un grito.

—Señor Coates —murmuré con tono de reproche. Hasta que mi mirada recayó en el libro que el duque había estado leyendo. Las divagaciones de un monje , también conocido como El manuscrito maldito .

Los rumores que había desechado sin prestarles el menor crédito acudieron a mi mente de inmediato. Muchos de sus dueños habían muerto tras hacerse con el libro. Y todo indicaba que el duque de Malvagio había pasado a formar parte de esa malhadada cofradía.