El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo catorce
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Capítulo catorce

CAPÍTULO CATORCE

O í que me llegaba un mensaje al móvil, una intrusión muy moderna en ese rincón tan evocador. Me senté en la cheslón para leerlo, lo que al instante levantó una nube de polvo. Uf. Me puse en pie de un respingo.

«¿Dónde estás?». Era Kieran.

«En una torre, en una habitación a la que se accede por la biblioteca».

«???».

¿Kieran no sabía nada de esa habitación? Empecé a contestarle cuando me di cuenta de que aquello era ridículo y lo llamé. —Molly, ¿a dónde has ido? Estoy en el cuarto y no te veo.

—Alguien me ha encerrado. No tenía cobertura, así que he intentado encontrar otra salida.

—Lo sé. A mi madre le llegó el mensaje.

—Ve al rincón del fondo, a la derecha, y mira detrás de la estantería.

Unos pasos y el ruido de algo siendo arrastrado me informaron de que Kieran seguía mis indicaciones.

—¿Por la escalera? —resonó su voz.

—Sí. ¿No sabías que esto existía?

—No. —Más pasos—. No nos dejaban entrar en el cuarto, por si destrozábamos algo. Tampoco es que nos apeteciera, por otro lado. Los documentos antiguos no nos decían nada.

Las pisadas se hicieron más audibles a medida que ascendía. Salí a esperarlo al descansillo y sonreí complacida mientras entornaba la puerta a mi espalda. Quería que experimentara el mismo asombro y la misma sorpresa que yo hacía unos momentos.

Apareció tras la última vuelta, con la cara alzada hacia mí.

—Ah, estás ahí.

—Aquí estoy. —No pude reprimir una risita de regocijo—. No sabía que ibas a pasarte hoy por aquí.

—Y no iba a hacerlo, pero tenía que entregar unas bicicletas en el pueblo y al final he decidido venir a verte.

—Pues me alegro. —Yo seguía delante de la puerta, que él señaló con gesto confuso—. Espera. Te va a encantar. —Me hice a un lado y la abrí—. ¡Tachán!

Kieran entró y volvió la cabeza hacia todos los lados mientras paseaba la mirada por la habitación.

—Vaya. Esto sí que es escapar al paso del tiempo.

—¿Verdad? —Me acerqué a la mesa con impaciencia—. Y adivina qué. —Cogí la página—. Del puño y letra de Selwyn Scott. Y creo que no es muy descabellado pensar que este era el cuarto donde escribía.

Se acercó.

—Es del otro libro. —Echó un vistazo en torno a él—. ¿Dónde está el resto?

—Aquí no.

La mesa no tenía cajones y no sabía en qué otro sitio podría ocultarse el manuscrito.

—Espero que no se deshicieran de él —dijo con la página aún en la mano. Señaló la chimenea—. O lo quemaran.

—Ojalá que no —contesté con voz quejosa. ¿Dónde podría estar el libro? Hazelhurst House era enorme y cabía la posibilidad de que no lo encontráramos nunca.

Kieran dejó la página en la mesa con cuidado, más o menos en el mismo sitio donde la encontré.

—Deberíamos documentarlo. Por si tenemos razón y Selwyn utilizó esta habitación.

—Buena idea. —Empecé a hacer fotos de todo—. Por cierto, ¿quién me habrá encerrado en el cuarto?

—Ah, sí, eso. Cuando he ido a abrir la puerta, la llave no estaba echada.

Bajé el móvil.

—Venga ya. Te prometo que sí lo estaba cuando yo lo he intentado. De hecho, primero se cerró de golpe. Pensé que había sido una corriente de aire. —Se me ocurrió algo—. ¿Estaba la llave en la cerradura?

Kieran abrió mucho los ojos.

—Pues ahora que lo dices, sí. He supuesto que mi madre la había dejado puesta.

Podría ser, lo cierto era que no me había fijado.

—¿Y los encargados de la limpieza?

Tal vez habían echado la llave y luego, al darse cuenta de que yo estaba dentro, habían vuelto a abrirla.

Se encogió de hombros.

—A lo mejor. Ya se han ido; si no, les preguntaría.

Cuanto más lo pensaba, menos me cuadraba que hubieran sido ellos.

Para empezar, la luz del cuarto estaba encendida, algo de lo que se habría percatado cualquiera.

¿Me había dejado arrastrar por el pánico y me había convencido a mí misma de que la llave estaba echada?

Quizá la puerta soliera quedarse atrancada.

—Seguramente ha sido cosa mía —murmuré—. He estado leyendo demasiadas novelas de terror. ¿Qué debe de pensar tu madre de mí?

Kieran me dio unas palmaditas en el hombro.

—No te preocupes por eso. —Señaló a su alrededor—. Además, ha tenido un final feliz: hemos encontrado la guarida de Selwyn Scott. O es lo que pensamos.

—Cierto. —Me dirigí a la puerta con renovado entusiasmo—. Qué ganas de enseñarle las fotos a tu madre. Ah, ¿y sabes qué? Hemos descubierto algunos relatos de Selwyn entre los penny dreadfuls que hemos rescatado del arcón.

—Genial. Tienes que enseñármelos. —Encendió la linterna del móvil y se puso delante de mí para bajar la escalera.

Mientras lo seguía, tomé una decisión: la próxima vez que estuviera trabajando a solas en el cuarto, apuntalaría la puerta con una silla para que no se cerrara. No sabía si lo había imaginado todo, pero no quería volver a experimentar esa sensación de estar atrapada e indefensa.

Tras una larga y productiva tarde dedicada a catalogar libros, llegué a la librería a la hora del té.

Después de poner a mi madre y a mi tía al día sobre los nuevos hallazgos, además de la emocionante idea de lady Asha acerca de reimprimir la obra de Selwyn Scott, nos dispusimos a leer otro capítulo de El manuscrito maldito .

En esta ocasión fue mi madre quien hizo los honores.

Yo saboreaba mi té y escuchaba, transportada a la Italia del siglo XIX , donde los personajes principales acababan de recibir la noticia del fallecimiento del duque de Malvagio.

El manuscrito maldito (continuación)

—¿Cómo que ya no está con nosotros? ¿Quiere decir que ha fallecido? —gritó prácticamente el señor Coates, preso de la frustración, mientras apretaba los puños—. He hecho el viaje hasta aquí… No puede haber muerto.

Consternado, me percaté de que su semblante se tornaba de un tono carmesí que no auguraba nada bueno, como si estuviera a punto de sucumbir a una apoplejía.

—Señor, contrólese —le pedí, agarrándolo por el brazo para solicitarle contención—.

Esta joven llora a su padre. —La saludé con una reverencia y añadí, dirigiéndome a ella—: Lo lamento profundamente, signorina ; por favor, acepte nuestras condolencias.

Hemos venido desde muy lejos para ver a su estimado padre por motivo de negocios.

¿Sería posible tratar el asunto con usted?

La joven asintió con la cabeza.

—Pasen, por favor —dijo después de mirar al señor Coates con gesto cauto—. Deben de estar agotados tras un viaje tan largo.

—Se atraen más moscas con miel que con hiel —le susurré a mi acompañante mientras seguíamos a la joven al interior de la casa.

El hombre me lanzó una mirada asesina, pero se abstuvo de discutir.

Entramos en un magnífico vestíbulo de suelos de mármol del que partían una escalera imponente y varias galerías abovedadas.

Unos cuadros de marcos dorados y tapices antiguos cubrían las paredes junto con una colección de armas medievales.

Nuestra anfitriona nos acompañó hasta un salón por una de dichas galerías.

Varios muebles de gran elegancia se repartían por la estancia, sobre alfombras orientales de valor incalculable.

—Les traeré un refrigerio —dijo con su voz cantarina—. Por favor, pónganse cómodos.

Abandonó la habitación con paso majestuoso y nos sentamos en el borde de un sofá, cerca de la chimenea, a esperar.

El señor Coates paseó la mirada por la estancia, haciendo inventario.

—Un lugar espléndido —comentó—. El mobiliario es de un lujo y una exquisitez inauditos.

—Desde luego. —Me aclaré la garganta—. Creo que deberíamos partir en cuanto nos lo permita la buena educación.

No cabe duda de que la visita ha resultado ser una verdadera decepción, pero quizá podamos resarcirnos con una breve visita a París, donde con toda seguridad encontraremos un presente que esté a la altura de su tío.

El señor Coates frunció el ceño.

—Ni hablar. ¿Quién dice que no podamos adquirir aún ese libro? —Se volvió hacia mí con mirada astuta—. Tal vez consigamos un precio más ventajoso con la joven.

Me sentí ofendido, pues me enorgullezco de conducirme con honradez en los negocios. No despreciaba las buenas oportunidades, hacerlo sería de necios, pero me negaba a participar en transacciones deshonestas.

—Debemos pagar el precio acordado. Aprovecharse de una joven durante su luto sería algo deleznable. —Viendo que no parecía muy convencido, añadí—: Además, tal comportamiento sería una vergüenza para su tío. ¿Acaso cree que le contentaría saber que ha regateado para obtener su presente?

El ceño persistió, pero comprendí que aceptaba mi razonamiento.

—Puede que una oferta generosa aligere el trato.

—Ahora nos entendemos —aprobé con entusiasmo—. Tenga por seguro que, en lo que a mí respecta, ansío volver a casa.

Pensé en mi pequeña librería con añoranza, en los días de paseos entre las estanterías sintiéndome colmado de dicha y satisfacción. El tormento que había supuesto ese viaje al extranjero había aplacado las ansias por conocer mundo que en alguna ocasión me habían asaltado.

La joven entró de nuevo con paso majestuoso, acompañada por un criado al que indicó que colocara la bandeja que llevaba en una mesita que teníamos cerca. La bandeja soportaba el peso de dos jarras, una de agua y otra de vino.

—Primero, agua, gracias; luego, vino —dije cuando la joven me miró. El polvoriento paseo a caballo hasta allí me había dejado sediento.

El señor Coates pidió lo mismo y charlamos sobre temas banales mientras paladeábamos una de las excelentes cosechas del viñedo de la villa. La joven se llamaba Estella Vitucci, según nos informó, y era la única heredera de Octavius Vitucci, el duque de Malvagio.