Capítulo trece #2
—Habría que contratar a alguien que te echara una mano —dijo lady Asha, que seguía leyendo Terror en la cripta —. Cada vez tienes más trabajo de catalogación.
—Y no solo de catalogación, puede que también valiera la pena digitalizar algunos de estos. —Le di unas palmaditas a la pila—. Seguro que serían un magnífico trabajo de carrera. Y luego podrían donarlos o conservar los originales.
—Donarlos —decidió lady Asha—. Salvo los de Selwyn. Discúlpame un momento.
Salió del cuarto con el penny dreadful en la mano.
Yo habría hecho lo mismo. El estilo de Selwyn era absorbente.
Continué ordenando las publicaciones, obligándome a no detenerme a hojearlas.
En cuanto a las revistas antiguas, mis secciones preferidas eran las de anuncios, que decían mucho acerca del comportamiento social de la época, y las de moda, con sus ilustraciones, y sabía que, si comenzaba a mirarlas, no saldría de allí en horas.
Cuando terminé, llevé a la biblioteca la media docena de penny dreadfuls que contenían un relato de Selwyn Scott y dejé los demás en pilas ordenadas. De momento, allí estaban bien. Coloqué las publicaciones en la mesa, al lado de mi portátil.
Lady Asha seguía leyendo.
—Perdona, Molly —musitó—. Ya casi he acabado.
—No pasa nada. Querría pedirle algo. —Cuando levantó la vista, proseguí—: Me gustaría repasar las facturas y los libros de cuentas para buscar cualquier transacción relacionada con Thomas Marlowe.
Me gustaría ver si existe algún vínculo entre Selwyn y la librería.
El personaje principal de El manuscrito maldito es un librero llamado Marlboro, que se parece mucho a Marlowe.
—La verdad es que sí. —Asintió—. Adelante, mira lo que te apetezca. Disculpa que me desentienda —añadió con una sonrisa contrita.
—No pasa nada —insistí—, me encanta rebuscar entre documentos antiguos.
—Iré a preparar la cena —dijo cuando regresé a la cueva—. Envíame un mensaje si necesitas algo.
Me di unas palmaditas en el bolsillo para confirmar que llevaba el móvil.
—Vale —contesté.
Los libros de cuentas estaban en su propia sección, junto con cajas que contenían recibos y facturas. Si algunas correspondían a libros, podríamos reconstruir cuándo se sumaron dichas adquisiciones a la biblioteca de Hazelhurst House.
La mesita y la silla que había en el cuarto me hicieron sospechar que quizá en algún momento había hecho las veces de despacho.
Después de encontrar los libros de cuentas correspondientes a las fechas deseadas, me senté con ellos y las cajas de recibos.
Mi plan era echar un vistazo rápido a las entradas y luego cotejarlas con la documentación correspondiente si conseguía dar con ella.
Los recibos, escritos con la caligrafía elaborada de la época, estaban bastante desvaídos.
Dicho de otra manera, eran difíciles de descifrar.
Los libros de cuentas contenían registros relacionados con la propiedad, tanto de ingresos como de gastos. Ventas de ganado. Pago de salarios. Eran fascinantes de por sí, una instantánea del día a día de entonces.
De pronto, se me detuvo el corazón. Ahí estaba, Thomas Marlowe, y una cantidad.
Alguien les había comprado un libro a mis antepasados.
En lugar de pararme a buscar el recibo correspondiente, decidí hacerle una foto.
Ya los buscaría cuando tuviera unos cuantos.
Puede que incluso hubieran anotado un «Vendido a».
La puerta que separaba el cuarto de la biblioteca se cerró de golpe y di un respingo. ¿Una corriente de aire? Eran bastante habituales en esas casas tan antiguas.
No me gustaba que estuviera cerrada, así que me levanté a abrirla.
Giré el picaporte varias veces, pero la puerta continuó igual. Insistí y tiré con todas mis fuerzas. Nada. ¿Me había quedado encerrada? ¿Cómo era posible? Para eso se necesitaba una llave.
Molesta y desconcertada, me acerqué a la mesa y cogí el móvil. Lo miré perpleja. No había cobertura. «Lo que me faltaba».
Me paseé por el cuarto con el teléfono en alto tratando de encontrar una señal. Nada de nada. Aun así, envié un mensaje. «Encerrada en el cuarto. Necesito ayuda».
Enviando…, enviando. Frustrada, salí de la aplicación con un gruñido. Tarde o temprano, lady Asha vendría a buscarme. ¿No? Con suerte, antes de que muriera de inanición.
Paseando por el rincón del fondo, de pronto atisbé otra puerta, detrás de una estantería que estaba un poco separada de la pared.
«¡Hombre!». Podía salir por allí. No necesitaba que me rescataran.
Me colé en el hueco y eché un vistazo para ver hacia qué lado se abría. Hacia fuera, lo que significaba que no tendría que mover la estantería. La siguiente prueba: ¿esa también estaría cerrada con llave?
Giré el picaporte y me vi recompensada cuando la puerta se abrió sin problemas, dejando escapar una ráfaga de aire frío y estancado. Di un cuidadoso paso hacia la oscuridad mientras encendía la linterna del móvil.
Ante mí aparecieron los peldaños de una escalera de caracol que se dirigía hacia arriba.
El corazón me dio un vuelco. Había leído muchos libros en los que aparecían mansiones misteriosas llenas de secretos y me encantaba explorar. ¿Qué encontraría al final de la escalera?
En circunstancias normales, no me pondría a fisgonear yendo yo sola, claro está, y menos sin permiso de la familia, pero en esos momentos no tenía alternativa. Bueno, aparte de esperar en el cuarto a que alguien abriera la puerta.
«Ni hablar». Crucé el umbral y eché un vistazo a los escalones.
Estaban tallados en piedra y parecían hallarse en bastante buen estado.
Repasé mi mapa mental de la casa y deduje que debían de conducir a una de las torres que formaban parte del primer edificio.
Como muchas construcciones de la época, en sus orígenes, la casa había sido una torre del homenaje de piedra a la que, con el tiempo, habían ido añadiéndose alas.
Sujetando el teléfono delante de mí, ascendí los escalones despacio. Poco después, me topé con una sección de la pared con forma de arco que estaba tapiada y supuse que antes había sido una ventana.
Proseguí mi camino, abriéndome paso entre la oscuridad ayudada de la lucecita. Los escalones acababan en una puerta alta y estrecha de madera, arqueada igual que el hueco de la ventana. Se me aceleró el pulso. ¿Qué habría detrás?
Si estuviera en una novela gótica, se trataría de algo que helaría la sangre. O una maldición caería sobre mí en cuanto pusiera un pie dentro. Por suerte, era Molly Kimball, una librera que vivía en el siglo XXI .
Giré el picaporte.
La luz se colaba por dos ventanas e inundaba una pequeña habitación circular, amueblada con una mesa de patas labradas y una silla a juego, y una cheslón de terciopelo verde.
Encima de la mesa había una escribanía dorada de metal repujado y una página manuscrita, que descansaba sobre el vade de cuero.
¿Quién había usado esa habitación, con las preciosas vistas de la campiña, como su rincón de escritura? Lo primero que pensé fue que era el sitio perfecto donde dedicarse a componer novelas.
Conteniendo la respiración, me acerqué a la mesa y cogí la página. «Entre las ruinas, Capítulo doce». A continuación, venía el texto, tachado en algunos lugares o añadido al margen.
Estaba casi segura de que Selwyn Scott había trabajado en esa habitación. ¿Contendría pistas acerca de la verdadera identidad del autor?