Capítulo doce
CAPÍTULO DOCE
D espués de un frío paseo hasta la librería, me alegré de ver que las luces seguían encendidas. Decidí que le haría compañía un rato a quien estuviera levantada y me relajaría. Puede que me preparara un sándwich, dado que aún no había cenado.
Tía Violet estaba sentada en el sillón de la cocina, tejiendo algo color verde musgo que tenía aspecto de ser suave. Los dos gatos se aovillaban cerca de la cocina AGA , que desprendía un calorcito reconfortante.
—Hola, querida. ¿Qué tal la salida?
Mientras me desenrollaba la bufanda y me desabotonaba el abrigo, me pregunté por dónde empezar.
—¿Tienes un rato? Porque han pasado muchas cosas. Aunque había mantenido a mi tía y a mi madre al día, no habíamos tenido la oportunidad de hablar largo y tendido de verdad.
—Todo el tiempo que quieras. —Tía Violet dejó el punto y se subió las gafas—. Tengo entendido que sir Jon también se ha involucrado en el asunto. —Sonrió—. Ese bribón siempre anda metido en algo.
Puse agua a hervir.
—Ya lo creo. Y Sean Ryan.
Mi madre asomó por la puerta, vestida con la bata de estar por casa y en pantuflas.
—Me ha parecido oír voces.
—Di la verdad, mamá —bromeé—, ha sido oír «Sean Ryan» y faltarte tiempo para bajar.
—Ay, no digas bobadas. —Se acercó al armario y sacó una lata—. ¿Galletas? —Abrió la caja y me la tendió.
Le di un mordisco al mantecoso dulce, que se desmigajaba con facilidad.
—¿A quién le apetece un cacao?
Poco después, cada una sostenía una taza en la mano y la lata había circulado un par de veces.
Les conté lo que había ocurrido esa noche y luego hice un resumen de todo lo que había sucedido hasta el momento, desde el asesinato hasta el incidente de caza en Escocia y el robo de El manuscrito maldito .
—Madre mía, sí que han pasado cosas en pocos días —comentó tía Violet abriendo mucho los ojos tras los cristales de las gafas—. Bueno, salvo lo del accidente de caza, claro. Aunque yo diría que está relacionado, ¿no creéis?
—Hay muchas posibilidades. —Cogí el teléfono y busqué la foto de la tarjeta de visita de Reginald Dubold—. ¿Lo conoces? Thad Devine tenía su tarjeta.
—Es un tipo de poco fiar —dijo tía Violet con resentimiento—.
Casi me la cuela una vez, después de que muriera tu tío Tom, que era quien se encargaba de gran parte de las ventas más valiosas.
Reginald quiso venderme algo de procedencia dudosa.
Por suerte, sir Jon, que por entonces actuaba como mi consejero, impidió que cometiera un grave error.
—Entonces estará en la lista de sir Jon. —Quizá Reginald fuera una parada obligada en la investigación del manuscrito robado—. No sé por qué Thad tenía su tarjeta. Será que no hay distribuidores de libros respetables en Cambridge, nosotras incluidas.
—Sabe lo que se hace —aseguró tía Violet—. Además, puede que la transacción de Thad fuera totalmente legal. No todos los negocios de Reginald son sucios. Si no, estaría en la cárcel.
Pese a las galletas, me rugían las tripas. Me levanté y me preparé un sándwich de jamón y queso con pan casero, mayonesa y mostaza y unos pepinillos de acompañamiento.
—¿Qué tal va el trabajo de catalogación? —preguntó tía Violet.
—Bastante bien —contesté entre bocados—. Ahora que por fin he empezado. Ah, por cierto, se me había olvidado comentaros un notición emocionante: Selwyn Scott escribió otro libro.
Les conté cómo había encontrado la referencia a Entre las ruinas y que Kieran y yo íbamos a investigarlo. Le había enviado un mensaje y parecía entusiasmado.
—Menudo hallazgo si dais con él —dijo mi madre con la mirada brillante—. Qué ganas de leerlo.
—Yo también. —Esperaba que algún día tuviéramos la oportunidad de hacerlo—. Hablando de Selwyn Scott, ¿os apetece que os lea un poco antes de ir a dormir?
Las dos asintieron, así que, después de subir corriendo a buscar el libro y resumirles lo que había ocurrido hasta el momento, empecé.
El manuscrito maldito (continuación)
Atravesar las montañas del norte de Turín pronto se convirtió en la parte más ardua de nuestro viaje en pos de la adquisición de Las divagaciones de un monje .
Los caminos eran estrechos, pedregosos y, en algunos lugares, casi inexistentes.
A un lado se alzaban laderas escarpadas; al otro, se abrían precipicios que desembocaban en valles.
En comparación, cruzar Francia en carruaje hasta Italia parecía el culmen de la confortabilidad, pese a los días interminables y las noches de escaso descanso.
Para mi decepción, solo permanecimos un día en París, si bien le arranqué la promesa al señor Coates de que nos detendríamos allí en el trayecto de vuelta.
Alimenté su codicia insinuando que quizá podríamos hacernos con más libros de la biblioteca del noble y venderlos en París para amortizar los gastos de nuestro periplo.
Como era de suponer, la intimidad obligada como compañeros de viaje no había mejorado mi parecer respecto al señor Coates.
Era un hombre grosero y exigente que trataba a posaderos, cocheros, criadas y mozos con absoluto desdén, como si ya fuera el conde de Mercia, aunque debo decir que, partiendo de mi experiencia, las personas de conducta verdaderamente noble se muestran deferentes con todo el mundo.
Me vi obligado a mitigar su deplorable comportamiento con propinas que procedían de mis escasos recursos.
El hombre no alcanzaba a comprender que dependíamos de esos a los que consideraba inferiores y que nuestras vidas se encontraban en sus manos.
Como ocurría en ese momento, por ejemplo, mientras los caballos trataban de salvar el desfiladero. Solo la pericia del cochero nos mantuvo a salvo y evitó que el carruaje abandonara el traicionero camino.
Finalmente, alcanzamos la cima y el cochero se detuvo.
—Ahí tienen su destino —anunció, señalándolo con la fusta—. Malvagio. Llegaremos al pueblo antes del anochecer.
Malvagio no era más que un grupo de casas distribuidas alrededor del campanario de la iglesia y una villa de grandes dimensiones que se situaba a las afueras, en lo alto de un promontorio.
Las ruinas próximas a la villa debían corresponder al antiguo monasterio, en el que vivieron los monjes de clausura que escribieron el libro que nos había llevado hasta allí.
Habíamos visto muchos pueblos similares durante nuestro viaje.
Aunque remotos y alejados de cualquier vía de comunicación, eran pintorescos a su manera.
Tal vez se tratara de mi imaginación, afectado como estaba por el agotamiento y la tensión, pero me asaltó un mal presentimiento al ver nuestro destino, si bien no existía ningún motivo que, a simple vista, justificara tal inquietud.
Como ya he dicho, Malvagio no se distinguía de otros tantos pueblecitos italianos.
En ese caso, ¿por qué cuando el cochero azuzó a los caballos y el carruaje comenzó a descender me invadió una abrumadora sensación de temor? Era como si algo oscuro y monstruoso acechara tras el sol y los cielos despejados, tras aquellos tejados rojos que asomaban en las verdes estribaciones.
Para cuando entramos en la plaza del pueblo, donde una fuente borboteaba y los ancianos se sentaban a charlar, me había convencido de que todo había sido fruto de una imaginación exaltada.
En la plaza se respiraba un aire tranquilo y hogareño, donde las mujeres llevaban cestas con pan y otros productos o tendían la colada.
Los niños gritaban y corrían, y sus voces agudas resonaban entre las estrechas calles.
El carruaje se detuvo frente a una posada. El señor Coates esperaba que el duque nos ofreciera alojarnos en la villa, pero, por si acaso, habíamos reservado unas habitaciones en aquel establecimiento, sito en un edificio de aspecto encantador, con ventanas que daban a la plaza.
El cochero descargó nuestro equipaje mientras un hombre alto y desgarbado salía para hacerse cargo de las maletas. Se las colocó bajo los brazos y se las llevó dentro sin mediar palabra.
—Espero que volvamos a verlas —bromeó Coates. Se volvió hacia el cochero—. Gracias por su servicio. ¿Nos permite ofrecerle una cena y una habitación para pasar la noche? —Coates hablaba un italiano tosco, igual que el mío. Suficiente para entenderse.
—Será mejor que me ponga en camino —contestó el hombre, negando con la cabeza y mirando al cielo—. La oscuridad pronto caerá sobre nosotros y quiero cruzar el desfiladero.
Tras tocarse el sombrero y despedirse con una reverencia, volvió a sentarse en el pescante y poco después oímos los cascos de los caballos alejándose por el empedrado. Sin poder evitarlo, pensé que allí iba toda nuestra conexión con el mundo exterior.
Cansados, subimos los escalones de la entrada de la posada y accedimos al vestíbulo, donde un caballero bizco nos esperaba sentado tras el gran mostrador de recepción.
—Buenas tardes. ¿ Signore Coates y signore… Marlboro?
—Los mismos —contestó el señor Coates. Se acercó al mostrador y nos registró. Una vez zanjado el asunto, dijo—: Querríamos asearnos y luego hacer una visita al duque. ¿Cómo nos recomienda desplazarnos hasta la villa?
Al posadero casi se le cae la pluma.
—¿El duque? ¿Qué tratos tiene con él?
El señor Coates frunció el ceño.
—Eso no es de su incumbencia, mi buen señor. —Dio un golpecito en el mostrador—. Le ruego que responda a mi pregunta.
El hombre miró a todas partes indeciso.
—Deberá ir a pie —dijo al fin—. No encontrará coche ni carruaje que lo lleve. Al menos en este pueblo.
Mi acompañante lo miró boquiabierto y debo confesar que la aseveración del posadero me dejó igual de atónito.
¿Qué motivos tendría la gente del lugar para negarse a llevarnos a la villa?
Era probable que, como una suerte de señor feudal, el duque esperara cierta deferencia de los aldeanos hacia sus invitados.
—No siempre ha sido así —se apresuró a añadir el hombre como si adivinara mis pensamientos. De nuevo, miró a todas partes—. Solo de un tiempo a esta parte, tras los recientes sucesos.
—Este asunto ha tomado un cariz inesperado —comentó el señor Coates, dirigiéndose a mí—. Tal vez podamos encontrar unas monturas. —Se volvió de nuevo hacia el hombre—. ¿Hay algún establo donde alquilar unos caballos?
El posadero asintió.
—Así es. Les indicaré dónde cuando se dispongan a partir.
Pese a lo cansados y sucios que estábamos del viaje, enseguida nos pusimos en camino una vez más, tras asearnos y cambiarnos de atuendo.
No nos costó encontrar el establo, donde nos proporcionaron dos buenos corceles.
El señor Coates, más astuto de lo que yo creía, les dijo a los mozos de cuadra que íbamos a dar un paseo por el campo.
No mencionó ni la villa ni el propósito que nos había llevado hasta allí.
—¿No le parece extraño que los aldeanos teman de esa manera a su patrón? —le pregunté mientras los caballos avanzaban por el polvoriento camino que se adentraba en la campiña.
El señor Coates se encogió de hombros.
—Tal vez sea un señor severo. Lo cual no es de nuestra incumbencia. Tengo la intención de adquirir el libro y partir por la mañana. No ganamos nada demorándonos. —Al cabo de un momento, añadió—: A menos que disponga de otros volúmenes interesantes que considerar, como usted sugirió.
—No lo sabremos hasta que le preguntemos.
Noté que mi ánimo mejoraba ante la idea de que el duque quizá poseyera más joyas procedentes de la biblioteca del monasterio.
Tales órdenes religiosas a menudo atesoraban colecciones maravillosas que solían contener manuscritos iluminados antiguos y ejemplares raros y arcanos.
A la luz de esa posibilidad, había ido con la idea de hacer adquisiciones.
Semejantes oportunidades no se presentaban muy a menudo.
El camino, flanqueado de arbustos floridos y hierbas aromáticas de fragancias familiares, aunque imposibles de identificar para mis sentidos poco adiestrados, serpenteaba por la ladera de la montaña y ofrecía vistas del valle y de las cumbres que lo rodeaban.
El señor Coates parecía ciego a la belleza que nos envolvía, pues no apartaba la mirada de la ruta y azuzaba a su montura cada vez que la pobre bestia vacilaba.
—Menudos andurriales —comentó con tono de burla—. ¿Habrá algo más primitivo? —Señaló el pueblo, que se apiñaba a sus pies—. ¿Ha visto cómo nos miraban todos? —Sacó pecho, ufano—. No están acostumbrados a ver personas refinadas, eso es obvio.
Me mordí la lengua, pues no deseaba revelar que el lugar me resultaba encantador, pese a su rusticidad. La gente era amable, si bien reservada, y estaba ansioso por comprobar si la cocina italiana hacía honor a su fama. Un plato sencillo preparado con amor decía mucho de un lugar.
El camino finalmente detuvo su ascenso y avanzamos hacia la villa por una alameda de alargados cipreses. La propiedad estaba rodeada de muros y se accedía a ella a través de una alta verja de hierro, que estaba abierta.
Una vez dentro, desmontamos y contemplamos la elegante mansión de varios pisos de altura, con ventanas de medio punto, puertas dobles tachonadas de clavos y una torre en un extremo. Las paredes lucían el estuco de color claro tan habitual en esa región, que contrastaba con las tejas rojas.
La gravilla del patio delantero crujió bajo nuestros pies. Todo estaba en calma y en silencio; solo se oía el rumor de una fuente cercana.
Ni Coates ni yo dijimos nada mientras ascendíamos los escalones anchos y cortos que conducían a la puerta principal. A un lado colgaba una cuerda, de la que mi acompañante tiró con fuerza, y una campanita sonó a lo lejos.
Tiró de nuevo y esta vez la campana repicó.
Ambos empezábamos a inquietarnos ante la falta de respuesta cuando, por fin, la puerta se abrió con un chirrido. Una joven de cabello largo y oscuro y ataviada con un vestido blanco vaporoso apareció en el umbral.
—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó en el dialecto local.
Pese a la tosquedad de la lengua que había empleado, la joven tenía algo que delataba su buena educación. No se trataba de una criada.
El señor Coates se quitó el sombrero e hizo una profunda reverencia.
—Hemos venido a ver al duque. Tenemos una cita. Somos el señor Coates y el señor Marlboro.
La joven se llevó una mano a la boca y abrió mucho los ojos, vidriosos de pronto.
—Lamento mucho tener que decirles esto, pero el duque, mi padre, ya no está con nosotros.