Capítulo once #2
A petición de Amy, nos decidimos por unos gin-tonics y luego nos acomodamos en el reservado. Wesley podía acercar una silla cuando volviera con las bebidas. Amy fue a ayudarlo.
—¿En qué andas? —me preguntó Oliver—. ¿Algún avance con lo del misterio de Selwyn Scott? —En contraste con su vitalidad y su carisma habituales, parecía cansado, casi deprimido—. Encantado de volver a verte —añadió, saludando a Daisy con un gesto de la cabeza.
—Puede que sí —contesté—. He encontrado varias de las cartas que le envió a su editor en la colección del St. Aelred.
Aunque esa no es la verdadera noticia de la noche.
—Amy y Wesley estaban ocupados en la barra, así que me apresuré a decir—: La policía se ha llevado a Josh a la comisaría para interrogarlo. También han registrado su habitación.
Y lo dejé ahí; no quería hablar de la chaqueta, ya que era probable que se tratara de una prueba clave.
Se echó hacia atrás.
—¿Qué? ¡No!
—Me temo que sí. Después de eso, le hemos hecho compañía a Amy, que estaba bastante afectada, y luego Wesley nos ha invitado a una copa. Así que aquí estamos.
Oliver clavó los ojos en su jarra, con el ceño fruncido.
—No puedo creer que Josh… Sí, desde luego tiene carácter cuando se mosquea…, pero aun así…
—¿Sabes lo del accidente del pabellón de caza de hace un par de meses? —pregunté—. A Thad casi lo alcanza una bala perdida.
Oliver parecía no dar crédito.
—No. ¿Qué pabellón de caza?
—El de su familia. Salió en los periódicos —dije, abriendo el artículo que había guardado en el móvil y enseñándoselo.
Le echó un vistazo por encima y creí ver un destello en sus ojos cuando leyó algo. No sabía muy bien cómo preguntarle acerca de su reacción, pero, al final, me lancé.
—¿Hay algo que te haya llamado la atención del accidente?
Negó con la cabeza mientras me devolvía el teléfono.
—No es nada.
—¿Qué?
Si hubiera tenido más confianza con él, lo habría agarrado por el suéter y lo habría zarandeado hasta que lo soltara.
Se pasó una mano por el pelo, un gesto que me recordó a Kieran.
—El pabellón de caza está muy cerca de Edimburgo, donde asistí a una conferencia el mismo fin de semana, en la que hablé de «La ambientación en la novela inglesa». Me ha sorprendido la coincidencia, nada más.
Amy y Wesley seguían en la barra, así que aproveché para preguntarle por el robo en Hazelhurst House.
—¿Hay alguna novedad sobre el manuscrito?
Torció el gesto.
—No, y no sabes lo mal que me siento por lo que ha pasado. Como se suele decir, el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Sophie también se siente fatal.
—¿Sophie? ¿Y por qué?
—Porque fue idea suya. Se le ocurrió la noche anterior, mientras hablábamos de los actos que había programados. —Se encogió de hombros—. Por descontado, ella no tiene la culpa de nada. La culpa la tengo yo por convencer a Kieran y a tía Asha de que lo expusieran.
Parecía incluso más abatido que antes y me arrepentí de haber sacado el tema.
En cualquier caso, lo que acababa de contarme abría nuevas posibilidades. ¿Y si Sophie Verona estaba detrás del robo? Si fuera así, el desarrollo de los acontecimientos eliminaría a Thad de la ecuación, aunque Sophie podría haber hablado del manuscrito con él antes de su muerte.
—¿De quién fue la idea de que dieras la charla en Hazelhurst? —Quise saber, consciente de que mi pregunta rozaba la leve insinuación de que el crimen había sido premeditado.
Oliver captó de inmediato por dónde iba y entrecerró los ojos con cara de sospecha.
—No estoy seguro. —Bebió un sorbo sin dejar de mirarme—. Fue una de esas cosas que surgen así de pronto.
—Hablando de cosas más agradables —dije, cambiando rápidamente de tema—, he encontrado una mención a otro manuscrito de Selwyn Scott en una carta que este le envió al editor. ¿Cómo se titulaba, Daisy?
— Entre las ruinas —contestó mi amiga, dándole un énfasis dramático—. A mí me suena a otra novela gótica.
A Oliver se le iluminó la mirada.
—No sabía que hubiera un segundo libro. Qué maravilla. —Ahogó una risita—. Qué descuido por mi parte no haber leído las cartas de Selwyn. Supongo que los Scott no le hemos dado la importancia que se merece.
Yo buscaba y apreciaba profundamente toda la información que pudiera encontrar sobre mis antepasados, pero que no todo el mundo era igual.
—Aquí están.
Amy y Wesley llegaron junto a la mesa con las bebidas y Amy dejó una delante de mí antes de sentarse al lado de Oliver. Wesley le dio a Daisy la suya y buscó una silla.
—Por tiempos mejores. —La joven levantó su copa y todos brindamos con ella.
A continuación, se llevó la mano al bolsillo para sacar el teléfono, que había lanzado un zumbido—.
Y ya los tenemos aquí. Han soltado a Josh y ha vuelto a la universidad.
No lo han detenido, pero se ha buscado un buen abogado.
—Eso sí que es una buena noticia —comenté con alivio. Al menos así disponía de más tiempo antes de que lo detuvieran de manera formal. Pese a la chaqueta, dudaba que Josh fuera culpable y parecía que la policía pensaba lo mismo.
—Tengo que irme. —Amy apuró su copa en tres tragos—. Para que después hablen de cómo se debe saborear un gin-tonic de calidad.
—Yo también —se sumó Wesley entre trago y trago de cerveza—. A ver qué se cuenta.
A mí también me gustaría oírlo, pero no había una manera elegante de invitarse a una misma.
—Dale recuerdos de nuestra parte —dije—. Espero que nos veamos pronto.
—Claro, no te preocupes. —Amy salió del reservado—. ¿Estáis apuntadas a la visita gótica de mañana por la noche? Soy una de las guías voluntarias.
—Mi amigo George lo mencionó. Me encantaría ir.
—Y a mí —afirmó Daisy—. Tiene pinta de estar bien.
Se fueron con prisas.
— Entre las ruinas , ¿eh? —dijo Oliver cuando la puerta se cerró detrás de ellos—. Ojalá lo encontráramos. Eso sí que sería un golpe maestro.