Capítulo once
CAPÍTULO ONCE
D urante un momento de desconcierto me pregunté si no nos habríamos equivocado. Quizá Thad no había muerto al final y todo había sido un terrible malentendido.
Por lo que ocurrió a continuación, quedó claro que Amy había pensado lo mismo.
—¿Thad? —lo llamó, alzando la voz. Luego sacudió la cabeza con el ceño fruncido. Se puso recta, echó a caminar con decisión y acabó de abrir la puerta de un empujón.
Daisy y yo nos apretujamos detrás de ella.
No había nadie. En una mesa se veía una tableta y un altavoz, del que procedía la música. Amy cruzó la alfombra con paso decidido y apretó un par de teclas.
Bendito silencio. Dejó la tableta en la mesa y nos miró.
—Qué raro. —Puso los ojos en blanco—. Es el tipo de cosas que haría Thad. Le encantaba gastar bromas.
Una vez que el misterio de la música estuvo resuelto, por decirlo de alguna manera, eché un vistazo a mi alrededor.
La habitación de Thad se parecía mucho a las demás en cuanto a tamaño y distribución, pero estaba hecha un auténtico desastre.
Ropa tirada por todas partes, torres inclinadas de libros, una docena de tazas limpias alineadas en el alféizar.
—Lo único que puede hacer aquí el servicio de la limpieza es recoger y sacar la basura —dijo Amy—. Thad era un cerdo. —Abrió un cajón del escritorio—. Y, además, nunca tiraba nada. Así que es probable que mis tarjetas aún sigan aquí.
Sacó varias tarjetas de felicitación del cajón.
El escritorio estaba lleno de cosas hasta arriba, salvo por un hueco en medio, donde seguramente iba un portátil. Debía de habérselo llevado la policía. Me paseé un poco para chafardear mientras Daisy estudiaba un tablón cubierto de recortes, fotografías y demás.
En el suelo, cerca de la papelera, había unas páginas grapadas. Me agaché para recogerlas. Sobre el título, «El justo castigo en la literatura gótica victoriana», alguien había escrito en bolígrafo rojo: «Puedes hacerlo mejor».
Amy estaba a mi lado con varios sobres en la mano.
—Déjame ver. —Tras un momento, dijo—: ¡Ja!, es el mismo tema en el que le pusieron un excelente, estoy bastante segura.
—¿Os dejan revisar los trabajos?
Me sorprendía; en la universidad a la que yo había ido, no nos daban muchas oportunidades de rehacerlos.
—Por lo general, no. Supongo que la doctora Verona tenía debilidad por Thad. —Arrojó las hojas al escritorio, donde derribó otra pila de papeles, que cayeron al suelo en cascada—. Genial.
—Ya te ayudo.
Tuve que agacharme detrás del escritorio para rescatar una página escurridiza, que resultó ser una hoja de cálculo. «Instituto de Literatura Gótica» y el año estaban impresos en el encabezado. Debajo había columnas de gastos y números, algunas envueltas en un círculo con un signo de interrogación.
Amy la cogió.
—Ah, sí. Thad realizaba tareas administrativas para el instituto. Supongo que lo querrán.
Empezó a revisar el escritorio, así que me acerqué a Daisy, que seguía junto al tablón.
—Un tipo ocupado —dijo a modo de saludo.
Lo entendí de inmediato. La mitad de los folletos que había en el tablero correspondían a actos que se celebraran en la universidad y por la ciudad: conciertos, charlas, encuentros deportivos.
El resto eran fotografías, recibos y tarjetas de visita, entre ellas una de Reginald Dubold, Fine Books, que naturalmente me llamó la atención.
No conocía a Reginald, pero tía Violet tenía relación con muchas librerías y comerciantes de la zona. De hecho, de toda Inglaterra.
Amy estaba sentada en la alfombra, repasando las montañas de libros y de vez en cuando apartaba uno.
—¿Ya habéis encontrado mi dinero? —preguntó alguien desde la entrada.
Todas dimos un respingo y a Amy se le cayó el libro que tenía en la mano.
—¡Wesley! —protestó la joven, llevándose una mano al pecho—. Qué susto me has dado.
El recién llegado entró sin prisa en la habitación, con las manos en los bolsillos, mientras nos pasaba revista.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
Amy se sonrojó ante la nota acusatoria de su voz. Yo me encogí y me acerqué un poco más a Daisy. Como primo de Thad, Wesley tenía más derecho a estar allí que nosotras.
Amy le mostró un libro.
—Recuperar mis cosas. Ya sabes que Thad nunca… devolvía nada que le hubieras dejado. —Le echó un vistazo a la pila—. Creo que faltan algunos de los más importantes, y es una pena, porque no son fáciles de encontrar.
¿Se los habría vendido a una librería? Le hice una foto a la tarjeta de visita de Dubold por si hubiera que seguir esa pista.
Wesley se sentó al escritorio y abrió un cajón.
—Sí. Tendría que haberte avisado. Ya podías despedirte de lo que te pidiera prestado.
—¿Qué era eso del dinero? —me atreví a preguntarle—. ¿Te debía pasta?
Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.
—Debería haber seguido mi propio consejo antes de dejarle mil libras. Nunca volví a ver ni un penique, ni siquiera después de que su mami le enviara la asignación.
Su tono destilaba rencor.
—Ay, Wesley —se lamentó Amy—. ¿Mil libras? Eso es mucho dinero.
—Prácticamente todo lo que tenía para pasar el trimestre. —El joven abrió otro cajón y lo cerró de golpe, haciendo que el contenido traqueteara—. Supongo que tendré que sacárselas a mis tíos. Aunque dudo que me crean.
—¿No dejasteis nada por escrito? —preguntó Amy con tristeza.
—Nada de nada —confirmó él. Se apoyó en el escritorio y descansó la cabeza en una mano. Quería preguntarle si había sido él quien había puesto la música, pero parecía muy desanimado. Quizá solo pretendía revivir algunos momentos pasados con su primo, poner sus canciones preferidas.
Enderezó la espalda con brusquedad.
—¿Dónde está Josh?
Amy dejó una edición bastante cara de Jane Eyre en su pila.
—¿No te has enterado? Están interrogándolo en comisaría. También han registrado su habitación.
Wesley se recostó en la silla.
—¿Cómo es que me lo he perdido?
—Ni idea. La policía ha llegado cuando estábamos tomando algo, después de ver Nosferatu , y se lo ha llevado.
Por un momento, creí que seguiría hablando, seguramente con intención de mencionar la chaqueta manchada de sangre, pero luego cerró la boca.
—¿De verdad? ¿Creen que Josh mató a Thad? —Una emoción que no supe identificar animó las facciones de Wesley, aunque hubiera dicho que se trataba de alivio.
—Él no pudo hacerlo. —Amy colocó otro libro en su pila—. Estuvimos juntos toda la noche.
—Eso no es…
Esa vez fue Wesley quien cerró la boca. Estaba con nosotros cuando Josh y Amy reconocieron que se habían separado después de que estallara el caos durante los fuegos artificiales, pero, por algún motivo, se lo había pensado dos veces antes de cuestionar las palabras de Amy.
Porque nosotras estábamos allí… ¿o por otra razón?
Empezó a balancearse adelante y atrás en la silla mientras daba unos golpecitos en la mesa con las manos.
—¿Cuánto vas a tardar?
Amy alzó la vista.
—Un rato. ¿Por qué?
Wesley se encogió de hombros.
—Estaba pensando en ir al Headless Monk a ahogar mis penas. Y puede que a jugar unos billares. Aunque supongo que prefieres quedarte aquí a esperar a Josh.
Amy cogió el móvil y le echó un vistazo.
—Debería. No sé cuánto tiempo lo tendrán en comisaría. —Me miró—. ¿Tienes alguna idea?
—¿Por qué iba a saberlo ella? —preguntó Wesley, riendo.
—Molly resuelve misterios —contestó Amy—. Está familiarizada con el procedimiento de la policía.
Wesley me miró por entre su melena rizada, tamborileando con los dedos en la mesa.
—¿En serio? Nunca lo hubiera dicho.
—Lo de librera afable solo es una tapadera —dije con gesto inexpresivo—. En realidad, trabajo para los servicios secretos británicos.
—¡Venga ya! —exclamó, hasta que se dio cuenta de que bromeaba—. Muy graciosa. ¿Y cuánto dura un interrogatorio?
—Depende de lo que tengan que tratar —contesté. Y de si consideraban a la persona altamente sospechosa o no—. A veces, horas.
Si Josh había tenido algún encontronazo anterior con Thad, podía pasarse allí toda la noche mientras trataban de sonsacarle información.
La chaqueta manchada de sangre que habían encontrado en su habitación solo contribuía a inculparlo, al menos de momento.
Esperaba que Josh hubiera contratado a un abogado.
Y no porque el inspector Ryan no supiera hacer su trabajo correctamente, sino porque era lo más sensato, sobre todo tras la aparición de esa prenda.
Amy se levantó del suelo con un suspiro.
—Igual podríamos ir al pub . No me vendría mal un poco de distracción.
Daisy me miró. A mí me daba igual, aunque era una buena oportunidad para conocer mejor a Amy y a Wesley y puede que para encontrar alguna pista. Aunque, por otro lado, también me apetecía mucho volver a casa y disfrutar de otro capítulo de El manuscrito maldito .
—¿Vosotras venís? Invito yo. Es lo mínimo que puedo hacer después de lo bien que os habéis portado conmigo esta noche —dijo Amy antes de que me diera tiempo a decidirme.
—Pero si no hemos hecho nada —protestó Daisy.
Amy le tocó el hombro.
—Me habéis hecho compañía y, créeme, lo necesitaba.
Después de entregarle a Wesley la pila de libros que había apartado y en la que había encajado sus tarjetas, nos acompañó a la salida y cerró la puerta con llave.
El Headless Monk, que se vanagloriaba de ser el tercer pub más antiguo de Cambridge, era tan pintoresco como su nombre, el «monje sin cabeza».
El exterior era de estilo Tudor, aunque tenía un aspecto ruinoso.
Las salas exteriores eran pequeñas y calentitas, y las paredes estaban revestidas de madera, con apliques.
Cuando entramos, un hombre sentado a solas en un reservado de cuero rojo levantó la cabeza. Oliver.
Nos saludó con la mano y todos fuimos hacia allí.
—Doctor Scott. Qué raro encontrarlo aquí —comentó Wesley con una sonrisita mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba en un colgador.
—Es como mi segunda casa —reconoció Oliver, alzando su jarra de cerveza—. «Come, bebe y ama. Todo lo demás no importa».
—Lord Byron —adivinó Wesley—. ¿Qué les traigo, señoras? —preguntó a continuación, apuntándonos con los índices imitando unas pistolas.