El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo diez #2
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Capítulo diez #2

—Pero no lo cambian muy a menudo. Además, Josh tiene una llave escondida. Igual que los demás. Todos confiamos en todos en este dormitorio. —Hizo una pausa—. Bueno, al menos antes.

Me temía que eso ya era cosa del pasado.

—En esta parte solo estabais vosotros cuatro, ¿verdad? Josh, Thad, Wesley y tú. —Ella asintió—. Y entiendo que Thad era primo de Wesley. ¿Estaban unidos?

—¡Ja! —Amy me miró con expresión burlona—. No. Era más una relación de amor-odio.

Interesante.

—¿En qué sentido?

Amy se quitó los zapatos de una patada antes de acurrucarse en el sillón.

—Thad ha tratado a Wesley como a un trapo toda la vida.

—Se encogió de hombros—. Disfrutaba de todos los privilegios posibles, procedía de una familia rica y aristocrática.

Era un año mayor, además de más alto y más fuerte.

Wesley era su lacayo, hacia todo lo que le pedía, en cualquier momento.

—Hizo un gesto con los dedos imitando dos piernas moviéndose—.

Oía a Wesley escalera arriba y abajo a todas horas, ya fuera para ir a buscar comida para Thad o para hacerle algún recado, etcétera, etcétera.

Un tipo de comportamiento detestable; abusivo, de hecho.

—¿Por qué Wesley lo toleraba? Supongo que, al menos, podría haber ido a otra universidad.

Amy esbozó una sonrisa irónica.

—La familia Devine disfruta de una larga tradición en el St. Aelred, han estudiado en esta universidad prácticamente desde que se fundó.

Y, además, donan carretadas de dinero. Los padres de Thad ayudan a pagar los estudios de Wesley.

¿Cómo iban a decir su madre, que es maestra, y él que no a una oferta así?

Ya, tenía razón. ¿El cariño habitual entre primos se había convertido en odio?

Quizá Wesley había decidido escapar del control de Thad de una vez por todas.

Wesley estaba en su habitación cuando agredieron a Thad…

o eso fue lo que dijo. Dado que Josh y Amy habían salido esa noche, le habría resultado sencillo matar a su primo sin que nadie advirtiera sus movimientos.

Thad no habría desconfiado de encontrarse con su primo en el callejón.

«La máscara». Esa noche llevaba una idéntica a la del asesino. Eso sí que habría sido una jugada osada. Quizá Wesley no era el ratoncillo maleable que todo el mundo creía.

—¿Qué? —musitó Daisy cuando Amy estaba girada hacia el otro lado. Me conocía tan bien que adivinaba cuándo estaba dándole vueltas a la cabeza.

—Luego —mascullé yo también, asintiendo levemente con la cabeza. No quería lanzar conjeturas sobre Wesley con Amy delante.

—¿Qué crees que ocurrirá ahora? —pregunté—. Con lo del pago de los estudios de Wesley, me refiero.

Amy bebió un poco más mientras lo pensaba.

—Yo diría… —Levantó un dedo—. Diría que los padres de Thad procurarán por Wesley incluso más que antes y que le prodigarán toda la atención que antes le dedicaban a Thad. —Hizo una mueca—. Si es que le dedicaban alguna.

—¿No se les da bien lo de hacer de padres? —aventuró Daisy.

—Por decirlo de alguna manera. —Amy frunció los labios—. Enviaron a Thad a un internado cuando tenía ocho años. Creo que fue allí donde aprendió a comportarse como un abusón. La supervivencia del más fuerte y esas cosas. Hay gente que está por evolucionar, de verdad —dijo con desdén.

—El incidente del pabellón de caza —apuntó Daisy de pronto—. ¿Fue el primer intento?

Amy la miró con desconfianza.

—¿Sabéis eso?

—Apareció en los periódicos —contesté reacia a reconocer que habíamos estado indagando en internet.

Amy apuró su vino y estiró las piernas.

—¿Alguien quiere más? Yo sí.

Cogió la botella y el líquido hizo gluglú mientras se rellenaba la copa. Cuando la levantó en nuestra dirección, las dos negamos con la cabeza.

Bebiendo mientras caminaba para impedir que el líquido rebosara, volvió a su asiento.

—¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, el incidente del pabellón de caza. Yo también estaba.

Daisy y yo intercambiamos una mirada.

—¿De verdad? ¿Fuiste de caza? —pregunté.

Amy se estremeció.

—¿Yo matando pájaros? Ni hablar. Me quedé en el pabellón, sentada junto al fuego con sus tías mayores.

Haciendo punto. Bueno, ellas. Yo bebía ponche calentito.

En ese sitio hacía un frío de miedo, en serio.

Una de ellas, un encanto, me dijo que debería haber llevado mi pelele de lana. ¿Te lo imaginas?

Lo cierto es que sí, habida cuenta de que me había criado en Vermont.

—¿Josh también fue?

Amy asintió.

—Todavía no salíamos, así que por entonces Thad y él eran amigos.

Yo estaba allí por Thad. Fue justo antes de cortar.

—Se mordió el labio con inquietud—. Aunque él nunca aceptó que lo dejáramos.

—Su risa fue amarga y entrecortada—. Seguramente he sido la primera persona que le ha dicho que no en toda su vida.

Y su reacción fue la de un niñato consentido.

Consciente de las cosas por las que Amy habría pasado, no quise continuar indagando en el comportamiento de Thad tras la ruptura.

De pronto, caí en la cuenta de algo que me aceleró el pulso: ella también había tenido un móvil y la oportunidad para matar a Thad.

Además, aunque había dicho que estaba en el pabellón cuando ocurrió lo del disparo, fácilmente podría haber salido «a dar un paseo» y haber disparado a Thad.

Aunque ¿habría ido tan lejos como para implicar a su novio? Ese era el problema.

Miré mi copa de reojo. La habíamos visto servir el vino.

La botella era nueva. «¿No estás un pelín paranoica?

». Sospechar de todo de manera sistemática era otro de los efectos secundarios desagradables de investigar asesinatos.

Algo que yo nunca buscaba de manera activa.

No, mi participación siempre era cosa de la «mano del destino».

Resoplé y el vino casi se me salió por la nariz.

—¿Estás bien? —preguntó Daisy.

—Sí, no pasa nada, es que he recordado algo que he leído.

Amy dejó su copa en la mesita de café.

—Esperad. Tengo una idea. —Se dirigió al cestito donde había dejado las llaves y rebuscó entre ellas—. ¿Queréis subir conmigo? A la habitación de Thad —propuso, enseñándonos una llave.

No pensaba decirle que no, aunque primero tenía que preguntarle algo.

—¿La policía ya ha dado vía libre?

No era una buena idea arrancar un precinto policial.

Amy abrió la puerta y echó un vistazo fuera.

—Eso creo. Ya han quitado la cinta. —Salió al pasillo un momento—. Los agentes que estaban en la habitación de Josh ya se han ido, el camino está libre.

Daisy se levantó del mullido sofá dándose impulso.

—¿Qué quieres buscar ahí arriba?

Amy lanzó la llave al aire y la atrapó de nuevo.

—Thad tenía algunas cosas mías y quiero recuperarlas antes de que su familia venga y se las lleve. —Hizo una mueca—. No me apetece encontrarme con sus padres.

Bebí un último sorbo de vino y me levanté también.

—Sería incómodo a juzgar por lo que has dicho.

—Ya lo creo. —Amy suspiró mientras echaba a andar—. Supongo que tendré que ir al funeral. Y enviaré flores. Hay que hacer las cosas bien.

Conforme nos acercábamos a la escalera, empezamos a oír el rumor cavernoso de una música inquietante con una letra monótona que atronaba en el piso de arriba.

Daisy se detuvo a escuchar.

— Promise Land . Cold Cave.

Una elección interesante, de estilo oscuro y pospunk. Verme obligada a oír música puesta a todo volumen en cualquier momento del día no era algo que echara de menos de mi época de estudiante universitaria, eso lo tenía claro.

—A Thad le encantaba ese grupo —dijo Amy.

Parecía la banda sonora de tres mujeres que subían penosamente la escalera de camino a los aposentos de un hombre asesinado. ¿No estaríamos cometiendo un gran error?

Puede que sí. Amy se detuvo en el descansillo y se abrazó a sí misma. Yo iba detrás de ella y vi que tenía los ojos clavados en la habitación, entreabierta, de la que salía la música, cada vez más alta.

Un veloz vistazo a mi izquierda me confirmó que no procedía de la que tenía una «W» enorme en la puerta.

¿Quién estaba en la habitación de un muerto?