El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo diez
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Capítulo diez

CAPÍTULO DIEZ

—¿ Q ué está pasando? —preguntó Josh, mirando a su alrededor—. ¿Estoy detenido?

Amy se quedó pálida y empezó a retroceder, medio escondiéndose detrás de su novio.

—Él no ha sido, estaba conmigo —protestó.

«Salvo el rato que estuvieron separados».

El rostro de Ryan adoptó una expresión paciente que empezaba a resultarme muy familiar.

—Nos gustaría hablar con usted, señor Blake. En comisaría. También tenemos una orden de registro de su habitación.

Los demás estudiantes que nos rodeaban habían dejado de hablar y prestaban atención.

Si no supiera que una de las bazas de la policía era utilizar el elemento sorpresa, en esos momentos estaría resentida con Sean Ryan.

Aquello tenía que ser muy humillante para Josh y Amy.

Había un estudiante en un rincón que incluso había sacado el móvil y estaba grabando lo que ocurría.

Salvo que Josh hubiera asesinado a Thad, me recordé, porque en ese caso se merecía mucho más que pasar un poco de vergüenza.

—Vale, vamos —dijo el joven, dejando la bebida y el dónut en la mesa que tenía más cerca.

El inspector Ryan no nos lo prohibió de manera explícita, así que Amy, Daisy y yo los seguimos mientras salían del edificio y atravesaban el campus en dirección al alojamiento de Josh.

Habíamos cruzado medio patio cuando Amy se echó a llorar.

—No me puedo creer que esto esté pasando de verdad. Josh no es un asesino.

—Deben de tener alguna prueba —dije en voz baja. Al ver lo mal que le sentaba el comentario, me apresuré a añadir—: Me refiero a que Ryan nunca actúa de manera precipitada. Puede que a veces se equivoque, pero no avasalla a la gente. Y es una persona justa.

Torció el gesto.

—¿Lo… conoces?

Me encogí de hombros.

—Más o menos. No es la primera vez que nuestros caminos se cruzan.

—Obvié lo de que salía con mi madre. Nos habíamos detenido un momento y, desde donde estábamos, vimos que los agentes escoltaban a Josh mientras avanzaban por el camino, uno a cada lado—.

Josh debería buscarse un buen abogado. Cuanto antes.

Amy abrió mucho los ojos.

—¿Te has metido en líos, Molly?

—No —intervino Daisy de inmediato—, ha resuelto casos. Ha dejado boquiabierta a la policía, eso es lo que ha hecho.

—¿De verdad? —La joven ladeó la cabeza y me miró pensativa—. ¿Puedes ayudar a Josh?

«Salvo que sea culpable».

—Puedo intentarlo —contesté—. Cuando sepamos qué es lo que ocurre.

Continuamos adelante, apretando el paso bajo la llovizna para dar alcance a Josh y los agentes.

Había otros dos policías esperando en la entrada de los alojamientos.

Ryan le mostró a Josh la orden de registro y este asintió antes de entregarle la llave y luego introducir el código en la entrada del edificio.

Los agentes desaparecieron en el interior.

—Josh. —Amy se lanzó a sus brazos—. Hay que buscar un abogado.

Él le devolvió el abrazo.

—Estoy en ello. Llamaré a mi padre. —La besó en la coronilla—. Te veo luego, cariño.

Amy empezó a llorar de nuevo cuando Josh se alejó en dirección a la puerta principal de la universidad.

—No me lo puedo creer —dijo, secándose los ojos. Arrastró los pies hacia la entrada del edificio—. ¿Queréis subir? Tengo vino.

Amy introdujo el código y luego nos sujetó la puerta para que pasáramos. Aparte de esa señal de modernidad, el edificio era histórico, todo lo que una residencia universitaria en Cambridge debería ser. Ventanas de barrotillos. Madera labrada. Alféizares amplios en los que sentarse a leer un libro.

Había dos habitaciones en cada planta y Amy vivía en la segunda.

—La de Josh es la de enfrente —dijo, buscando la llave—. Las de Thad y Wesley están arriba —añadió, señalando con el pulgar.

La puerta de la habitación de Josh estaba abierta, por lo que desde allí oíamos a la policía moviéndose dentro. Amy se acercó un paso.

—No sé qué estarán buscando.

Yo también me moría por saberlo, pero decidí detenerla al ver que seguía avanzando.

—No —le susurré. No les gustaría que la chica se inmiscuyera.

Por supuesto, no me hizo caso. Abrió un poco más la puerta y se quedó en el umbral. Naturalmente, Daisy y yo la seguimos para poder echar un vistazo también.

La habitación de Josh era bastante espaciosa.

Había una zona de estar con un sofá y sillones, además de un escritorio y una cama en un rincón, debajo de la que miraba un agente mientras el otro rebuscaba en el armario.

Estaban tan concentrados en su trabajo que no parecieron percatarse de nuestra presencia.

El del armario sacó una chaqueta y la sujetó por el cuello con una mano enguantada.

—¿Qué tenemos aquí? —Era negra, con motivos bordados con hilo plateado—. Ven a ver esto.

Su compañero se levantó y atravesó la alfombra. Cuando el primer agente señaló el frente de la prenda, el segundo gruñó.

—Sí. Es sangre, desde luego.

«¿Sangre?». Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Era la que llevaba la persona que mató a Thad? ¿Josh era el asesino?

—No es suya —farfulló Amy—. Alguien la ha puesto ahí.

Los dos agentes se dieron la vuelta con una cara de sorpresa que resultó cómica.

—¿Qué hace aquí, señorita? —dijo uno.

Amy giró sobre sus talones y corrió a su habitación, abriéndose camino entre nosotras.

—Rápido, rápido, a mi habitación.

Metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. En cuanto entramos corriendo, la rodeó, la cerró de un portazo y echó el pestillo.

—No puedo creer lo que acabamos de ver. —Amy continuaba apoyada contra la puerta, con los brazos abiertos y cara de impresión—. Josh no mató a Thad. —Sacudió la cabeza—. Ni siquiera lleva ese tipo de chaquetas.

¿La joven no quería reconocerlo o alguien había colocado esa prueba en la habitación de Josh?

—¿Estás segura? —preguntó Daisy.

La mirada que le dedicó Amy estaba cargada de indignación.

—Del todo. Paso más tiempo en su habitación que en la mía. Me sé de memoria toda la ropa que tiene.

Daisy levantó las manos.

—Disculpa, solo preguntaba.

Amy arrojó las llaves a un cestito.

—Lo sé. No me hagas caso. Es que todo esto me supera. —Nos señaló el sofá—. Sentaos, que traigo el vino.

Mientras Daisy y yo nos sentábamos en el sofá de brocado, aproveché para echar un vistazo a mi alrededor con curiosidad.

La habitación de Amy tenía prácticamente la misma disposición que la de Josh y estaba decorada en un estilo que yo llamaría bohemio literario: muebles antiguos, chales de seda cubriendo respaldos de sillones, plumas de pavo real, pilas de libros y pósteres de películas como Jane Eyre y Rebecca .

Un cuadro sombrío de un castillo colgaba sobre la diminuta chimenea, que parecía que nadie había usado en mucho tiempo.

—¿Se nota que estoy obsesionada con todo lo gótico? —preguntó Amy mientras descorchaba una botella. Parecía que su acceso de ira se había evaporado—. Sobre todo me interesa el concepto de la autonomía femenina en las novelas de terror.

—No tienen mucha, ¿no? —aventuré, pensando en el tema de la mujer en peligro que caracterizaba la mayoría de los libros del género.

—Más de lo que creerías. —Amy llenó tres copas con vino tinto—. Jane Eyre es el ejemplo perfecto, con su determinación por hacer oír su voz y su negativa a someterse ante quien pretendiera avasallarla.

Trajo dos copas con cuidado y nos las tendió; luego fue a buscar la suya y se sentó delante de nosotras en un sillón.

—Ella es quien salva al señor Rochester —apuntó Daisy—. Para eso se necesita valor.

—Exacto. —Amy bebió un sorbo e hizo una mueca—. No me puedo creer lo que ha ocurrido. Estoy muy preocupada por Josh. —Su mirada recayó en mí—. ¿De verdad puedes ayudarlo?

Me removí contra el cojín con la sensación de que me ponía en un compromiso. ¿Deseaba involucrarme en todo aquello?

—Puedo intentarlo —dije al final, tragándome mis dudas con un sorbo de un merlot bastante bueno.

Amy se desplazó hasta el borde del asiento.

—Por favor, hazlo. Sé que es inocente. Sí, reconozco que Josh odiaba a Thad… Bueno, en realidad lo odiábamos todos. —Se estremeció—. Lo sé, no se habla mal de los muertos. Pero es que no era una buena persona. —La angustia asomó en sus bellas facciones—. Una vez, en la lavandería…

Me lo imaginaba.

—No hace falta que nos lo expliques, Amy. ¿Por qué no nos centramos en los hechos, en lo que ocurrió de verdad la noche que Thad murió? Es lo que hará la policía.

Aunque los motivos para cometer un crimen eran algo fascinante y ayudaban a indicar a un posible culpable, la policía solo podía basarse en pruebas sólidas.

—¿Qué hechos? Josh y yo fuimos juntos a la celebración de las hogueras. —Apretó los labios—. Lo juro.

—Pero estuvisteis un rato separados —le recordé con delicadeza—. Os oí hablar de ello.

Amy frunció el ceño.

—¿Y? —Se inclinó hacia delante—. Puede que estuviéramos separados media hora. En ese tiempo, ¿Josh volvió aquí, se cambió de ropa, cogió un puñal, quedó con Thad y lo apuñaló? ¿Y luego volvió a cambiarse y fue a buscarme como si no hubiera pasado nada?

Dicho así, no parecía muy probable. Tal vez lo exculparan incluso con la chaqueta manchada de sangre en su contra.

¿O Amy mentía y los dos habían colaborado para matar a su enemigo mortal?

Esa idea tan desazonadora me recordó que debía mantenerme neutral.

No era prudente aferrarse a una teoría y defenderla a capa y espada ni ponerse unas anteojeras cuando te presentaban información contradictoria.

En ese momento me vino a la memoria lo que Josh le había dicho a Amy justo después de que alguien asesinara a Thad, mientras cruzaban el césped en dirección a su edificio. «No me ha quedado elección. Él no dejaba de acosarte. Alguien tenía que hacer algo».

—¿Y si alguien ha colocado la chaqueta en la habitación de Josh? —apuntó Daisy—. Para incriminarlo.

—Eso pienso yo —dijo Amy más animada.

—Es posible —reconocí cuando las dos se volvieron hacia mí—. ¿Quién tiene acceso al edificio? Se necesita un código para entrar, ¿no?

Amy se encogió de hombros.