Capítulo nueve
CAPÍTULO NUEVE
« C omo si la dirigiera una fuerza más allá de nuestro control».
Al día siguiente, la frase estuvo incordiándome toda la mañana, mientras esperaba a que entrara algún cliente, y terminé preguntándome si no me ocurriría lo mismo, si no sería el destino el que estaba detrás de mi implicación en todos esos asesinatos.
Ya era la tercera vez que yo me encontraba a lo mío, sin hacerle daño a nadie, y tropezaba con un cadáver.
Resultaba muy desconcertante, como diría George, seguido de un sentido «Maldita sea».
El tiempo tampoco ayudaba a levantar el ánimo. Hacía muy mal día: el cielo estaba encapotado, la lluvia golpeaba las ventanas de vidrios romboidales y un viento feroz aullaba por los aleros de la casa. A veces, soplaba con tanta fuerza que el edificio crujía. Las luces parpadearon.
—¿En serio? —protesté—. A la próxima igual hay que sacar las lámparas de aceite.
En realidad, las linternas de pilas. No se permite nada que tenga llama en una librería.
Mi madre salió desde el fondo de la librería con dos tazas en la mano.
—¿La cosa sigue floja?
—Floja flojísima. —Acepté una de las tazas—. Gracias. Eres un regalo del cielo.
Con la suya en la mano, se acercó al escaparate. Los dos gatos se volvieron y la miraron expectantes, y ella les dedicó el mismo tiempo de palmaditas y caricias en la barbilla a cada uno.
—No hay mucha gente por la calle con la que está cayendo —comentó cuando vio pasar dos paraguas de camino a la cafetería.
—Lo entiendo perfectamente.
Esperaba que hubiera amainado por la tarde, porque Daisy y yo teníamos planeado asistir al festival de cine en el St. Aelred. En bicicleta se llegaba antes, pero era difícil manejarse con un paraguas y el manillar. Tendríamos que ir caminando y arriesgarnos a quedar caladas hasta los huesos.
Mi madre se reunió conmigo detrás del mostrador y escogió la «silla chillona», como la llamábamos. Cada vez que su ocupante cambiaba de postura, lanzaba unos quejidos espantosos.
—Deberíamos tirarla —señaló, moviéndose con cuidado.
—Lo decimos siempre y luego se nos olvida.
Subí otra foto de una gárgola de un templo del lugar, la iglesia de Nuestra Señora y de los Mártires Ingleses, para la promoción que estábamos haciendo de la novela gótica.
—Me pondré una nota —dijo mi madre.
Cogió el teléfono y empezó a escribir, hasta que frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Las fotos de las gárgolas ya habían recibido varios «me gusta». ¿Qué tenían esas cosas tan feas? A la gente le fascinaban.
—Sean me ha enviado un mensaje.
Es decir, el inspector Sean Ryan para casi todos los demás.
—¿Y?
El instituto organizaba una visita por el Cambridge gótico al final de la semana que a lo mejor me ayudaba a inspirarme para más publicaciones. A veces, fotografiaba libros en lugares relevantes y funcionaba bastante bien.
—Ha cancelado la cena. Dos investigaciones importantes. —Mi madre dejó el teléfono con un suspiro—. Lo entiendo, pero…
—Es un rollo. Ya. —Por un momento, me pregunté cuál sería esa segunda investigación, hasta que caí en la cuenta—. Seguro que está trabajando con sir Jon en lo de los robos de libros.
En medio de todo lo que había sucedido el día anterior, había conseguido poner a mi madre y a tía Violet al corriente sobre el incidente de Hazelhurst House. Como amantes de los libros, se habían quedado atónitas.
—Probablemente. Si Scotland Yard está por medio. —Bebió un sorbo de té—. Sean es el investigador jefe de Cambridge —añadió con orgullo.
—Claro. —«Con algo de ayuda de sus amigos», pensé con descaro—. Con un poco de suerte, los casos se resolverán pronto y podréis salir.
Mi madre volvió a suspirar.
—Eso espero. —Tenía la cara vuelta hacia la ventana, mientras contemplaba la tormenta—. Esta época del año me afecta. Es todo tan gris… Y solo vienen meses de frío y mal tiempo.
—Es mejor que donde vivíamos antes —opiné—, con sus seis meses de invierno.
Aunque todavía no llevábamos un año viviendo en Inglaterra, había oído que la primavera llegaba antes que en Vermont y que las rosas florecían en marzo en lugar de junio.
—Cierto. —Dejó la taza y se estiró—. Igual deberíamos planear unas vacaciones en España. O en la Costa Azul.
Playas, sol, buena comida y bebidas afrutadas.
—Me apunto.
Había acabado de actualizar las redes sociales, el inventario estaba al día y no tenía que volver a Hazelhurst House hasta la mañana siguiente, así que ¿qué hacía ahora?
Se me ocurrió que quizá podía indagar un poco sobre Selwyn Scott.
Era posible que alguna de las bibliotecas de Cambridge tuviera documentos relacionados con el autor en su colección.
Comunicaciones con la editorial o correspondencia personal.
Dudaba que fuera a toparme con una carta en la que dijera «¿Sabes qué? Soy Selwyn», pero por pedir…
Por suerte, la página web de la Universidad de Cambridge te permitía buscar en su centenar de bibliotecas a la vez. Además, nuestro tipo de cuenta nos daba acceso a los resultados completos, una cortesía de la universidad con una librería local que agradecíamos de todo corazón.
Introduje el nombre de la editorial, Lackington, Hughes, Harding, Mavor háganse cargo.
—Claro, lo entendemos —dije, buscando la cartera. De esa manera, si se produjera otro asesinato, sabrían quién estaba dentro en el momento en que ocurrió. El problema con el de Thad era que había sucedido fuera, al otro lado de la puerta, lo cual incrementaba el número de posibles sospechosos.
Salvo por el puñal. Un error que perseguiría al asesino. Su uso delataba premeditación y hacía que uno se preguntara por qué no habían empleado algo más común y anodino. Era algo a lo que seguía dándole vueltas.
—Ya puede recogerlo, señorita. —El bedel deslizó mi carné por el mostrador—. Que tengan una buena tarde.
—Gracias —dijimos ya con vía libre al sanctasanctórum.
Me había bajado un mapa de internet y me puse a estudiarlo para localizar la biblioteca.
—Por aquí.
Se encontraba en el otro extremo del primer patio.
Unas esbeltas columnas de mármol y un dintel decorativo adornaban la entrada.
En el interior, al igual que en muchos edificios universitarios, lo viejo y lo nuevo se daban la mano.
Mientras que en uno de los espacios había ordenadores, catálogos de fichas y estanterías móviles, otra de las salas estaba revestida de librerías de madera labrada e iluminada con lámparas de araña.
Le presenté mi solicitud a la bibliotecaria de recepción, quien nos indicó que esperáramos en una mesa. Poco después, se acercó con una carpeta de conservación.
—Tiene suerte —dijo—. Disponemos de varias cartas de Selwyn Scott dirigidas a su editor. —Nos miró con un parpadeo—. Últimamente parece que no hago más que oír ese nombre.
Era probable que no se tratara solo de una sensación.