El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo ocho #3
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Capítulo ocho #3

Bajé un poco más por la pantalla mientras leía las publicaciones por encima.

—No menciona nada sobre el problema que tenía con Thad por cómo trataba a Amy.

—Muy maduro —comentó Daisy con aprobación—. Odio cuando la gente empieza a pelearse y a subir veneno a las redes.

—Seguro que al St. Aelred tampoco le gustaría.

Sin poder evitarlo, me pregunté si la universidad prefería barrer debajo de la alfombra un problema como el del acoso, lo cual explicaría por qué Amy se mostraba reticente a denunciar a Thad.

Si no iban a hacer nada al respecto, sacarlo a la luz solo la perjudicaría.

También conjeturé sobre cuánto dinero debía de donar la familia de Thad a la universidad.

Era algo que no debería influir a la hora de imponer disciplina, pero ¿a quién queremos engañar?

—Vale… —dijo Daisy pensativa—. A ver, están Wesley, Amy y Josh como posibles sospechosos. Amy y Josh tenían problemas con él, eso es innegable. Y puede que Wesley. Todos conocían el arma y tenían acceso a ella. Y todos estaban en la universidad esa noche.

Recordé un comentario casual que había hecho Josh.

—Josh y Amy se separaron cuando se incendió la tienda en lo de las hogueras, así que podría haberlo hecho cualquiera de los dos, quizá sin que lo supiera el otro.

—Entonces, ¿la persona que robó el puñal esperó a que se presentara una buena oportunidad? —especuló Daisy.

—A no ser que el asesino hubiera quedado con él frente a la puerta… —dije, pensando en alto—. El móvil de Thad no ha aparecido, así que no hay manera de comprobarlo.

—El corredor de la máscara. —Daisy se estremeció—. Tiene todos los puntos de ser el asesino y estuvimos a esto de él. —Acercó el pulgar al índice, pero sin que llegaran a tocarse.

—Es bastante probable. —Barajé otras opciones—. A no ser que el asesino huyera por el otro lado. O se metiera en la universidad.

—La cabeza me da vueltas. —Daisy la apoyó en la mano—. Hay tantas posibilidades que todo es muy confuso.

—Y que lo digas. Lo único que podemos hacer es tirar de los hilos hasta dar con el que desenrede la maraña.

Por el bien de todos, pero sobre todo por el de la familia de Thad, esperaba que el enredo no se eternizara.

Satisfecha tras la copiosa cena y la charla con mi mejor amiga, crucé la calle con paso pesado hasta la librería, agradeciendo que estuviera tan cerca.

Después de lanzar teorías sobre el asesinato y el robo del libro, habíamos cambiado a temas más agradables.

Al día siguiente, asistiríamos al pase de películas clásicas de terror gótico que se proyectaban en el St. Aelred.

Además de disfrutar de una tarde de cine, también aprovecharíamos para fisgonear un poco.

Esto… Para recabar información, me refiero.

Ya en mi dormitorio y con mi gato, me metí en la cama y abrí El manuscrito maldito . Me pregunté con cierto desánimo si el original volvería alguna vez a Hazelhurst House. Era una pérdida terrible… y un crimen que sacaba de quicio.

El manuscrito maldito (continuación)

El viaje a Italia estuvo plagado de malos presagios desde el principio. Cuando zarpamos del puerto de Dover en un paquebote con destino a Calais, nos encontramos de inmediato con un mar turbulento que estuvo a punto de hundir la embarcación y que procuró un grave mareo al señor Coates.

Para mi sorpresa, yo no me vi afectado por las olas que zarandeaban nuestra nave sin compasión, adelante y atrás, una y otra vez, como una cuna demente.

Por el contrario, el señor Coates se aferraba a la barandilla por temor a que el barco se hundiera y él quedara atrapado debajo.

Pese a sus miedos legítimos, en lo más hondo de mi ser estaba convencido de que saldríamos de esa y continuaríamos nuestro viaje.

Un aire de aciaga inevitabilidad envolvía aquella aventura tras Las divagaciones de un monje , como si la dirigiera una fuerza más allá de nuestro control.

Presentía que la rueda de la fortuna se había puesto en marcha y que ya nada podría detenerla.

Pese a la gran cantidad de horas que paso sumido en la lectura, nunca he tenido problemas para discernir la realidad de la ficción.

Soy capaz de cerrar la cubierta de un libro y consignar su contenido al reino de los sueños; palabras disfrutadas y olvidadas al momento.

Sin embargo, aquella sensación de que imperaban fuerzas que se hallaban más allá de nuestro control, de que era el destino el que guiaba nuestros pasos, me resultaba desconocida.

Al tiempo que una masa de tierra cada vez mayor aparecía en el horizonte y anunciaba la siguiente etapa de nuestro viaje, me pregunté si volvería a ver Cambridge alguna vez.

Recordé mi tienda, el resplandor cordial de las velas en la penumbra morada, las hileras de queridos y polvorientos tomos y el olor perfumado de tinta y papel antiguo.

El gélido viento no me trajo la respuesta. En él solo flotaban los chillidos de las gaviotas, los gritos de «¡Tierra a la vista!» y los rezos fervientes y agradecidos de mi atribulado compañero.