Capítulo ocho
CAPÍTULO OCHO
P or fortuna, mi curiosidad acerca de la visita de sir Jon no tardó mucho en quedar satisfecha. El hombre se reunió con nosotros en una preciosa salita de estar.
—Debéis de estar preguntándoos qué hago aquí hoy —dijo tras el intercambio de las cortesías de rigor y de las preguntas personales que dictaba la buena educación. A continuación, inclinó la cabeza hacia lady Asha—. Aparte de la oportunidad de disfrutar de su compañía.
Pelo canoso, elegante y esbelto, sir Jon tenía el porte y el encanto que uno esperaría de un perfecto caballero y un espía.
—Aquí siempre es bienvenido, sir Jon —murmuró lady Asha. Estaba sentada con majestuosidad delante de una bandeja enorme que contenía un juego de té de plata y varios pisos de dulces y sándwiches diminutos.
Sir Jon dejó su taza y su platito antes de introducir la mano en el bolsillo del pecho, del que extrajo una pequeña tableta y un lápiz óptico.
—No es la primera vez que Scotland Yard recurre a mí en calidad de asesor, si bien en esta ocasión me encuentro verdaderamente en mi elemento. —Esbozó una sonrisa enigmática—. Libros raros.
Tras retirarse, sir Jon había abierto una librería especializada en historia militar y novelas de espionaje. También era experto en antigüedades y había ayudado a desarticular varias redes de contrabando.
—¿Ha habido más robos? —pregunté. En Thomas Marlowe tratábamos de mantenernos al corriente sobre ese tipo de delitos, así como de cualquier detalle acerca de lo sustraído. Si alguien pretendía vendernos un libro robado, alertábamos a las autoridades de inmediato.
—Alguno que otro —reconoció—. Nada que, de momento, indique un patrón. —Torció el gesto—. No como el caso del almacén de Londres.
Todos alzamos la vista sin poder evitarlo.
Unos años antes, una temeraria banda de ladrones había entrado en un centro logístico a través del techo y había robado docenas de libros raros que pertenecían a tres distribuidores.
Luego, los enterraron en Rumanía, pero la policía finalmente los recuperó.
Algunos habían sufrido daños, algo que le helaría la sangre a cualquier librero.
Aunque los criminales habían sido juzgados, aún quedaban algunas preguntas por responder; por ejemplo, cómo conocían la localización exacta de los libros, dado que se encontraban en tránsito, de camino a una exposición en Las Vegas.
—Creemos que hay implicada gente del lugar —prosiguió sir Jon—, de ahí el interés que ha suscitado vuestro robo. Con un poco de suerte, el manuscrito nos ayudará a resolver el caso.
—Díganos en qué podemos ayudarle —le pidió lady Asha. Todos asentimos.
Sir Jon tocó la pantalla de la tableta.
—Gracias. ¿Y si empezamos con unas pocas preguntas? —Hizo una pausa—. ¿Quién sabía que hoy se expondría el manuscrito?
—Nadie —contestó lady Asha—. Fue una decisión de último momento, ¿verdad, Kieran?
Su hijo se inclinó hacia delante, con las manos entrelazadas entre las rodillas.
—Esta mañana, antes de que empezara la charla, mi primo, el doctor Oliver Scott, que estaba a cargo de la conferencia, dijo que era una lástima que la gente no pudiera ver el manuscrito. Su charla trataba sobre el libro en cuestión. Así que fuimos a preguntarle a mi madre si podíamos exponerlo.
Primero, un asesinato y, ahora, un robo con el primo de Kieran justo en medio. No me gustaba nada que hubiera sido Oliver quien había propuesto enseñar el libro al público.
Lady Asha se llevó una mano a la boca.
—Pensé que no pasaría nada. Es decir, lo metimos en una caja de cristal con cerradura y la habitación estuvo cerrada con llave antes y después de la exposición.
—Ya les preguntaré más adelante sobre esos detalles —dijo sir Jon—. ¿La caja estaba vigilada?
Kieran y su madre intercambiaron una mirada.
—Si se refiere a si pusimos un guardia, no —reconoció Kieran—. Todo el mundo desfiló por delante, entraban por una puerta y salían por otra. La mayoría de los asistentes eran estudiantes, así que pensamos…
—Los estudiantes también roban —apuntó sir Jon—. Por desgracia.
Eso me recordó un caso que sucedió en Lexington, Kentucky, que tuvo bastante repercusión. Cuatro estudiantes de la Universidad de Transilvania dejaron inconsciente a una bibliotecaria y se hicieron con más de cinco millones de dólares en libros raros.
—¿Alguno de vosotros fue a la exposición? —preguntó sir Jon—. ¿Molly? ¿George?
—Yo no —respondí. Dado que ya había visto el manuscrito y podía acceder a él cuando quisiera, ni me había molestado. Aunque ahora me arrepentía.
George levantó la mano.
—Como ha dicho Kieran, cruzábamos la biblioteca y desfilábamos por delante de uno en uno. Cada persona tenía un minuto, como mucho, para echarle un vistazo.
Sir Jon asintió.
—Me daré una vuelta por la sala después del té. ¿Hubo algo que te resultara raro, George? ¿Como que alguien se demorara más de la cuenta? ¿O qué hiciera un comentario extraño?
—Mmm… —George se quedó mirando su taza—.
Para ser sinceros, solo prestaba atención a Amy y Josh, que iban delante de mí.
—Agitó las manos como si quisiera ahuyentar a alguien—.
Parecía que no avanzaran nunca. Tenía muchas ganas de ver el libro.
—De pronto, pareció animarse—. Josh dijo algo que tuvo gracia.
Cuando Amy le preguntó si no querría hojear el manuscrito, él contestó que, si lo hiciera, lo expulsarían de la universidad y que dudaba que sus padres se pusieran muy contentos.
Me eché a reír.
—Muy bueno, Josh. —Me volví hacia sir Jon—. Amy y Josh son estudiantes del St. Aelred. El doctor Scott es uno de sus profesores.
—El St. Aelred —musitó el hombre con aire reflexivo—. Donde asesinaron a un estudiante durante la celebración de las hogueras. Lo apuñalaron frente a la puerta.
Unas instantáneas de esa noche pasaron por mi mente a toda velocidad, revolviéndome el estómago. Thad tendido en el suelo. El puñal antiguo. Sangre.
No era la única que no deseaba desviarse en esa dirección.
—Una verdadera tragedia —dijo lady Asha—. Thad era hijo de unos buenos amigos. —La taza tintineó cuando la dejó en la mesa—. ¿Quiere que vayamos a la biblioteca?
—Mis condolencias —murmuró sir Jon. Guardó la tableta y se levantó—. Usted primero, señora.
Para cuando volví a Cambridge, después de haber introducido docenas de libros en el catálogo, estaba ansiosa por tomarme esa cerveza y charlar con mi mejor amiga.
Después de aparcar el Cortina, me pasé por la librería para dejar el portátil y asearme un poco y, luego, me dirigí al pub .
Mi madre y tía Violet habían salido, así que ya las pondría al día más tarde.
Daisy me hizo una seña desde una mesa para dos, donde me esperaba una pinta de cerveza. Las ventajas de la mensajería instantánea. Me dejé caer en mi silla y agarré el vaso para darle un buen trago a mi amarga preferida. Daisy me miró con gesto divertido, con la suya ya por la mitad.
—Ah, es justo lo que necesitaba. —Alcé mi bebida a modo de saludo—. Gracias.
—¿Un día duro en la biblioteca? —me preguntó con una sonrisa.
Eché un vistazo a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos oía.
—Y que lo digas. Han robado El manuscrito maldito original. Delante de las narices de todo el mundo.
Daisy se quedó estupefacta.
—¿Hoy? ¿Durante el acto?
—Sí. —La rabia se agitó en mi interior y rechiné los dientes—. Después de la visita. Creemos que el ladrón se escondió en la biblioteca. Después de comer, George y yo descubrimos que la caja en la que lo exhibían estaba rota y que había una ventana abierta.
Daisy le dio vueltas al vaso con gesto distraído.
—Entonces ha sido alguna de las personas que han asistido a la conferencia… ¿La exposición estaba anunciada?
—Es lo mismo que ha preguntado la policía. No, fue una idea de última hora. Lo propuso Oliver.
Un destello de sorpresa brilló en la mirada de Daisy.
—¿Lo propuso Oliver? —Sacudió la cabeza.
—Ya, ya, es el candidato obvio —reconocí—. Al menos en cuanto a la planificación del robo, porque no estaba en la biblioteca cuando sucedió.
Siempre que nuestra teoría respecto al momento en que ocurrió fuese acertada.
—¿De verdad le robaría a su propia familia? —preguntó Daisy con el ceño fruncido.
—Es difícil de creer, ¿no? —Pese a que me dolía sacarlo a colación, había otra posibilidad—.
Aunque el libro recibiría bastante atención gracias al robo.
Está escribiendo una novela gótica… Cuenta con conseguir un buen contrato editorial…
Uf, qué poco me gusta decir estas cosas.
—Torcí el gesto—. Sir Jon trabaja en el caso.
Si ha sido alguien de dentro, la cosa podría ponerse fea.
Daisy se echó a reír.
—Ya lo creo. No querría que fuera tras de mí. —Lo pensó un momento—. Bueno, a lo mejor sí, si no estuviera enamorada de Tim.
—No está nada mal, ¿verdad? Incluso a sus setenta y tantos.
No se trataba solo de lo bien que se conservaba, de su carrera o del dinero. Sir Jon transmitía un aire de persona competente que resultaba muy atractivo; con él tenías la sensación de estar en buenas manos. Lo mismo ocurría con Kieran.
—Y que lo digas. —Daisy cogió el menú—. Comamos algo. Yo voy a pedir el pastel de carne a la cerveza.
Me lo pasó.
—Tiene buena pinta. —Repasé la lista—. ¿Salchicha de jabalí? Vaya, no sabía que eso existía.
Unas salchichas con puré de patatas era el tipo de comida reconfortante que necesitaba.
Daisy se levantó.
—Iré a pedir. —Movió el dedo en círculo señalando los vasos—. Y traeré otras dos.
—Gracias, amiga.
Me recosté en la silla con mi cerveza, saboreando la idea de que me esperaba una deliciosa comida caliente.
Daisy regresó con dos pintas y me deslizó una sobre la mesa.
—Bueno, cuéntame, ¿por qué está sir Jon trabajando en el caso?
No me sorprendía que mi inteligente amiga quisiera ahondar en el tema. No se le escapaba nada.
—Lo ha llamado Scotland Yard. Se han producido unos cuantos robos recientemente y quieren averiguar si están relacionados.
—Mmm… —Daisy bebió un sorbo—. El de hoy parece más algo improvisado.