El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo siete #2
30%

Capítulo siete #2

—Oh, no, Molly —exclamó Kieran alarmado—. ¿Sospechas que habrían podido llevarse algo más?

Su mirada voló hacia las estanterías.

—Espero que no, pero quien fuera se ha quedado a solas durante un rato, o eso creemos.

Mis palabras dibujaron un escenario tan poco alentador que acabó deprimiendo a todo el mundo.

Lady Asha se levantó de inmediato y estiró el cuello para echar un vistazo a su alrededor.

—Creo que no falta nada…

—Yo tampoco, mamá —dijo Kieran. Se encogió de hombros con aire de impotencia—. Claro que tampoco los había memorizado todos.

Había una manera de comprobarlo, aunque no podía asegurar que fuera ni exhaustiva ni completa.

—¿Disponéis de catálogos o registros anteriores de lo que tenéis aquí?

Lady Asha pareció recuperar el ánimo.

—Puede que sí. ¿Recuerdas el diario que llevaba lord Llewellyn, Kieran? ¿Ese de mediados del siglo XIX ? Mencionaba ejemplares destacados de la colección y anotaba las adquisiciones.

—No, pero me fío de ti —contestó su hijo.

—Ese diario sería de muchísima ayuda —apunté. Quizá aparecían los libros más antiguos y, cuanto más antiguos eran, más probabilidad tenían de encontrarse entre los más valiosos—. También podríamos echarle un vistazo a las facturas.

Cosa que tenía pensado hacer de todos modos para ver si los Scott les habían comprado algún ejemplar a mis antepasados, algo que, en esos momentos, me parecía una misión tonta e insignificante.

Hasta que recordé que la relación con la librería quizá sirviera para arrojar luz sobre la verdadera identidad de Selwyn Scott; no se trataba de mera curiosidad.

Lady Asha se dirigió derecha al cuartito.

—Voy a buscar el diario.

Kieran le entregó el llavero y ella empezó a buscar la llave.

George se acercó y se sentó a mi lado con expresión apesadumbrada cuando volví junto a mi portátil.

—Mal asunto, ¿eh?

—Y que lo digas. —Acabé de introducir Cumbres borrascosas en el programa de catalogación—. Ojalá no se hayan llevado nada más. Como si no fuera suficiente con el manuscrito. Si se lo venden a un coleccionista privado, puede que no volvamos a verlo nunca.

No se trataba solo de su valor económico, también formaba parte de la familia Scott y de la historia de la literatura.

—Qué asco de gente.

A mi pesar, se me escapó la risa ante un comentario tan conciso y acertadísimo.

—Y que lo digas.

En mi opinión, los ladrones de libros, o las personas que los pintarrajeaban o les arrancaban las imágenes, deberían tener su propio círculo en el infierno.

—Tendrás que estar atenta. Igual pretenden vendérselo a Thomas Marlowe —apuntó George.

Volví a reír sin dejar de escribir.

—Que lo intenten. Conocemos su procedencia.

George no había dicho ninguna tontería, ya que nos dedicábamos a la compra y venta de libros usados y estábamos especializadas en rarezas.

No obstante, como con las obras de arte, siempre investigábamos la procedencia de los ejemplares más valiosos.

Los libros son objetos que uno puede llevar en cualquier sitio y, por lo tanto, fáciles de robar.

—Quizá habría que avisar a Violet —comentó George como quien no quiere la cosa.

—Adelante, llámala —lo animé, consciente de que estaba muriéndose por contárselo. Si no llevara tanto retraso con el trabajo, ya lo habría hecho yo—. Pero primero tráeme otro Brontë, ¿quieres? Gracias.

Lady Asha salió a toda prisa del cuartito con un diario encuadernado de cuero en la mano; lo dejó junto a mi ordenador con una floritura.

—El inventario de lord Llewellyn.

Lo abrió para mostrarme las páginas, en las que se habían apurado los márgenes escribiendo con una letra apretada.

A primera vista, parecía un sistema de catalogación rudimentario que solo recogía el título, el nombre del autor, el año de la edición y algún que otro dato adicional.

—Será muy útil. —Pese a la situación, fui incapaz de disimular mi entusiasmo—. Incorporaré las anotaciones de lord Llewellyn en el catálogo, así estará más completo. —Dirigí la vista hacia el cuartito—. ¿Dónde está Kieran?

Lady Asha siguió mi mirada y sonrió con afecto.

—Está revisando los papeles en busca de facturas de libros. Jamás hubiera dicho que se lo tomaría con tanto interés.

Cuando se volvió hacia mí, me quedó claro a quién adjudicaba el mérito de esa repentina fascinación de su hijo por la biblioteca.

—Genial —dije, tratando de controlar la voz, aunque por dentro estaba dando saltitos de alegría. El trabajo de catalogación, además de ser un chollazo, estaba ayudándome a afianzar mi relación con la madre de Kieran—. Cualquier ayuda es buena.

Sobre todo la suya.

Lady Asha dio unos golpecitos en la mesa.

—Te dejo que sigas trabajando. ¿Un descanso para el té de aquí a un par de horas? Vendré a avisarte.

—Me parece perfecto.

Puede que al final sí lograra avanzar algo ese día.

Se fue y, durante la siguiente hora aproximadamente, George fue trayéndome y llevando libros, mientras Kieran continuaba a lo suyo en el cuartito.

Salvo por el tecleo y algún que otro murmullo emocionado procedente de la pequeña habitación, la biblioteca estaba en completo silencio.

Casi pude olvidar la caja rota, que quedaba fuera de mi vista. O el asesinato de Thad Devine.

Habíamos terminado con la familia Brontë y estaba introduciendo una primera edición de Frankenstein , situada cerca de las obras de lord Byron, amigo de Mary Shelley, cuando lady Asha volvió.

Retiré mi silla y me estiré.

—¿Ya es la hora del té?

Como siempre, el tiempo volaba cuando estaba rodeada de libros. Lady Asha echó un vistazo al reloj de la pared.

—Diría que sí, pero no he venido por eso. —Miró a su alrededor—. ¿Kieran sigue ahí dentro? —Su hijo asomó la cabeza por la puerta del cuartito—. Quería que supierais que sir Jon está de camino.

Sir Jonathon Yeats era un antiguo agente del MI6, librero e investigador privado.

Sabía que no venía en calidad de lo primero, o eso esperaba, así que ¿de cuál de las otras dos se trataría?

¿O solo era una visita normal y corriente?

Sir Jon parecía conocer a todo el mundo.

De hecho, había ido a la universidad con tía Violet y estaba convencida de que había algo entre los dos.

—¿Viene a tomar el té? —preguntó Kieran, imitando el acto de beber con el meñique extendido.

—No exactamente —contestó su madre—. Está investigando el robo del manuscrito. Ha dicho algo sobre un operativo especial.

Pese a que me aliviaba saber que sir Jon, con su experiencia y conocimientos, iba a ayudarnos, no pude evitar sentir curiosidad. Por valioso y raro que fuera El manuscrito maldito , eso no justificaba que se desplegara un operativo especial.

Allí pasaba algo más.