El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo siete
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Capítulo siete

CAPÍTULO SIETE

L a pérdida de aquella obra rara e irremplazable me cayó como un puñetazo en el estómago.

—¡George, no está!

Mi grito fue una grosera intromisión en la silenciosa sala.

—¿ El manuscrito maldito ? ¡No! —Pese a lo impactante de la revelación, George devolvió a su sitio el ejemplar que tenía en las manos con suma delicadeza antes de cruzar la alfombra hasta mí.

Examinó la caja con atención mientras se mordía el labio—.

Me temo que tienes razón. Alguien les ha birlado el libro.

—Pero ¿quién? ¿Cómo?

Busqué el móvil, que era la manera más rápida de encontrar a Kieran en aquella casa inmensa. Lo llamé y puse el altavoz.

—Molly, ¿qué pasa?

Por el jaleo de fondo, supuse que estaba en la cocina.

—Te necesitamos. Han robado El manuscrito maldito .

Ojalá la maldición se extendiera al ladrón, pensé con toda la intención.

George se acercó a mi hombro y le habló al teléfono.

—Tiene razón, amigo. Alguien ha forzado la caja.

Se hizo un breve silencio mientras Kieran asimilaba lo que acabábamos de decirle.

—Enseguida voy. No toquéis nada, ¿vale?

«La ventana».

—Creo que han salido por la ventana. Estaba abierta. La he cerrado sin darme cuenta.

—No te preocupes por eso.

Y colgó.

Me derrumbé en la silla más cercana.

—Qué horror.

A pesar de que el manuscrito no era mío, me sentía ultrajada e indignada, unas emociones que no me eran ajenas.

Cuando iba a la universidad, alguien se llevó mi bicicleta y solo dejó el cuadro.

No había puesto bien el candado. Naturalmente, no podía compararse a lo de esos momentos, pero se suponía que la biblioteca también estaba cerrada con llave… ¿Cómo lo habían hecho?

George se frotó la barbilla.

—Ha tenido que ser uno de los asistentes a la charla, ¿no crees?

Se acercó a la ventana con paso tranquilo y echó un vistazo detrás de las cortinas, que llegaban hasta el suelo.

—Yo no hice la visita, ¿qué tal fue?

—Avanzabas poco a poco, desfilabas por delante del manuscrito y tenías un momentito para estudiarlo a través del cristal. Después, salías por ahí.

Señaló una puerta en la que no había reparado. No era la del cuartito.

Me acerqué y giré el picaporte. Cerrada.

—¿A dónde da?

Se encogió de hombros.

—A una sala de estar. La atravesabas y volvías al vestíbulo.

—¿Había alguien vigilando mientras desfilabais por la habitación?

George frunció el ceño mientras pensaba.

—Creo que no. Lady Asha abrió las puertas, pero luego la llamaron y tuvo que irse. El doctor Scott estuvo junto a la caja durante un rato, pero creo que él también se fue al poco de que pasara yo. O eso supongo, porque luego lo vi en el gran vestíbulo.

—O sea que alguien debió de esconderse —deduje—. Es la única explicación. Y, como después cerraron las puertas con llave, tuvo que salir por la ventana.

Kieran entró a toda prisa y se dirigió directo a la caja vacía. Nos reunimos con él.

—Han entrado en la casa —dijo George, señalando la cerradura y el cristal roto—. Molly ya ha resuelto el crimen.

Kieran me miró.

—Tengo una teoría que igual no va desencaminada —maticé, tratando de ganar tiempo—.

Alguien se escondió aquí dentro, detrás de las cortinas lo más seguro, y forzó la caja después de que cerrarais las puertas con llave.

—Me acerqué a la ventana—. Esta estaba abierta cuando George y yo hemos entrado.

Solo un resquicio, por eso hemos tardado un poco en darnos cuenta.

La estudió y echó un vistazo fuera. En ese costado de la casa había un tramo de césped que bordeaba el foso y un puente que conducía a los jardines, que quedaban un poco más allá.

—Y adiós muy buenas —murmuró.

Durante unos instantes, los tres guardamos un inquieto silencio. Kieran suspiró y sacó el móvil.

—Hay que llamar a la policía.

Tras dar el aviso, fue a buscar a su madre para informarla de lo que había ocurrido. George y yo nos quedamos en la biblioteca, sentados, sin saber qué hacer hasta que llegara la policía.

—¿Podrías traerme ese ejemplar de Cumbres borrascosas ? —dije al final—. Al menos aprovecharé para adelantar trabajo.

«O como mínimo intentarlo».

George se levantó de un salto.

—Por supuesto.

Llevó el libro a la mesa donde estaba mi portátil.

Con unos cuantos clics, abrí el programa.

—Allá vamos. Registro número uno.

Qué emoción tener en las manos un libro tan raro y bello y pensar en toda la historia que habría detrás, en la lucha de Emily y sus hermanas hasta que llegó a la imprenta.

No había sido fácil, la primera obra de Charlotte, El profesor , no se publicó hasta 1857, pero el trabajo de todas ellas dejó un legado duradero.

Un ejemplar como ese se había vendido hacía más de una década por más de cien mil dólares.

De pronto, me asaltó una idea. ¿Sería lo único que se había llevado el ladrón?

Eché una ojeada a los estantes, buscando huecos entre los libros.

No vi ninguno. Quizá era mejor que los repasara lady Asha.

Ella debía de saber dónde se encontraban los más valiosos, aunque no los hubieran catalogado aún.

Qué triste tener que hacerle aquella sugerencia. Qué situación más frustrante e injusta. Lady Asha había tenido la deferencia de abrir las puertas de su casa a un grupo de expertos y amantes de la literatura y alguien le había robado.

Kieran volvió acompañado de la policía y lady Asha. Reconocí de inmediato a la agente Jonhson, una mujer pelirroja de pelo rizado, y al agente Malago, un joven guapísimo de piel bronceada.

La agente Jonhson me saludó con la cabeza al verme.

—Señorita Kimball, ¿verdad?

—Exacto. Tengo una librería en Cambridge. Este es George Flowers, un amigo. Somos los que hemos descubierto el robo.

—¿Por qué se encontraban en la biblioteca? —Quiso saber el agente Malago.

No me ofendí. Su trabajo consistía en hacer preguntas.

—Me han contratado para que catalogue los ejemplares de la biblioteca. George y yo hemos asistido a la charla de esta mañana y se ha quedado a pasar el rato conmigo.

—Ellos no han robado el manuscrito —aseguró Kieran—. Respondo por los dos personalmente.

—Lo mismo digo —se sumó lady Asha.

—¿Qué charla? —preguntó la agente Jonhson.

Dejé que contestara Kieran.

—Mi primo, el doctor Oliver Scott, del St. Aelred, ha dado una pequeña conferencia sobre El manuscrito maldito , entre otras novelas de terror, como parte del simposio del Instituto de Literatura Gótica que se celebra esta semana.

—¿Y la charla trataba sobre el libro que han robado? —Puntualizó el agente Malago.

—Sí, por eso estaba expuesto. Creemos que ha sucedido entre la visita y el momento en que les he abierto la puerta de la biblioteca a Molly y a George, hará una media hora.

—Puso al corriente a los agentes acerca de los actos de la mañana—.

Después de que se fuera todo el mundo, hemos cerrado con llave las dos puertas de la habitación. Mi madre tiene el único juego.

—Pero ¿cómo…? —empezó a decir la agente Jonhson.

—Suponemos que han salido por la ventana. —Apunté—. Esa no estaba encajada del todo.

—Hemos notado corriente al entrar —añadió George.

Los agentes se acercaron y echaron un vistazo fuera, igual que habíamos hecho nosotros poco antes. Aunque no dijeron nada, sus caras parecían confirmar mi teoría. ¿Quién había robado el manuscrito?

—¿Disponen de la lista de asistentes de esta mañana? ¿O de una hoja de inscripciones?

Yo no me había apuntado en ninguna parte, pero eso no quería decir que los demás no lo hubieran hecho.

—¿Tú firmaste, George?

Negó con la cabeza.

Todo el mundo miró a Kieran y a lady Asha.

—Pues no lo sé. —Kieran sacó el móvil—. Le enviaré un mensaje a Oliver para preguntarle.

Los agentes examinaron la caja rota.

—¿Siempre guardaban aquí el manuscrito? —Quiso saber la agente Jonhson.

Lady Asha imitó la negativa de George.

—Por lo general, lo tenemos a buen recaudo. Solo lo hemos sacado esta mañana para el acto. —Hizo una mueca—. Gran error.

—¿Cómo ibas a saberlo, mamá? —Trató de animarla Kieran—. Quienquiera que lo haya hecho ha sido rápido. La visita no se anunció hasta el final de la charla de Oliver.

Eso era cierto. Era imposible que lo supiera de antemano, así que el ladrón había ideado el robo a la velocidad del rayo. Quizá desfiló por delante una vez y luego volvió a ponerse a la cola.

—No hay cámaras aquí dentro, ¿verdad? —preguntó el agente Malago, paseando la mirada por el techo.

Lady Asha lanzó una risita de incredulidad.

—Claro que no. Fuera sí, en las entradas. La casa no está abierta al público, por lo que no son necesarias dentro. —Se cruzó de brazos y frunció el ceño—. Bueno, al menos hasta ahora.

—Y siguen sin serlo, mamá —aseguró Kieran—. Tenemos instaladas alarmas en las puertas y las ventanas de la planta baja.

—Que hemos apagado esta mañana —apuntó su madre—. Por eso han podido salir por la de la biblioteca sin que sonasen.

Estaba claro que el robo de El manuscrito maldito se había llevado a cabo durante un margen de tiempo muy pequeño.

En ese momento, sonó el móvil de Kieran.

—Oliver. —Contestó y se alejó un poco—. Tengo malas noticias: han robado el manuscrito.

—Una pausa—. Sí, en serio. La policía está aquí.

Necesitan una copia de la lista de asistentes, si es que tenéis.

—Poco después se reunió de nuevo con nosotros—.

Tiene la lista de asistentes que se apuntaron por internet y la de inscripción de esta mañana.

—También queremos hablar con el doctor Scott —dijo la agente Jonhson—. Ya nos las dará entonces.

Kieran les facilitó los datos de su primo. Los agentes sacaron fotos, buscaron huellas, sin éxito, e hicieron algunas preguntas más. Luego, se fueron.

Lady Asha se dejó caer en un sillón con aire derrotado y se llevó una mano a la frente.

—No puedo creerlo.

Yo tampoco, y encima tenía que plantearle otro tema delicado.

—Como sabe, acabo de empezar con el trabajo de catalogación. —Cogí Cumbres borrascosas —. Si esto es un ejemplo de lo que tienen aquí, entonces esta colección posee un valor incalculable. Lamento decir esto, pero ¿sabría decirme si cree que falta algo?