El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo seis #2
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Capítulo seis #2

Una de las armaduras que había junto a la pared se había desplomado y el yelmo rodaba por el suelo hasta que se detuvo cerca de los pies de Oliver, que, sin perder la compostura, lo recogió.

—¿Esto es cosa suya, lady Asha? —preguntó, alzándolo—. No podría haber pedido una presentación más adecuada para mi charla, «Objetos malditos en la literatura gótica».

Todo el mundo rio y, cuando Oliver subió al estrado, se dispuso a escuchar.

—¿Qué te ha parecido? —le pregunté a George cuando se acercó a mí tras la conclusión del acto—. Yo he aprendido un montón. Me ha gustado la manera en que ha explicado lo de los temas más habituales.

Oliver había comparado el codiciado manuscrito, Las divagaciones de un monje , con La piedra lunar de Wilkie Collins y La pata de mono , el relato corto de W.

W. Jacobs. Los objetos ejercían una atracción irresistible, bueno, la pata de mono por su supuesto poder, apelaban a los peores instintos de los seres humanos y conllevaban el merecido castigo.

También había tocado otros tópicos como la ambientación y la meteorología de la novela gótica, además de los personajes excéntricos y esa atmósfera en la que siempre amenaza el peligro.

—A mí también —dijo George, enseñándome las anotaciones que había tomado en su libreta—. Ahora leeré mucho mejor informado. —Echó un vistazo a su alrededor y se percató de que la gente estaba haciendo cola en el fondo de la sala—. ¿Vas a ir a ver el manuscrito?

—Quizá luego. Kieran me lo enseñó el otro día, así que no hace falta que entorpezca el avance.

—Qué suerte —dijo George con envidia—. ¿Violet me ha dicho que estás catalogando la biblioteca?

—Pues sí. Ay, George, te va a encantar. Tienen muchísimas primeras ediciones, adquiridas recién salidas de imprenta. —Se me ocurrió algo—. Si tienes tiempo, te haré una visita guiada.

Estaba segura de que a los Scott no les importaría. Kieran apreciaba mucho a George.

El hombre sonrió complacido.

—Me encantaría, ya lo creo. Bueno, será mejor que me ponga a la cola. Nos vemos luego.

Se dirigió hacia el grupo que esperaba para ver El manuscrito maldito .

Me acerqué a la mesa de los refrigerios. Daisy iba recogiendo lo que podía mientras la gente escogía entre lo que quedaba.

—¿Ya te vas?

—Sí. —Metió los platos y las servilletas que habían sobrado en una bolsa grande—. ¿Nos vemos en la ciudad?

—¿Y si nos tomamos una cerveza luego en el pub ? —Me vendría muy bien desconectar un poco y charlar un rato con mi mejor amiga—. Tengo un montón de cosas que contarte.

Daisy echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie las oía.

—¿Sobre Thad? La policía me ha llamado antes. Quieren volver a tomarme declaración.

Asentí.

—Kieran y yo estuvimos en la universidad hablando con la policía casi hasta medianoche. Y conocimos a varios amigos de Thad. Que hoy están aquí.

—¿Alguna teoría? —preguntó Daisy—. Ya sé que aún es pronto, pero… —Apiló tres montañas de vasos desechables y los lanzó al interior de la bolsa.

—Más o menos. —Lo único que sabía hasta el momento era que Thad acosaba a Amy, pero ese no era el lugar donde comentarlo—. ¿Quieres que te eche una mano? —me ofrecí, un poco tarde. Daisy vaciló. En respuesta, rodeé la mesa y dejé mis bolsas en el suelo—. ¿Qué hago?

—Gracias, Molly. —Me tendió un recipiente de plástico—. Empieza con las pastas y deja lo que no quepa.

Entre las dos recogimos enseguida la mesa del catering y lo metimos todo en bolsas que apilamos en dos carretillas. La sala había quedado prácticamente vacía, aunque alguna persona la cruzaba de vez en cuando. Todo el mundo debía de estar en la biblioteca.

—Acercaré la furgoneta —dijo Daisy, haciendo tintinear las llaves—. Vuelvo enseguida.

Saqué el móvil y me senté en la silla que tenía más cerca para echar un vistazo a los mensajes. También le hice una foto a la sala y la publiqué en la cuenta de las redes sociales de la librería. «Donde empezó todo. #Elmanuscritomaldito #InstitutoLiteraturaGótica».

—¿Ya no queda nada?

Wesley Wright se había detenido delante de la mesa vacía. Iba medio despeinado, llevaba una de las puntas del cuello de la camisa vuelta hacia arriba y tenía los ojos enrojecidos. Era el ejemplo perfecto de alguien que ha pasado una mala noche, e imaginé la causa.

—Lo siento, acabamos de recoger —dije. Dejó escapar un gruñidito y me apiadé de él. Eché mano al recipiente de scones y abrí la tapa—. Ten.

Cogió uno con dedos torpes.

—Gracias. —Se apartó el pelo de los ojos y le dio un mordisco—. ¿Te conozco de algo? —preguntó después de tragar.

—Estaba con Oliver anoche.

Lo dejé ahí.

—Ah, claro. —Se metió el resto del scone en la boca—. Thad. —Hizo una mueca y parpadeó como si quisiera evitar las lágrimas—. No puedo creer que haya muerto.

—¿Vuestras habitaciones estaban cerca? —pregunté para confirmar mis deducciones.

—Justo al lado. —Tragó saliva—. Era mi primo.

Inhalé con brusquedad. Thad y él eran parientes además de amigos.

—Lo siento mucho.

—¿Wesley? —lo llamó Amy desde la entrada del fondo de la sala—. Si no te das prisa, te perderás la exhibición.

Me sonrió torciendo el gesto.

—Será mejor que espabile. Nos vemos.

Se alejó arrastrando los pies para reunirse con Amy.

Daisy no tardó mucho en volver y cada una empujó una carretilla. Fuera, cargamos la furgoneta y Daisy cerró las puertas dobles.

—Bueno, Molly, será mejor que me vaya. Envíame un mensaje luego, cuando estés libre.

—Vale. A ver si hay suerte y nos ponemos al día.

Me quedé allí un momento, al aire fresco, muy fresco, de la mañana, viendo cómo cruzaba el antiguo puente levadizo y se alejaba por el camino.

El gélido sol de finales de otoño bañaba las almenas, y una pequeña bandera se agitaba al viento.

Una sensación de intemporalidad, de una vasta historia que se extiende durante siglos, se instaló a mi alrededor.

Todos teníamos nuestro pequeño momento y ese era el mío: una bibliotecaria de Vermont disfrutando del privilegio de organizar y conservar grandes obras literarias mientras disfruta en lugares increíbles, como el patio de Hazelhurst House.

A diferencia de Thad, cuya vida se había truncado antes de tiempo y de manera tan abrupta. Qué trágico e injusto.

A mi espalda, las puertas dobles se abrieron y los asistentes al simposio empezaron a salir, charlando y riendo. El acto había terminado, lo que significaba que debía buscar a Kieran. Después de comer, me instalaría en la biblioteca y continuaría con mi trabajo.

En el gran vestíbulo, Kieran y cuatro personas más que se habían ofrecido a echar una mano estaban apilando las sillas y llevándose el estrado y las mesas.

—Según mi madre, la comida estará lista en diez minutos —me informó tras parar un momento.

Consulté la hora en el reloj de pie. Ya era casi mediodía.

—Será mejor que vaya a buscar a George. Le prometí que le enseñaría la biblioteca.

—Dile que se quede y ya lo hacéis luego —propuso Kieran—. A mi madre le cae muy bien, seguro que no le importará.

George sabía ganarse a la gente.

—Vale.

Atravesé la sala para ir en busca de mi amigo.

Tras una deliciosa comida a base de crema de guisantes elaborada con jamón del lugar, Kieran nos acompañó a la biblioteca. La habían cerrado después de que los asistentes a la charla vieran el manuscrito, y él tenía las llaves.

Esperamos en silencio mientras la buscaba entre el manojo.

—Ah, es esta. —Giró la llave de latón en la cerradura y abrió la puerta—. No tardaré mucho en volver a la ciudad, George, lo digo por si quieres que te lleve.

—Eso estaría bien —contestó este—, iba a coger el bus.

—No hace falta. Si quieres, quédate aquí con Molly y luego me paso a recogerte.

Kieran se despidió con un gesto de la cabeza y se marchó, dejándonos solos.

—¿Por dónde empezamos? —pregunté en voz alta mientras avanzábamos por la alfombra. Dejé el portátil en la mesa—. Como ves, la biblioteca está dividida en secciones por temática. Estas son las obras de ficción. —Lo que le interesaba—. Los libros están más o menos en orden alfabético por autor.

George caminaba tranquilamente detrás de mí. Su cara de bonachón era incapaz de disimular su asombro.

—Esta habitación es como una cápsula del tiempo. Un testimonio del amor de una familia por los libros a lo largo de la historia.

—Eso me ha gustado. —Sin duda alguna, las elecciones de los Scott a la hora de coleccionar libros podrían tomarse como una crónica sobre los gustos y los intereses de los británicos cultos a lo largo de los siglos. Señalé una sección—. Ahí están las hermanas Brontë, por si quieres echar un vistazo.

Se acercó al estante, esta vez con más veneración que asombro, y extrajo el tomo más antiguo con sumo cuidado, un ejemplar de Cumbres borrascosas .

—Es una primera edición, desde luego. Publicado con el nombre de Ellis Bell.

—¿Y si enciendo el portátil? Esa podría ser la primera entrada.

El catálogo permitía la búsqueda tanto por autor como por clasificación, así que no importaba el orden en que introdujera los registros.

Volvía a la mesa cuando noté una corriente de aire frío, aunque, por mucho que miré a mi alrededor, no fui capaz de averiguar de dónde procedía. ¿De la chimenea? Lo dudaba.

—¿Alguien se ha dejado una ventana abierta? —preguntó George—. Hay corriente.

—Puede. —Me acerqué a las que tenía más cerca, que estaban cubiertas por largos cortinajes para proteger los libros de la luz de sol—. Aunque no sé por qué iban a abrirlas con el tiempo que hace. —Cuando retiré la cortina, descubrí que estaban entornadas—. ¿A quién se le ocurre?

Las cerré.

Cuando regresé junto a mi mesa, me percaté de que había una caja de cristal encima de otra, un poco más allá, y supuse que sería donde habían expuesto El manuscrito maldito .

—Kieran ha guardado el manuscrito, ¿verdad? —pregunté.

George volvió la cabeza.

—Pues no lo sé.

Me fijé mejor. El cristal de la parte trasera estaba roto y la cerradura se veía en la mesa.

La ventana abierta, la caja vacía y el cristal roto conducían a una conclusión espantosa: habían robado El manuscrito maldito .