El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo seis
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Capítulo seis

CAPÍTULO SEIS

— V aya, menudo casoplón. —George lanzó un silbido largo y grave cuando nos acercamos a Hazelhurst House—. Es como entrar en un libro.

Sentado junto a mí en el Cortina, George aferraba entre las manos su ejemplar de El manuscrito maldito . También había llevado una bandolera que contenía una libreta, bolígrafos, una cantimplora de agua y un paquete de galletas McVitie’s, sus preferidas.

—No lo habría dicho mejor —convine, aunque en mi caso el libro se parecía más a Cenicienta que a un relato de terror gótico. Aún me pellizcaba de vez en cuando pensando «¿De verdad estoy saliendo con un miembro de la… aristocracia?». Era muy raro.

Reduje la velocidad aún más cuando cruzamos el puente del foso. La gente dejaba el coche más adelante, en una pequeña zona de grava, y eché un vistazo buscando un sitio.

Por fin encontré uno y aparqué, aunque por lo visto el Mini Cooper que venía detrás le había echado el ojo al mismo hueco y el conductor pasó por mi lado escupiendo grava en dirección a la zona congestionada que había un poco más adelante.

George sacudió la cabeza, desaprobando una conducción tan temeraria.

—Será mejor que la pintura no tenga ni un arañazo, lanzando piedras de esa manera.

—Eso espero yo también.

Cada vez que conducía aquella preciada reliquia, rezaba para devolverla sin un rasguño. El coche me sacaba más de una década.

Cuando nos bajamos, George le echó un buen vistazo al Cortina y gruñó satisfecho.

—Todo correcto.

En ese momento, vio que la conductora del Mini se acercaba a pie y quiso fulminarla con la mirada. Se trataba de Sophie Verona, quien apenas nos dedicó un vistazo antes de dirigirse hacia la mansión con paso decidido.

—Es la doctora Verona, del St. Aelred —informé a George después de aminorar el paso hasta asegurarme de que la mujer se encontraba lo bastante lejos para no oírnos—. Está a cargo del simposio, y Thad era su ayudante.

Durante el trayecto en coche, había puesto a George al día acerca del asesinato y de mi implicación involuntaria en el asunto. Era la tercera vez que soltaba ese día el mismo rollo.

George asintió en actitud reflexiva.

—Ah, ya veo. Tiene muchas cosas en la cabeza, ¿no?

—Diría que sí. —Apreté el paso—. Cambiando de tema, ¿qué tal el libro? —Señalé El manuscrito maldito con la cabeza—. Yo lo empecé anoche.

—De momento, bien —dijo George. Estábamos cruzando el puente y, cuando llegamos al otro lado, susurró—: Caramba.

En otra época, había servido de puente levadizo.

Atravesamos un arco gigantesco y entramos en un patio.

En verano, había asistido a la fiesta que se había celebrado allí mismo, con sus carpas, mesas, maceteros y un cuarteto de cuerda, pero en ese momento solo había un par de vehículos aparcados cerca de la entrada principal, frente al arco.

En los escalones, un joven le sujetaba la puerta a su acompañante femenina.

Un instante después, me di cuenta de que se trataba de Josh Blake y Amy O’Donnell, ambos con vaqueros, como todo el mundo.

Ella llevaba un jersey largo color lavanda que hacía resaltar su melena morena, mientras que él se había puesto un polar verde con la cremallera subida hasta el cuello.

Por lo visto, los sucesos de la noche anterior habían hecho que estuviera mucho más atenta a lo que la gente escogía para vestirse.

¿Reconocería la chaqueta del asesino si la viera?

—¡Hola! —los saludé, apretando el paso—. Molly Kimball —añadí cuando se volvieron con idénticas caras de desconcierto—. Nos conocimos anoche, en el St. Aelred.

—Ah, Molly. —El rostro de Josh se despejó—. Me sonabas, pero…

—Eh, era de noche y había poca luz. —Y todos estábamos conmocionados por la agresión de Thad—. Este es George Flowers —lo presenté—. Un gran aficionado a la literatura gótica.

—Mi campo de estudio se centra en las hermanas Brontë —dijo George, adoptando un acento tan afectado como el de cualquier académico engreído—. Aunque estoy ampliándolo para incluir a Selwyn Scott y a otros autores anteriores.

Habíamos cruzado la puerta y nos encontrábamos en el gran vestíbulo, que ofrecía el aspecto de una auténtica fortaleza medieval.

Armaduras. Paredes revestidas de madera de nogal.

Tapices y una chimenea lo bastante grande para asar el típico buey.

Las hileras de sillas plegables colocadas en medio de la sala indicaban que era allí donde se celebraría la charla.

—Me encantan las Brontë —dijo Amy—. ¿Ha estado en Haworth?

Efectivamente, en verano. George y Amy entablaron una animada conversación sobre el pueblo natal de las Brontë mientras nos acercábamos con paso tranquilo hacia el resto de la gente.

Oliver se encontraba cerca del estrado, hablando con lady Asha y Sophie Verona, mientras un grupo de unos cincuenta asistentes escogía asiento o echaba un vistazo al refrigerio que habían dispuesto a un lado, entre ellos Wesley Wright, el chico del St. Aelred.

Para mi sorpresa, vi a Daisy detrás de la mesa del bufé.

—Disculpa —le dije a Josh—, acabo de ver a alguien que conozco.

Se echó a reír y me siguió.

—Y yo un scone que lleva mi nombre.

—Tea por suerte, las chicas parecían haber perdido el interés en nosotros y estaban a lo suyo, charlando.

—¿No puedes decírmelo?

—Vamos a exponer el manuscrito original —me anunció en voz baja—. La gente podrá pasar a verlo después de la charla.

—Genial. Les encantará.

Me había embargado una gran emoción cuando contemplé las páginas escritas por Selwyn Scott y estaba convencida de que a un grupo de aficionados a la literatura gótica les ocurriría lo mismo.

Sophie Verona subió al estrado y ajustó el micrófono.

—Buenos días. —Su voz resonó en la estancia de altos techos—.

Bienvenidos al primer acto del año del Instituto de Literatura Gótica.

Hoy nos hallamos aquí reunidos para aprender, disfrutar de nuestro género favorito y pasar un buen rato.

—La presentación fue recibida con unos breves aplausos.

Se aclaró la garganta—. Antes de dar paso al doctor Oliver Scott, quien nos hablará de una novela escrita aquí mismo, en Hazelhurst House, tengo que anunciarles una triste noticia.

El público empezó a removerse en sus asientos y a susurrar, por lo que imaginé que la mayoría de ellos ya sabían lo de Thad.

—Lamento informarles de que Thad Devine, mi ayudante y un verdadero estudioso de la literatura gótica —prosiguió Sophie—, murió anoche tras ser agredido.

—Unos gritos ahogados recorrieron la sala—.

El caso está en manos de la eficientísima policía de Cambridge.

—Cuando la gente empezó a murmurar, levantó una mano—.

Antes de empezar, me gustaría que guardáramos un minuto de silencio en memoria de Thad.

Era un bonito detalle y también una manera de atajar los cuchicheos del público.

Todo el mundo agachó la cabeza y guardó silencio hasta que este se vio interrumpido unos cincuenta segundos después por un estrépito que sobresaltó a todo el mundo.