El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo cinco #2
21%

Capítulo cinco #2

Aunque en esos momentos no lo compartí con nadie más, sentía gran curiosidad acerca de Las divagaciones de un monje .

Según los rumores y las conjeturas que a menudo rodean a los manuscritos raros que tratan sobre cuestiones arcanas, la obra poseía un poder peculiar, del cual se derivaba su título informal, ese que corría de boca en boca, aunque de tapadillo, en el mundo editorial: El manuscrito maldito .

Reconozco que traté de conseguir más información acerca de esos rumores consultando a un viejo librero, un veterano del oficio.

¿A qué se debía exactamente el título del libro?

, le pregunté. ¿Era tan valioso que se había derramado sangre por ser su dueño?

Solo recibí evasivas. Aseguró que ignoraba de qué manera ejercía su poder.

Solo sabía que muchos habían muerto tras entrar posesión del manuscrito, a menudo muy poco tiempo después de incorporarlo a su colección.

Le planteé la cuestión al señor Coates.

—¿No le preocupan los posibles… efectos del libro?

—No es para mí —contestó—. Es un regalo para el conde.

Sé que apreciará esta rara y bella adición a su extensa biblioteca.

—Profirió una sonora carcajada—. Esos rumores supersticiosos únicamente contribuyen a aumentar su atractivo.

¿Cómo va un libro a matar a alguien? Salvo que le caiga en la cabeza.

En retrospectiva, el comentario del señor Coates debería haberme alertado acerca de que ocurría algo que desconocía.

No obstante, por entonces, la oportunidad de contemplar el legendario manuscrito, de examinar semejante joya de ingenio literario, me tenía tan cautivado que de buena gana me avine a acompañarlo.

Partiríamos al cabo de dos semanas, a contar desde ese día.

Algo me llamó la atención de inmediato: el personaje principal era un librero de Cambridge y, teniendo en cuenta que los escritores suelen inspirarse en su vida real, ¿era posible que Selwyn Scott conociera al dueño contemporáneo de Thomas Marlowe?

Era un posible punto de conexión con El manuscrito maldito .

Pensé en el cuartito de la biblioteca, atestado de papeles.

¿Habría contratos de venta de libros? La búsqueda de cualquier tipo de información sobre la compraventa de títulos valiosos e importantes podría resultar muy útil a la hora de tasar la colección.

Solo me habían contratado para catalogarlos, pero quizá lady Asha me dejara husmear un poco más y comprobar si alguno procedía de mi librería o qué miembro de la familia lo había adquirido.

Si Selwyn Scott tenía relación con el librero de entonces, cabía la posibilidad de que mi antepasado apareciera como un personaje.

Con un nombre distinto, por descontado, pero Marlboro se parecía bastante a Marlowe.

Me incorporé y cogí una libreta y un boli.

En lo alto de la página escribí «¿Quién es Selwyn Scott?

» y apunté los nombres de Samuel, Frances y Agatha Scott debajo.

Primer paso: «Buscar contratos de venta de libros adquiridos.

¿La relación con Thomas Marlowe podría ser relevante?

». En esos momentos, solo era una teoría.

Le eché una última ojeada al móvil antes de apagar la lamparita. Oliver aún no me había enviado nada sobre el proyecto de investigación, lo cual no me sorprendía. Esa noche tenía otras cosas más urgentes en la cabeza.

El tentador aroma de las salchichas del desayuno me sacó poco a poco del sueño. Eso y Puck dándome con la patita en la nariz. ¿Qué importaba que yo solo hubiera dormido seis horas y que tuviera la cabeza embotada? Su plato estaba llamándolo.

—Para. —Abrí los ojos a regañadientes y me encontré su hocico prácticamente pegado a mi nariz—. Ya me levanto, ¿vale?

Bajó de un salto con un golpe sordo, desproporcionado para su peso, y corrió a la puerta. Mucho más lenta, me incorporé en la cama, retiré las mantas y alargué la mano hacia la bata de cuadros. Me calcé las zapatillas de borreguillo.

Con Puck a la cabeza, descendí la escalera con pasos pesados y giré hacia la derecha para entrar en la cocina.

La alargada habitación, caldeada por una antigua cocina AGA , era el lugar en el que pasábamos el rato durante las horas libres.

Además de la extensa mesa de madera con espacio para ocho personas, la estancia también disponía de un par de sillones y un sofá blando que creaban una zona de descanso.

La cesta de hacer punto de tía Violet indicaba cuál era su sillón y en los brazos del sofá había libros a medio terminar, míos y de mi madre.

—Buenos días —me saludó esta última, volviéndose hacia mí con una sonrisa—. El café está listo.

Una de nuestras primeras aportaciones a la cocina había sido una cafetera de émbolo. No podíamos pasar sin café.

—Genial. ¿Puedo ayudar en algo?

Me indicó que no con una mano y, mientras yo retiraba una silla para sentarme, me trajo una taza humeante.

—¿Qué tal anoche?

«Anoche». Una sucesión de imágenes pasó por mi cabeza a toda velocidad. Thad tendido en el suelo. El puñal ensangrentado. El interrogatorio de la policía. La terrible noticia de la muerte del joven.

—Claro, que no lo sabes —dije.