Capítulo cinco
CAPÍTULO CINCO
L a primera parte del camino a casa transcurrió en silencio.
Emocionalmente, estaba tan hecha polvo que casi me tambaleaba.
Pasaba de la medianoche y las calles se veían bastante desiertas a esas horas; solo muy de vez en cuando se oía un petardo a lo lejos.
Salvo por unos cuantos estallidos de color que había vislumbrado por encima de los tejados, me había perdido la mayor parte de la celebración de la noche de las hogueras.
«Y tropezado con otro asesinato». Ojalá Oliver se hubiera presentado en el Magpie.
Esa noche no nos habríamos acercado siquiera al St. Aelred y me habría enterado de lo de Thad por las noticias.
Aunque, como su tutor, el primo de Kieran se habría visto afectado de todas maneras.
Y, además, se encontraba en el epicentro de nuestros problemas.
Pese al momento tierno del banco, Kieran volvía a mostrarse distante y tenía los ojos vidriosos por el cansancio.
Y por el pesar, dado que conocía a Thad.
De ahí que sacar a relucir dichos problemas quizá no fuera lo más acertado, al menos de momento.
Sobre todo teniendo en cuenta que él no había dicho nada y que solo me guiaba por mi intuición, como una ráfaga de aire frío colándose por el resquicio de la puerta.
Magpie Lane, por fin. Aminoramos el paso a medida que nos acercábamos a la tienda de bicis.
—¿Quieres subir, Molly? —me preguntó—. Igual nos vendría bien una copa, ¿no crees?
Aunque la familia de Kieran vivía en una mansión increíble a pocos kilómetros de allí, él se alojaba en un apartamento situado encima de la tienda. Según me había contado, le gustaba la independencia y los pocos problemas que daba encargarse de un lugar tan pequeño.
—No estaría mal —reconocí, y lo seguí hasta la puerta de la escalera, en uno de los laterales del edificio.
La abrió, encendió la luz y luego se hizo a un lado para dejarme pasar.
Al subir las escaleras, te topabas con una vivienda amplia de un solo espacio, con un dormitorio y un baño al fondo a la izquierda.
La casa y la tienda no eran tan antiguas como la librería, pero el apartamento tenía elementos muy bonitos, como las vigas gruesas, los suelos de madera de tablones anchos, las paredes de ladrillo visto y un balcón, en el que habíamos pasado alguna que otra noche cuando hacía mejor tiempo, cenando y bebiendo cerveza.
Me quité los zapatos de una patada y me senté en el mullido sofá mientras él se dirigía a la cocina.
—¿Cerveza o chupito? —preguntó—. Tengo whisky irlandés y escocés.
—Pues probaré el irlandés.
Una cerveza antes de irse a la cama era ingerir demasiado líquido.
—No es tan bueno como el de Oliver —me avisó mientras lo servía en dos vasitos—. Él entiende más de estas cosas.
La mención de su primo me daba pie a sacar el tema, pero esperé a que estuviera a mi lado, en el sofá y me tendiera la bebida.
Nos instalamos cada uno en su rincón, con las piernas estiradas y los pies casi tocándose.
Levanté mi vaso a modo de brindis y bebí un sorbo, agradeciendo el ardor en la garganta y el pecho.
—Kieran.
—Lo siento.
Los dos habíamos hablado al mismo tiempo. Reímos.
—Tú primero —dije aliviada.
Clavó la mirada en el vaso que sujetaba en la mano.
—Estoy preocupado por Oliver.
Me había preparado para recibir una crítica, pero eso no me lo esperaba.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—Tú lo oíste igual que yo. —Apretó los labios—. Estaba muy enfadado con Thad por fastidiarle el ascenso.
O sea que a él también le inquietaba la amenaza.
—Ya, pero parece ser que había mucha gente bastante molesta con Thad. Además, Oliver solo se desahogaba.
Me miró y vi que le brillaban los ojos, esos ojos castaño oscuro.
—¿Tú crees? —Luego, sacudió la cabeza—. A veces es muy impulsivo. Y tiene mal genio. Lo echaron de varios internados, ¿sabes? Sus pobres padres temían que lo siguiente fuera la cárcel.
Comparé las imágenes que evocaban sus palabras con lo que conocía del Oliver adulto. Era bien parecido, rebosaba energía y parecía que encaraba con mucho optimismo lo de dar un cambio de rumbo a su carrera y hacerse escritor.
—Admito que lo conozco desde hace muy poco —dije—, pero esta noche ha mantenido la compostura bastante bien.
Kieran asintió.
—Sí, ¿verdad? —Tras pensarlo un momento, añadió—: Siento haberme enfadado contigo. Por sacar a relucir lo de su chaqueta, me refiero. Pensé… que igual había sido él. —Arrugó la nariz—. No puedo creer que lo haya dicho en voz alta.
Apuró su copa como si quisiera arrastrar sus palabras con el whisky .
—Bueno, supongamos que tienes razón.
Levantó la barbilla de inmediato, boquiabierto.
—Espera, déjame acabar. Has dicho que es impulsivo y que tiene mal genio.
O que antes era así. Eso no me cuadra con el Oliver que hemos visto esta noche.
¿Tú lo viste preocupado o nervioso cuando se presentó en la puerta?
No. Si fuera culpable, ¿habría identificado el arma homicida y conducido a la policía hasta la vitrina del comedor? Una vez más, no.
Tamborileó con los dedos en la rodilla, reflexionando sobre lo que acababa de decir.
—Tienes razón. El antiguo Oliver habría perdido los estribos y habría salido corriendo. No le habríamos visto el pelo durante un tiempo y luego habría vuelto a rastras, avergonzado y lleno de remordimientos. Sería más probable que confesara en lugar de fingir que era inocente.
—Tú lo conoces mejor que nadie —dije—, así que quédate con eso en el caso de que la policía se centre en él.
Kieran dejó el vaso en la mesita de café y se acercó un poco más a mí.
—Ahora sé cómo te sentiste cuando consideraron sospechosa a tía Violet. —Se llevó una mano al estómago—. Dan ganas de vomitar. Es como si te hubieran puesto el mundo del revés.
—Sí, fue precioso —comenté con tono sarcástico—. Siento que tengas que pasar por esto. Además, conocías a la víctima. —Coloqué mi vaso en la mesa y le toqué la rodilla—. Lo siento.
Nuestras caras estaban cerca y, tras un momento colmado de dulzura, me besó. Para mi enorme alivio, la distancia entre los dos había desaparecido y volvíamos a estar como siempre. Es decir, enamorados y muy muy felices. Incluso con un asesino suelto.
Más tarde, cuando por fin llegué a la librería a las tantas de la noche, repasé los estantes en busca de un ejemplar de El manuscrito maldito , rezando para que George no hubiera comprado el último que teníamos.
No lo había leído, de hecho, desconocía muchas de las primeras obras que formaban el canon de la literatura gótica, y tenía ganas de zambullirme en él.
Siempre era emocionante descubrir y explotar nuevas y profundas vetas literarias.
Teníamos varias ediciones y escogí la que estaba en peor estado, la menos valiosa de todas.
Luego, con Puck pegado a mis talones y un vaso de agua en la mano, subí a mi habitación.
En cuanto estuve entre los almohadones de plumón y las mantas, con Puck ronroneando a mi lado, abrí el libro, llena de emoción.
Además de disfrutar de la historia, esperaba descubrir alguna pista sobre la verdadera identidad de Selwyn Scott.
Todos los escritores dejaban un rastro de su personalidad, su actitud vital y su visión del mundo en su obra.
Era algo inevitable y distintivo, como las huellas dactilares.
El manuscrito maldito
Me llamo Matthew Marlboro y soy librero de oficio, un humilde vendedor de libros dueño de un modesto establecimiento asentado en la ciudad de Cambridge, a pocos pasos de las puertas del Trinity College.
Pese a las reducidas dimensiones de mi negocio y de las limitadas mercaderías con las que comercio, gracias a la Providencia y a mi completa entrega, tengo fama de obtener los mejores manuscritos e infolios.
Libros raros y únicos, algunos impresos de manera artesanal, que versan sobre temas que van de lo esotérico a lo religioso o incluso lo mágico.
Mis clientes saben que nunca hago partícipe de sus solicitudes ni de sus adquisiciones, o de sus deseos de desprenderse de algún ejemplar de su colección personal, a nadie.
Es esta discreción que me precede la que, a mi entender, me llevó a embarcarme en la empresa más ardua, compleja y peligrosa que he vivido hasta la fecha. Una aventura que casi me costó la vida, cuando no la cordura.
A finales del invierno, vino a visitarme un caballero llamado Dudley Coates, sobrino del conde de Mercia.
Pese a haber tenido tres esposas, el conde continuaba sin descendencia, de modo que el señor Coates se postulaba como el presunto heredero y, si bien yo lo ignoraba por entonces, dicha herencia subyacía a la petición de que lo asistiera en la obtención del único ejemplar que existía de Las divagaciones de un monje , una obra escrita alrededor del año mil en un monasterio de la remota y montañosa región del Piamonte, en Italia.
Cuando le pregunté por qué creía que el manuscrito estaba disponible, el señor Coates contestó que ya había pasado por varias manos desde que el monasterio viviera tiempos difíciles; extremo del que me encontraba al corriente, pero en ocasiones prefiero fingir ignorancia a fin de averiguar cuán profundos son los conocimientos de un cliente.
En esos momentos, el dueño era un noble que vivía en Malvagio, me confió, lo cual confirmó lo que yo tenía entendido.
Gracias a sus contactos, se había enterado de que el libro estaba a la venta y quería que lo acompañara hasta allí para que representara sus intereses y negociara la adquisición.
No soy de los que se aventuran lejos de su cubil, con sus pilas de libros y su olor a tinta, papel y cuero, aunque viajo anualmente a Londres y he visitado París en un par de ocasiones.
No obstante, por fin había contratado a un ayudante, de modo que una ausencia prolongada no afectaría al negocio habitual.