Capítulo tres #3
—Eso. —Su primo señaló un espacio vacío en el segundo estante, junto a una vaina de plata repujada—. Falta el puñal del juego. Escandinavo, hoja de hierro, con una guarda cruzada de plata y adornos de pedrería.
—¿Como la que Daisy ha encontrado en la calle?
—pregunté al tiempo que cierta desazón me ofrecía la respuesta.
El puñal que faltaba parecía confirmar que el apuñalamiento de Thad estaba relacionado con la universidad y que o bien lo había cometido un alumno, o bien un miembro del profesorado o del personal.
—Exacto. —Oliver se puso recto—. Será mejor que dé parte de esto. A la policía y al rector.
Kieran continuó estudiando la vitrina.
—¿El armario estaba cerrado con llave? —preguntó, aunque se contestó él mismo a continuación—. La cerradura está rota. ¿Ves?
Su primo la examinó con atención y, acto seguido, le hizo una foto con el móvil, tanto a la cerradura como al armario vacío.
—No sé vosotros, pero ahora sí que necesito esa copa. Vamos. Llamaré desde mi despacho.
No dejaba de darle vueltas a la cabeza mientras seguíamos a Oliver a otra parte de la universidad y subíamos por una escalera hasta su despacho, situado en una sala que compartía con el resto de su departamento.
¿Quién había agredido a Thad? ¿La sorpresa de Oliver había sido sincera cuando vio el puñal en la calle?
¿Sabía desde el principio de dónde procedía?
—¿Todo bien? —me susurró Kieran mientras avanzábamos por el pasillo del piso superior.
—Sí, estoy bien.
Me alivió que me preguntara. A lo mejor no estaba molesto conmigo por haber hecho que la policía se fijara en la chaqueta de su primo.
—Por fin en casa —dijo Oliver con una sonrisa forzada cuando encendió la luz.
Aunque el despacho no era muy grande, parecía acogedor, con ventanas altas de barrotillos, paredes revestidas de madera, una pequeña chimenea y librerías empotradas.
Oliver se sentó ante el mastodóntico escritorio y abrió un cajón—.
Si dejo la enseñanza, echaré de menos esta habitación.
—Lo entiendo —comenté. Me ocurría lo mismo con la tienda, con la que compartía el mismo aire evocador.
Oliver dejó una botella de whisky irlandés sobre el vade junto con varios vasitos desechables. Abrió la botella y la sostuvo sobre el primer vaso.
—¿A quién le apetece un trago?
El whisky no me entusiasmaba, pero dije que sí de todas formas, igual que Kieran. Después de pasarnos nuestras bebidas, alzó la suya para hacer un brindis.
—«¿Qué es beber? Una mera pausa entre una idea y otra». Lord Byron. —La acercó a los labios y la apuró de un trago, Luego dejó el vaso en la mesa y cogió la botella—. ¿Otro?
La tendió hacia mí con mirada inquisitiva. Aún estaba saboteando mi primer sorbo de gusto suave y turboso y negué con la cabeza. Quizá mi problema con el whisky residiera en la calidad, no en el licor en sí.
—Yo tampoco, gracias —dijo Kieran. Arrugó su vaso vacío y lo tiró a la papelera.
Después de apurar el segundo trago, Oliver suspiró hondo y levantó el auricular del teléfono que había en la mesa.
—Primero, el rector. No me apetece nada, os lo aseguro.
Kieran se volvió hacia mí.
—¿Y si salimos para que pueda hablar tranquilo?
Aunque quería ver cómo informaba a la policía acerca del puñal, asentí antes de beber el resto del whisky . La conversación con el rector no era asunto nuestro y seguro que sería delicada. Cuando se supiera lo de la agresión, enseguida se armaría un buen alboroto en la universidad.
Paseamos arriba y abajo por el pasillo, fingiendo que nos interesaban los retratos y los paisajes deslustrados que cubrían las paredes a intervalos.
Pese a la pregunta anterior de Kieran, no me dirigió la palabra ni me tocó, cosa poco habitual entre nosotros.
Por lo general, nos sentíamos atraídos como imanes siempre que nos quedábamos a solas.
La distancia que se había instalado entre nosotros me dolió, pero no era el momento ni el lugar para hablarlo, cosa que sin duda haría, en cuanto tuviera ocasión.
Si Kieran tenía algún problema conmigo, quería abordarlo de frente, sacarlo a la luz y ponerlo en claro.
Tres clichés seguidos, pero venían al pelo.
No se me da bien adivinar qué piensa o siente la gente.
Oímos unos pasos apresurados en la escalera. Kieran y yo nos volvimos y vimos a una mujer joven que se acercaba con presteza por el pasillo. Era alta y delgada, vestía vaqueros y zapatillas de deporte y llevaba el pelo recogido en una larga coleta de color castaño.
—Hola —nos saludó—. ¿Oliver anda por aquí?
Tenía un ligero acento… ¿italiano?
—Está en el despacho —contestó Kieran—. Aunque yo esperaría. Está hablando con el rector.
—¿Sobre Thad? —Así que ya lo sabía—. No me extraña que no responda.
¿A quién se refería? ¿A Thad o a Oliver?
—Disculpad.
La mujer siguió adelante, obligándonos a apartarnos de su camino , y llamó tres veces a la puerta de Oliver, con contundencia.
—Es la policía —le anunció cuando este asomó la cabeza, contrariado—. Preguntan por ti en la oficina del bedel.