El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo tres #2
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Capítulo tres #2

Sentí la tentación de pedirle que me contara algo más sobre sus problemas con los demás alumnos, pero me contuve. No quería que la brecha entre Kieran y yo se convirtiera en un abismo.

Los estudiantes vivían en el patio siguiente, un amplio césped rodeado por edificios de tres plantas con ventanas de cuarterones y enredaderas. Oliver se dirigió al más cercano y repasó las ventanas para distinguir una luz en alguna de ellas.

—Parece que hay alguien en casa.

Tan pronto como terminó de decir aquello, una sombra pasó por delante de una que no tenía echadas las persianas ni las cortinas.

Oliver sacó el móvil y envió un mensaje.

—Wesley es otro de los alumnos a los que les hago de tutor. —Tras un momento, añadió—: Ahora baja para dejarnos entrar.

La puerta exterior se abrió al cabo de poco y tras ella apareció un joven de melena rizada y cobriza.

—Doctor Scott, ¿qué ocurre?

Era muy delgado, desgarbado, y vestía una camiseta raída de los Sex Pistols y unos vaqueros gastados. Pese al frío que hacía, iba descalzo.

—¿Podemos entrar? —preguntó Oliver—. Wesley Wright, estos son mi primo, Kieran Scott, y su novia, Molly Marlowe. —En realidad me apellidaba Kimball, pero no me molesté en corregirlo—. Se trata de Thad.

Wesley se estremeció como si se hubiera electrocutado.

—¿Thad? ¿Qué ha hecho ahora? —Miró hacia arriba, supuestamente hacia la habitación de Thad—. No lo he visto desde esta tarde.

Una reacción interesante. ¿Lo conocerían por su mala conducta?

—No ha hecho nada —contestó Oliver—. Lo han agredido, cerca de la Master’s Lodge Gate.

Wesley alzó las manos y sus grandes ojos azules estuvieron a punto de salírsele de las órbitas.

—¿Está bien? Ya le dije que hoy era mejor que no saliera. Esta noche la gente solo va por ahí buscando problemas.

Oliver tomó aire y miró a Kieran, como si le pidiera ayuda. Por lo que el chico había dicho hasta el momento, siempre que hubiera sido sincero, me recordé, no sabía nada del apuñalamiento.

De pronto, oímos unas voces procedentes del otro extremo del patio y, a medida que se acercaban, se hizo evidente que pertenecían a un hombre y a una mujer en plena discusión.

—No puedo creer lo que has hecho —dijo ella—. Es mejor que nos tomemos un descanso. Desde ahora mismo.

—Amy, por favor —le rogó él—, no me ha quedado elección. Él no dejaba de acosarte. Alguien tenía que hacer algo.

—Calla —le espetó—. ¿Quieres que lo sepa todo el mundo? Es humillante. —Debió de percatarse de nuestra presencia porque se detuvo en seco y prosiguió en un susurro, que oímos a la perfección—. Genial. Nos ha oído alguien.

Supuse que se desviarían; en cambio, siguieron adelante, hacia la puerta en la que nos encontrábamos. Cuando aparecieron en la lejanía, vi que se trataba de una chica menuda y delgada, de melena oscura y ondulada, y de un joven alto y fornido, de piel morena y facciones marcadas.

—Amy, Josh, ¿qué tal? —los saludó Oliver cuando estuvieron más cerca.

La pareja intercambió una mirada.

—Doctor S., ¿qué hace aquí? —preguntó Josh—. Casi no lo contamos en el parque —añadió con una risa falsa—. Es broma. ¿Se ha enterado de lo de la tienda que ha ardido? Menudo espectáculo. —Agarró a Amy de la mano y esta no se opuso—. Nos hemos separado en la estampida. Por cierto, qué miedo.

—No ha sido uno de los fuegos artificiales de la organización —aseguró Amy—. A alguien se le ha escapado un cohete que ha impactado contra la tela sintética y ¡puf!

—Es increíble que aún los vendan —dijo Josh, sacudiendo la cabeza—. Eso sí que es un peligro. Podría haber muerto alguien.

—Esperad un momento —les pidió Oliver cuando se disponían a pasar junto a Wesley para entrar—. Estaba diciéndole a Wesley que han agredido a Thad esta noche, frente a la Master’s Lodge Gate. Está en el hospital.

Si la policía pretendía utilizar el elemento sorpresa cuando interrogara a los alumnos, ya podían despedirse, aunque lo cierto era que daba lo mismo; si no se enteraban del apuñalamiento por Oliver, tarde o temprano acabarían haciéndolo por los rumores.

Amy ahogó un grito y luego, curiosamente, miró a Josh de reojo.

—¿Cómo que lo han agredido? ¿Le han pegado?

—Tío, qué mal. —Josh parecía preocupado—. ¿Está bien? ¿A qué hospital lo han llevado?

Oliver, por suerte, intentó ser discreto y no entrar en detalles.

—No estoy muy seguro de la gravedad, y supongo que al Addenbrooke, pero lo preguntaremos de todas formas.

—Seguramente ha sido un robo —intervino Wesley—. A no sé quién lo atracaron hace un par de noches en King Street.

—Seguro que querían su teléfono —dijo Josh—, están muy demandados. —Sacó el suyo y empezó a tocar la pantalla—. A ver si el muy canalla contesta. —Lo sostuvo en horizontal, para que todos pudiéramos oírlo—. He puesto el altavoz.

El buzón de voz saltó de inmediato. «Eh, soy Thad. Envíame un mensaje, ¿vale? Odio el buzón de voz».

Wesley se encogió de hombros.

—Es obvio que está apagado. Igual la policía puede rastrearlo. Si se lo han robado, me refiero.

—No miré en los bolsillos, así que no puedo asegurarlo —dijo Kieran.

Amy y Josh volvieron la vista hacia él y luego hacia mí.

—Hola —nos saludó Amy en un tono que llevaba implícito un claro «¿Y vosotros quiénes sois?».

—Kieran Scott —se presentó él—. Soy primo del doctor Scott. Y Molly Kimball.

—Josh Blake —murmuró el joven—. Amy O’Donnell —añadió, señalándola—. Vivimos aquí.

Oliver se apartó de la entrada.

—Claro, ya dejamos que os vayáis. Solo quería pasarme para informaros sobre lo de Thad.

Tras un coro de agradecimientos y buenas noches, continuamos nuestro camino. Poco después, los tres jóvenes habían desaparecido en el interior del edificio y varias luces empezaron a encenderse en los pisos superiores.

—¿Sabes de quién hablaban Amy y Josh? —pregunté—. ¿Alguien ha estado acosándola?

—Sí. —Oliver exhaló un profundo suspiro—. Thad. Amy y él salieron durante un tiempo el año pasado. Ella rompió con él y empezó a verse con Josh. Thad no fue capaz de pasar página.

—Uf. —Yo también había sido víctima de una atención no deseada, por lo que lo comprendía muy bien—. Qué mala suerte que los dos vivan en el mismo edificio.

Que Amy no pudiera librarse de él seguramente solo empeoraba las cosas.

—Son los alojamientos más codiciados que tenemos —añadió Oliver—. Estoy convencido de que ninguno de los dos quiso renunciar a su dormitorio.

—¿Y la universidad no hizo nada al respecto? —preguntó Kieran—. Amy no tendría que aguantar algo así.

Su primo asintió.

—Estoy de acuerdo. Intenté que ella lo denunciara, pero se negó y dijo que era capaz de manejar la situación. —Tras una pausa, añadió—: Thad no tolera bien que le lleven la contraria, por decirlo de alguna manera. No sería la primera vez que se ensaña con alguien que lo contradice.

¿Thad habría empujado a alguien hasta el límite? La agresión podría pasar por un robo con violencia cualquiera, salvo por una cosa: el arma. No se trataba de un cuchillo normal y corriente.

Como si me leyera la mente, Oliver cambió de rumbo de manera abrupta.

—Vamos por aquí, ese puñal tiene algo a lo que no dejo de darle vueltas.

Me sentí tentada de darle la razón, pero me mantuve callada.

Aunque quisiera, todavía no sabía si podía confiar en él.

Ojalá no lo hubiera oído amenazar a Thad.

De acuerdo, había sido un desahogo y no se lo había dicho directamente al chico, pero aun así…

Oliver estaba en la lista de personas disgustadas con Thad.

Además de Amy, y quizá Josh, si continuaba yendo tras su novia. O martirizándola.

Cuando entramos en otro patio, pensé en la conversación que habíamos oído de lejos. «Alguien tenía que hacer algo». ¿Ese «algo» era apuñalar a Thad para silenciarlo de una vez por todas? Uf. Se me revolvió el estómago.

—Este es el patio principal —nos informó Oliver—. Biblioteca, comedor, aulas, despachos, capilla; todo se encuentra aquí.

Me bastó una ojeada para comprender que se trataba de la parte más antigua.

Los edificios estaban coronados por adornos en forma de almenas, como un castillo, y se veían un par de torres achaparradas y una multitud de chimeneas elegantes.

Debía de ser un lujo vivir y estudiar en un entorno tan bello y venerable como el St. Aelred, donde casi podían oírse las pisadas de los monjes paseando por los claustros.

Oliver usó una tarjeta electrónica en una de las entradas arqueadas, un objeto de una modernidad que contrastaba fuertemente con las puertas dobles, antiguas, de una madera ennegrecida y tachonadas de clavos.

—Vamos allá.

Abrió una de las hojas y la sujetó para que pasáramos.

Nutramos en un pasillo amplio, con el suelo de losas, envuelto en un aroma a cera y piedra fría.

Oliver abrió otra puerta más, igual de grande que las anteriores, y pasamos al comedor, una sala de techo de bóveda de cañón atravesado de vigas, paredes revestidas de madera y ventanas de arco de medio punto encajadas en la parte superior de los muros.

Unas mesas alargadas flanqueadas de bancos ofrecían sitio para sentarse.

Oliver atravesó la habitación hasta una vitrina, una de las muchas que había cerca de la chimenea.

—Tenía razón. —Su voz retumbó en la silenciosa estancia—. Venid a ver esto.

Kieran y yo nos acercamos a toda prisa hasta el armario, que contenía una variedad de armas, medallas, misales diminutos y otros objetos.

—¿Qué hay que ver? —Quiso saber Kieran, haciéndole la misma pregunta que yo tenía en mente.