El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo tres
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Capítulo tres

CAPÍTULO TRES

N adie contestó a Oliver y este continuó avanzando en dirección a Kieran, que seguía agachado en el suelo. Cuando vio al chico, se detuvo con un grito ahogado.

—Pero ¿qué narices…? ¿Está bien? —Se inclinó—.

¿Quién es? Apenas había luz y la cara de Thad quedaba entre las sombras.

Aun así, me vi prestando mucha atención a sus palabras y su tono de voz.

¿De verdad no lo sabía? ¿Trataba de fingir una actitud relajada?

También era cierto que encontrar a alguien tendido en el suelo cerca de una universidad quizá no fuera algo tan raro, sobre todo los fines de semana o durante las celebraciones en las que se sabía que se cometían excesos.

Una categoría en la que supuse que se encontraba la noche de Guy Fawkes.

—Thad Devine —contestó Kieran con sequedad—. Está gravemente herido y hemos llamado a la policía.

—¿Herido? —Oliver se acercó para mirarlo mejor—. Se ha golpeado la cabeza, ¿no? —Fue a arrodillarse al otro lado de Thad—. Es uno de mis alumnos de posgrado. —Le tocó el brazo—. Has empezado pronto la fiesta, ¿eh?

—Cuidado —lo avisó Kieran, haciéndole un gesto para que se detuviera—. Lo han apuñalado. Hay un montón de sangre.

—¿Sangre? —Oliver se apartó con brusquedad y aterrizó sobre su trasero. Retrocedió como un cangrejo, con expresión horrorizada. Si fingía, era un magnífico actor.

—Creemos que hemos encontrado el arma —dijo Daisy con intención de ayudar antes de que pudiera aconsejarle que no compartiera ninguna información.

—¿De verdad? ¿Dónde? —Oliver logró ponerse en pie—. ¿Sabéis que no debes sacarte el cuchillo si te apuñalan? Dicen que es peor.

Tal vez por eso lo había hecho el agresor.

Quería que Thad muriera. Aunque, en ese caso, ¿por qué no se había llevado el arma?

Pensé en la persona que corría. ¿Sería el asesino?

Daisy enfocó el objeto con el móvil para guiar a Oliver, que se quedó mirando el cuchillo con una mano sobre la boca y la barbilla.

—¿Te suena? —pregunté, dejándome llevar por la intuición, aunque tal vez solo estuviera paralizado por el horror al ver el arma. Yo apenas le había echado un vistazo.

Negó con la cabeza.

—Puede. No estoy seguro…

—Si sabes algo, tienes que contárselo a la policía —dijo Kieran con firmeza. Aplicó presión con los dedos sobre el cuello del joven—. Espero que se den prisa, lo perdemos. —Se agachó un poco más—. Aguanta, Thad.

Unas luces azules y blancas destellaron en el callejón, anunciando la llegada de ayuda.

El coche patrulla iba delante y aparcó de manera que la ambulancia pudiera pasar.

Dos agentes se aproximaron después de bajar del vehículo, los dos hombres y con uniformes negros y chalecos fluorescentes.

Nos mostraron sus identificaciones y se presentaron, se trataba de los agentes Derby y Lane.

Los médicos ya estaban atendiendo a Thad, preparándolo para trasladarlo al hospital.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Derby.

Nos miramos y empezamos a hablar todos a la vez. El hombre levantó una mano.

—De uno en uno, por favor.

Todo el mundo se volvió hacia mí, quizá pensando que tenía más experiencia con la policía. Cosa que, por desgracia, era cierta.

—Íbamos al parque —empecé—. Nos hemos detenido en esta puerta donde habíamos quedado con Oliver…, con el doctor Scott —aclaré—. Es profesor del St. Aelred. Y hemos encontrado a Thad en el suelo, herido.

—¿Thad? —repitió Derby con voz afilada—. ¿Lo conocen?

—Yo sí —intervino Kieran—. Sus padres y los míos son amigos. Y es alumno de Oliver.

Su primo asintió muy serio.

—De posgrado. Muy bueno. Brillante, en realidad.

Uno de los médicos levantó la cabeza.

—Hay que llevárselo cuanto antes.

Lane se acercó y conversaron en voz baja sobre el pronóstico de la víctima.

—Muy bien. —Derby sacó una tableta—. Como seguramente saben, esta noche estamos un poco ocupados, así que voy a anotar los nombres, la dirección y a tomarles una pequeña declaración que completaremos más adelante, puede que mañana.

Cuando me llegó el turno, ya habían subido a Thad a la ambulancia y estaba de camino al hospital, mientras Lane se encargaba del arma. Le di mis datos a Derby y confirmé lo que habían dicho los demás.

—Aunque hay algo más.

El agente enarcó las cejas.

—Antes de encontrar a Thad, vi…, vimos a alguien en el callejón que corría en nuestra dirección.

Pareció interesado hasta que mencioné que llevaba una máscara de Guy Fawkes.

—¿Algún detalle sobre la ropa? —preguntó sin demasiadas esperanzas. Las prendas negras no tenían mucho más.

Mi mirada recayó en Oliver, que vestía una chaqueta negra con un ribete plateado.

—Se parecía a esa —dije—. ¿Ve el logo y los motivos plateados? Me fijé cuando pasó por el lado.

No había terminado de hablar cuando supe que tendría que haberme mordido la lengua.

Estaba feo dirigir la atención de la policía hacia un amigo.

O, en este caso, hacia un pariente cercano de mi novio.

Y más aún hacia una persona que estaba enfadada con el joven herido, aunque le había dicho a la policía que, en el momento de la agresión, se encontraba tomando una cerveza en el Headless Monk, un pub de por allí cerca.

«¿O ha mentido?». La sospecha me asaltó de inmediato, muy a mi pesar.

Uno de los aspectos más desagradables de las investigaciones de asesinato, o, en este caso, de intento de homicidio, era que se consideraba sospechoso a todo el entorno de la víctima.

Aunque yo no tenía ninguna intención de involucrarme en ese asunto. Esta vez no.

Cuando Oliver vio que Derby estudiaba la chaqueta con más detenimiento, tiró del dobladillo y luego miró la manga con expresión desconcertada.

—Últimamente las lleva todo el mundo —dijo a la defensiva—. Debe de haber docenas por ahí, o centenares.

—Son muy populares —corroboró Kieran. ¿Me miraba con el ceño fruncido?—. Las vendemos mucho en la tienda de bicis. Son perfectas para cualquier deporte o como chaqueta informal.

—De hecho, creo que me la compré en tu tienda —dijo Oliver—. ¿No comentaste que casi te las quitaban de las manos?

Derby lo anotó todo.

—Gracias, señorita. Como sabe, lo de esta noche es como buscar una aguja en un pajar. Todo el mundo va vestido de negro y lleva máscara.

Que era el motivo por el que el agresor se había puesto esas prendas. Estaba más convencida que nunca de que la persona que habíamos visto había apuñalado a Thad y luego había huido.

—Volveremos a ponernos en contacto con ustedes —prometió Derby cuando Lane y él se disponían a marcharse.

La radio del coche había estado emitiendo sin parar entre crujidos, todo en código, pero parecía urgente.

Derby se subió al asiento del conductor y se detuvo un momento—.

Yo me mantendría alejado del parque. Un cohete ha salido volando descontrolado y se ha incendiado una tienda.

—Seguro que ahora mismo eso es un caos —dijo Kieran—, con toda esa gente dejándose llevar por el pánico.

Se despidió de los policías con un gesto educado cuando arrancaron.

El silencio se instaló en el callejón después de que el ruido del motor se desvaneciera. Nos miramos unos a otros. ¿Y ahora qué? Aunque todo estuviera tranquilo en el parque, tampoco me apetecía ir, no después de haber encontrado a Thad herido de gravedad. No me parecía bien.

Oliver rio de manera compungida.

—Yo no sé vosotros, pero a mí no me vendría mal una copa. —Se dirigió a la puerta—. ¿Y si entramos?

—Creo que nosotros nos vamos a casa —dijo Daisy—. Mañana madrugo.

Se levantaba al amanecer casi todos los días para preparar los deliciosos dulces que vendía en la cafetería.

—¿Seguro? —pregunté. Cuando asintió, la estreché brevemente contra mí. Olía a Jo Malone English Pear & Freesia—. Hablamos mañana.

—Nos vemos —dijo ella mientras yo me despedía de Tim con un abrazo que él me devolvió con fuerza. Todos estábamos experimentando la fuerte emoción que te invade después de compartir un suceso traumático.

—Tened cuidado —nos recomendó Tim, estrechándole la mano a Kieran para luego atraerlo hacia sí y acabar con unas palmadas varoniles en la espalda.

—Lo mismo digo —contestó este—. Esta noche habrá que ir con ojo.

Aunque nadie lo mencionó, todos teníamos muy presente que un asesino andaba suelto en alguna parte.

«O se encuentra aquí mismo, con nosotros», pensé mientras Oliver abría la puerta con su tarjeta.

Cuando entramos, el campus estaba sumido en un silencio sepulcral y envuelto en una fina y fría neblina. Con Oliver a la cabeza, rodeamos el césped y continuamos por un camino de piedras que conducía al claustro de techos abovedados.

A diferencia del cariño que habían demostrado Daisy y Tim, era evidente que Kieran se mostraba distante conmigo.

Me dolía, porque por lo general estábamos muy unidos y prácticamente éramos capaces de saber qué pensaba el otro en todo momento.

Puestos a adivinar, diría que le había molestado que le hubiera hablado de la chaqueta de Oliver a la policía, aunque, para ser justos, él también había oído a su primo despotricar de Thad el día anterior.

Tal vez le preocupaba que pudiera ser culpable y, por tanto, su frialdad no tenía nada que ver conmigo, aunque lo dudaba.

—¿A dónde vamos? —le preguntó Kieran a Oliver.

—A mi despacho. Aunque primero pasaremos por el dormitorio de Thad.

Se me aceleró el pulso. ¿Por qué deseaba visitar la habitación de Thad? De hecho, ¿acaso podía entrar? ¿Tenía la llave o el código?

—¿Qué vamos a hacer allí? —Quiso saber Kieran, alarmado, como si compartiera mi preocupación.

—Quiero ver si sus amigos andan por aquí —contestó Oliver—. Sus compañeros de dormitorio. Alguien tiene que decirles que Thad está en el hospital. —Bajó la voz—. Y a lo mejor están enterados de algo.

Kieran se detuvo.

—Espera. ¿Crees que podría haberlo apuñalado uno de ellos?

Su primo se encogió de hombros.

—Quizá. Thad tiene un don para hacer enemigos allí donde va. Es de esas personas que disfrutan agitando el avispero y sentándose a mirar cómo se agobian los demás.