Capítulo dos #3
En ese momento, oímos unos pasos apresurados procedentes de esa dirección que parecían confirmar sus palabras.
Quizá aquella persona también quería acortar por allí, o puede que se tratara de un alumno del St. Aelred dirigiéndose a toda prisa a la puerta principal.
De pronto, una figura alta y desgarbada surgió de la oscuridad, a toda prisa.
Para mi desasosiego, vi que iba de negro y que llevaba una de esas malditas máscaras.
No era alguien a quien quisiera encontrarme en un callejón oscuro, precisamente.
—Oh, oh —murmuró Kieran—. Igual va a haber problemas.
Se puso delante de mí, como para protegerme, y Tim hizo lo mismo con Daisy.
Sin embargo, la persona continuó su camino, sin mirar siquiera en nuestra dirección.
Cuando pasó corriendo por debajo de una farola, la luz se reflejó en los sutiles motivos plateados de los puños y el cuello de una chaqueta negra de neopreno.
Kieran tenía una parecida y, por lo visto, tenía mucho éxito entre corredores y ciclistas.
El desconocido pronto desapareció de la vista. Tras el extraño encuentro, apretamos el paso y no tardamos en llegar a la Master’s Lodge Gate, una sencilla puerta de madera encajada en un arco de piedra.
—¿Qué es eso que hay en el suelo? —preguntó Daisy.
En medio de la calle, un poco más allá del cerco de luz que proyectaba el farol de encima de la puerta, había un bulto. ¿Basura? ¿Una prenda abandonada?
Cuando nos acercamos, vi que se trataba de una persona con una máscara de Guy Fawkes.
—¿Alguien ha bebido más de la cuenta? —dijo Tim.
—Posiblemente. —Kieran echó un vistazo a uno y otro lado de la calle—. No es el mejor sitio para echarse a dormir. ¿Me echas una mano, Tim? Hay que sacarlo de ahí, o ayudarlo a ponerse en pie para que se vaya a casa.
—Si es un alumno del St. Aelred, podríamos llamar al bedel de la puerta principal —propuso Daisy—. Y que lo meta y lo lleve a su habitación.
Hablando del St. Aelred, ¿dónde estaba Oliver? A no ser que la persona allí tirada fuera él, más borracho que una cuba. Esperaba que no.
Tim se acercó y se colocaron uno a cada lado.
—Eh, amigo —lo llamó Kieran, agachándose y sacudiéndole un hombro con suavidad—. Despierta.
—¿Y si le quitas la máscara y ves quién es? —propuse.
Se la levantó y vimos que se trataba de un joven de pelo oscuro y rizado, con rasgos aguileños, aunque atractivos. Tenía los ojos cerrados.
Uf, no era Oliver.
—Eh, Kieran. —Tim levantó una mano—. Está herido.
Daisy inspiró con brusquedad.
—¿Eso es…? ¿Eso es sangre? —Se inclinó para examinarlo más de cerca—. Sí, sí que lo es. Tiene todo el pecho empapado, ¿lo veis?
Pasó la linterna del móvil por encima del torso, donde unas manchas oscurecían aún más la tela negra.
—¿Alguien lleva pañuelos? —Tim parecía agobiado—. Tengo sangre en la mano.
A lo lejos, oímos un gran estruendo al que siguió una lluvia roja y dorada en lo alto del cielo. Habían empezado los fuegos artificiales.
—Hay que llamar a la policía. —Saqué el teléfono del bolsillo y un paquete de pañuelos salió con él. Lo recogí del suelo y se lo lancé a Tim.
Kieran estaba de rodillas, comprobando el pulso del joven.
—Aún vive. —Le tocó el hombro—. ¿Me oyes?
Movía los dedos con torpeza por la pantalla, aunque por dentro estaba extrañamente tranquila, como si las emociones y los pensamientos hubieran quedado suspendidos de manera temporal ante la emergencia.
—Sé quién es —anunció Kieran—. Thad Devine. Sus padres…
«Thad Devine». El nombre me sonaba.
—Policía —entonó la voz de una mujer en mi oído—, ¿cuál es la emergencia?
Mientras le explicaba lo que ocurría de manera atropellada y le daba mi nombre, la localización y todos los datos necesarios, me di cuenta de dónde había oído antes ese nombre. Era el alumno de Oliver.
—Thad, Thad —lo llamaba Kieran—. ¿Quién ha sido?
El chico no contestó.
—Alguien acudirá enseguida —aseguró la operadora—. El centro es un caos esta noche, así que podrían tardar unos minutos.
—Envíe la ambulancia de inmediato —pedí—. Todavía está vivo.
«De momento». Después de perder tanta sangre, temía que muriera antes de que llegara la ayuda.
—Enviaremos una ahora mismo —prometió la mujer—. ¿Quiere que me mantenga al teléfono?
La mujer parecía agobiada y, dado que era la noche de las hogueras, imaginé que estarían entrando más llamadas. Por encima de nuestras cabezas, los fuegos artificiales estallaban en el cielo.
—No, aunque volveré a llamar si no llega alguien pronto.
—¡He encontrado el arma! —gritó Daisy, enfocando un objeto alargado de metal con el teléfono—. Es una especie de cuchillo. Antiguo.
Oí unos pasos apresurados sobre los adoquines y me giré en redondo, esperando que se tratara de un policía a pie al que habían enviado a ayudar. Sin embargo, era Oliver.
—¿Qué está pasando? —preguntó, acercándose a grandes zancadas.
Ahí estaba, llegando finalmente al lugar de encuentro que él había propuesto. El mismo en el que el joven al que había oído amenazar entre dientes estaba tendido e inconsciente, al borde de la muerte. Decir que no me gustaba la coincidencia sería quedarse corto.