El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo dos #2
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Capítulo dos #2

—¿Qué tal en Hazelhurst House, Molly?

—Creo que he empezado bien —contesté, reacia a contarle que ya me había retrasado, o al menos esa era mi sensación—. Ah, ¿y sabes qué? Kieran me ha enseñado el original de El manuscrito maldito . Su primo dará una charla sobre el libro mañana en el simposio.

George, que estaba ojeando los estantes de ficción, se detuvo para enseñarnos un libro.

—¿Te refieres al original de este? —Pasó las páginas de una edición de finales del siglo XVIII , un buen ejemplar, aunque no tenía un valor excepcional—. Es todo un clásico.

—El mismo. —Me senté tras el mostrador y abrí el portátil con intención de consultar el correo—.

Qué emocionante pensar que lo escribió uno de sus antepasados, aunque usó un seudónimo.

Kieran y yo queremos averiguar quién era Selwyn Scott en realidad e investigaremos a los integrantes de la familia de entonces.

En fin, ¿a quién pretendía engañar? Como si fuera a esperar a la oferta de Oliver. El proyecto me producía demasiada curiosidad para no seguir adelante con él. Además, era algo en lo que Kieran y yo podíamos trabajar juntos.

George se acercó al mostrador con el libro aún en la mano.

—Yo apostaría a que fue una mujer.

—¿De verdad? —Traté de recordar el nombre—. ¿En lugar de Samuel? Era el único Scott varón vivo cuando se publicó el libro.

George le dio unas palmaditas a la cubierta.

—Un hombre nunca usaría un seudónimo. Su orgullo no se lo permitiría.

—Bueno, a veces lo hacían —repuse, animándome con el tema—. Horace Walpole, por ejemplo. Cuando publicó El castillo de Otranto , lo hizo con el nombre de William Marshall.

—Es verdad —reconoció George antes de lanzarse a defender su tesis—.

Pretendía hacer pasar la historia por una traducción de un manuscrito del siglo XVI escrito por un monje.

—Levantó el libro—. Confesó la verdad cuando se publicó la segunda edición, donde ya aparecía con su verdadero nombre.

William Beckford hizo lo mismo con Vathek ; también aseguró que se trataba de una traducción de un manuscrito antiguo.

En cambio, la trama de El manuscrito maldito es contemporánea a su tiempo y nunca se dijo que tuviera una procedencia misteriosa.

Cierto. El personaje principal era un librero inglés que viajaba a una remota y montañosa región italiana.

La historia estaba narrada en primera persona por dicho protagonista, que la relataba después de haber sobrevivido a un bello libro sobre el que corría el rumor de que acababa con la vida de su dueño.

Los objetos portadores de desgracias son un tema recurrente en la novela gótica o de terror, como, por ejemplo, la piedra lunar de Wilkie Collins.

—Bien visto, George. Lo tendré en cuenta durante mi investigación. Con un poco de suerte, de una manera u otra encontraremos alguna prueba concluyente.

¿La documentación de la familia de Kieran contendría alguna pista? ¿O quizá en otras bibliotecas?

—Casi mejor; si no, todo se queda en teorías y conjeturas, ¿no? —dijo con una sonrisa maliciosa—. Como si no hubiera gente que ha hecho carrera con estas cosas. En cuanto te das la vuelta, aparece una nueva teoría sobre la familia Brontë.

—Parece que son una fuente inagotable de fascinación.

Pese a que la popularidad de Selwyn Scott no podía compararse ni de lejos a la de Charlotte, Emily y Anne, el hallazgo de información nueva quizá avivara el interés.

Incluso puede que alguien quisiera hacer una serie de televisión o una película basada en El manuscrito maldito .

O en la vida de Selwyn Scott. Hazelhurst House sería el escenario perfecto para un drama de época.

Me dejé llevar por la imaginación y me pregunté si los Scott permitirían que se rodara allí.

La puerta principal se abrió y mi madre entró como una exhalación, perseguida por un viento helado.

—¡Brrr! Ahí fuera hace un frío que pela.

—Dejó la bolsa de tela de la compra en el suelo y se quitó el gorro de lana, que dejó a la vista su melenita morena.

Se alisó el pelo con las manos y arrugó la nariz—.

La gente ya está tirando petardos. El susto que me ha dado uno cuando salía de Sainsbury’s.

—Esta noche la policía va a estar ocupada —aseguró George—. En principio no pueden tirarlos ni en la calle ni en ningún otro lugar público.

Quizá tenía que replantearme lo que esperaba de esa noche y cambiar lo de estar delante de una hoguera contemplando los fuegos artificiales por algo menos bucólico.

—Estas fiestas a veces se van un poco de las manos —comentó tía Violet—. ¿Recuerdas cuando éramos jóvenes, George? La gente bebiendo y divirtiéndose, corriendo por las calles.

El hombre adoptó una expresión pretendidamente inocente.

—No pienso decir nada sin la presencia de mi abogado. —Le dio unas palmaditas al ejemplar de El manuscrito maldito que había dejado en el mostrador—. ¿Me lo cobras, Molly? Así ya me voy y podéis cerrar tranquilas.

Después de que George se fuera con la promesa de decirme algo con respecto al simposio, tía Violet y yo hicimos caja y echamos la llave a la puerta de la librería.

Mi madre estaba en la cocina preparando la cena.

Las tres nos turnábamos con la compra y las comidas, un acuerdo que nos resultaba muy satisfactorio.

—¿Qué planes tienes para esta noche, Molly? —preguntó tía Violet—. Supongo que no te quedarás en casa, ¿verdad?

—¿Y perderme la fiesta de Guy Fawkes? Ni hablar. —Metí la recaudación en la bolsa del banco y la cerré—. Kieran y yo hemos quedado con unos amigos en el Magpie para cenar y luego iremos a celebrarlo al parque.

—Te aconsejaría que fueras con cuidado, pero eso me convertiría en una vieja entrometida —dijo tía Violet. Una sombra de preocupación oscureció sus ojos azules—. Solo diré que…, si las cosas se ponen feas, no te quedes a mirar. Corre.

Recordé el consejo de tía Violet mientras Kieran y yo tratábamos de abrirnos paso entre la gente que abarrotaba las calles cuando nos dirigíamos al Midsummer Common.

Esa noche había salido todo el mundo: familias, grupos de adolescentes con ganas de fiesta y también adultos, más furtivos.

Llevaban máscaras de Guy Fawkes, vestían de negro y se escabullían velozmente entre la multitud, en silencio.

Me toqué el abrigo para comprobar que aún conservaba el monedero y el móvil después de que alguien pasara rozándome más cerca de lo necesario. Un festejo en el que la gente iba disfrazada era una ocasión perfecta para los carteristas, sobre todo cuando todas las máscaras eran idénticas.

Al final de un callejón, algo retumbó y hubo un destello de luz. Un humo de olor acre vino hacia nosotros.

—Alguien ha metido un petardo en una papelera —dijo Kieran, sacudiendo la cabeza.

Me arrimé un poco más a él mientras paseaba la vista entre la multitud por si acaso.

Al final, Oliver no se había pasado por el Magpie; le había enviado un mensaje a su primo para decirle que se reuniría con nosotros más tarde, en el St. Aelred, cuando fuéramos al parque.

Para mi sorpresa, Kieran se tomó bien el cambio de planes, aunque había sido Oliver quien había propuesto lo de la cena.

—Él es así, olvidadizo —lo disculpó.

Yo lo habría llamado «poco formal», pero no dije nada. No era mi primo. Aunque me pregunté cómo sería trabajar con él en el proyecto de investigación, si es que me contrataba.

Por suerte, habíamos coincidido con nuestros amigos Daisy Watson y Tim Ellis en el pub . Daisy era la dueña de Tea & Crumpets y Tim trabajaba en la tienda de bicis. Caminaban por delante de nosotros, Tim con el brazo sobre los hombros de Daisy.

—Por aquí —los avisó Kieran.

Habíamos llegado a la intersección con St. Aelred’s Way. Aunque había oído hablar de la universidad, aún no había recorrido esa zona. Cambridge contaba con un sinfín de universidades, parques y lugares históricos fascinantes, por no hablar de tiendas y eventos.

—¿Dónde hemos quedado con él? —pregunté, esperando que no tuviéramos que entrar a buscarlo justo esa noche, aunque no me importaría visitar el conjunto en otra ocasión. Fundado en el siglo XIV , el St. Aelred contaba con edificios y jardines de la época medieval.

—En la Master’s Lodge Gate —contestó Kieran—.

Por eso vamos por aquí. La puerta principal está por detrás.

—Señaló hacia el sur—. Los alumnos y las visitas tienen que usar esa entrada, esta solo la utiliza el profesorado.

—Una campana de tañido grave sonó tras el muro—.

Y esa es la campana del monje, que tiene su propio campanario.

En otro momento, habría buscado en el móvil un mapa de la universidad y le habría dedicado más atención.

Las universidades de Cambridge eran mundos en sí mismos, con aulas, alojamientos, comedores, bibliotecas y mucho más tras los muros.

Su aire de clausura tenía algo que me atraía, la idea de poder aislarse del mundo para concentrarse en los estudios, a menudo con profesores distinguidos.

St. Aelred’s Way era una calle estrecha y adoquinada, flanqueada por altos muros de piedra.

El murmullo de la ciudad se desvaneció antes incluso de que hubiéramos caminado una manzana.

Lo único que iluminaba nuestros pasos eran los redondeles ocasionales de luz amarillenta de las farolas.

Al otro lado de las paredes, las ramas desnudas de los árboles se estremecían, balanceándose en el viento helado.

—Este callejón da un poco de miedo —comentó Daisy, subiéndose el cuello del abrigo con un escalofrío. Igual que yo, llevaba un chaquetón marinero y vaqueros. Los rizos rubios le caían en cascada por debajo de un gorro de lana—. ¿Queda mucho?

—Está aquí mismo —aseguró Kieran—. Lo prometo.

Apretó el paso, como si estuviera igual de ansioso que los demás por regresar a la civilización.

—En realidad, esta calle es un atajo —apuntó Tim. Había dejado el gorro en casa y estaba muy guapo con el pelo rubio así, medio de punta—. Desemboca cerca del parque.