El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo dos
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Capítulo dos

CAPÍTULO DOS

M iré a Kieran sin saber qué pensar sobre lo que acabábamos de ver, pero él se limitó a sonreírme antes de dirigirse a su primo.

—Gran actuación, ¿hay bises? —le preguntó, alzando la voz. Oliver dio un respingo y se quedó literalmente patitieso, aunque se recompuso de inmediato y se acercó a nosotros con paso decidido.

—Lamento que lo hayáis visto. Acabo de recibir una noticia un poco irritante.

—Eso me ha parecido —dijo Kieran. Enarcó una ceja—. ¿Cosas de la universidad?

Su primo lanzó un resoplido burlón.

—Tú lo has dicho. Estoy esperando a que me asciendan de profesor asociado a titular desde el curso pasado, pero, cada vez que creo que van a tirar adelante con la candidatura, hay un nuevo retraso.

Y ahora, encima, tengo competencia. Sophie Verona, con quien dirijo el Instituto de Literatura Gótica, se ha presentado para la plaza.

—Debe de ser complicado —intervine— eso de competir con una amiga.

Se pasó la mano por el pelo.

—Pues sí, pero eso no es lo peor. Tengo un alumno que está buscándome problemas. —Oliver hizo una mueca—. Thad afirma que no recibe el trato que merece, aunque siempre dejo muy claro que no hay privilegios entre mis alumnos.

«Thad Devine, voy a matarte». Até cabos.

—Si pone una queja, ¿eso podría afectar a tu ascenso?

Puso cara sombría.

—¿Que si podría? Sin duda alguna. El doctor Cutler está obsesionado con el orden y la disciplina. Siempre repite su aforismo preferido: «El profesorado es el St. Aelred». Si fuera por él, viviríamos como los monjes que fundaron la universidad.

—El St. Aelred es bastante tradicional —comentó Kieran—. ¿No decías que hay donaciones que dependen de la reputación de la universidad?

—Ajá. Hay benefactores que controlan hasta lo último que hacemos. En la actualidad, con las redes sociales, los escándalos aparecen de la nada, como ya sabéis. Y, si hay peligro de algo parecido, bueno, el doctor Cutler no me ascenderá, eso seguro.

Parecía bastante resentido.

—Qué mala suerte, amigo —dijo Kieran—. Sé lo comprometido que estabas con tu trabajo.

Oliver sonrió para agradecerle sus palabras, como si se hubiera sacudido de encima el mal humor.

—De ahí la necesidad de un plan B. Después de publicar mi libro, me retiraré de la enseñanza y me dedicaré a escribir novelas. —Les echó un vistazo a los retratos—. Al fin y al cabo, es una tradición familiar.

Conocía a varios autores y sabía muy bien que lanzarse al mundo editorial no era un camino de rosas.

Sin embargo, Oliver tenía varias cosas a su favor; básicamente, que era un Scott.

Seguro que ese pelo rubio, su buena apariencia y su relación con la aristocracia quedarían muy bien en la cubierta de un libro, pensé con cierto cinismo. Señaló los retratos.

—¿Ya has empezado, Molly?

—Es parte del trabajo preliminar —dije—. Hablamos de aquí a un par de días, ¿vale?

—Perfecto. —Se volvió hacia Kieran—. ¿Esta noche irás a lo de las hogueras? —Cuando su primo asintió, añadió—: ¿Te apetece ir a comer algo antes? Podríamos quedar sobre las seis y media.

Kieran me miró, así que contesté yo.

—Nos encantaría. Si no tienes ninguna preferencia por el lugar, ¿qué te parece el Magpie Pub? Es uno de nuestros locales preferidos.

El pub se encontraba en la misma calle que la librería y la tienda de bicicletas, justo en la acera de enfrente, por lo que nos venía de perlas. Desde allí podíamos ir andando al parque.

—Pues el Magpie Pub. —Oliver me hizo un gesto con la cabeza—. Molly, como tengo tu número, te enviaré unas cuantas ideas sobre el proyecto de investigación y ya me dirás algo cuando te vaya bien.

Si la tarifa que me ofrecía no estaba mal, tenía muy claro lo que iba a contestarle.

Quería ser quien descubriera la verdadera identidad de Selwyn Scott.

No por la fama; de hecho, ni siquiera por el dinero, sino porque me encantaba utilizar mis dotes detectivescas, y mi intuición, para resolver misterios.

El sol de finales de otoño empezaba a ponerse cuando dejé Hazelhurst House aquella tarde, con sus torres y almenas recortándose contra el cielo.

Tras mucha práctica, por fin me sentía cómoda conduciendo por la izquierda, tras el volante del Cortina antediluviano de tía Violet.

Pese a los años que tenía, iba como la seda, así que, mientras recorría alegremente las tranquilas carreteras comarcales en dirección a la A14, repasé lo que había hecho esa tarde.

Para mi alivio, había descubierto que la biblioteca estaba organizada por temas, de manera vaga quizá, pero al menos seguía cierto orden.

De poco servía disponer de una lista de los libros si no sabías dónde encontrarlos.

La biblioteca contaba con un amplio catálogo de ficción y poesía, además de esoterismo, arte, arquitectura, ciencias agrícolas y veterinarias, biología, historia, derecho y ciencias físicas.

Y eso solo para empezar. Tras un rápido estudio de sus hábitos de lectura, podía deducirse que los Scott eran curiosos, amantes de las artes y estaban interesados en la gestión de la propiedad.

El pecho se me inundó de felicidad cuando, conforme me acercaba al desvío, empezó a asomar el mágico horizonte que dibujaban las agujas de las universidades.

Vivíamos en el corazón de la parte más antigua de la ciudad, donde era muy fácil imaginar que uno se adentraba en el pasado.

La circulación de automóviles estaba muy restringida en la zona, por lo que reduje la velocidad poco a poco por las calles adoquinadas, atenta a los transeúntes y los ciclistas.

Por fin llegué a Magpie Lane, una callecita corta, estrecha y poco transitada, y avancé a trompicones por el empedrado en dirección a nuestro garaje, situado al final de esta.

De camino, pasé por delante del Magpie Pub y el Holly siempre que no habláramos de su cuenco de comida.

En lugar de tratar de saltar a mis brazos, Puck maulló de nuevo, como si algo le preocupara.

—¿Qué ocurre? —le pregunté, agachándome y dejando que las bolsas resbalaran hasta el suelo—. ¿Pasa algo?

Respondió con un bufido y arqueando el lomo. Seguí su mirada hasta un rincón oscuro de la librería, donde una cara blanca y sonriente parecía cernerse en el aire. Las cejas enarcadas, el bigote curvado y la perilla la hacían incluso más fantasmagórica.

Di un respingo y ahogué un grito.

—¿Qué dem…?

Tía Violet acabó de salir de detrás de la estantería y se quitó la máscara.

—¿Te he asustado, Molly? —Por la manera en que le brillaban los ojillos azules tras los cristales de las gafas, adiviné que esa había sido precisamente su intención.

Mi menuda y vivaracha tía abuela, con su pelo canoso recogido en un moño bien alto, en el que a menudo se perdían un par de lápices, se permitía gastar bromas de vez en cuando.

—Sí, la verdad —reconocí, recuperando mis cosas—. Creo que a Puck tampoco le ha gustado.

En ese momento me di cuenta de que había visto esa cara antes. Era una máscara de Guy Fawkes.

—Lo siento, no he podido resistirme. —Estudió la careta—. Cuando iba a la universidad, también nos poníamos cosas parecidas. La libertad que ofrece el anonimato…, aunque algunos lo llevaban demasiado lejos.

—Siempre hay alguien que no sabe dónde están los límites, ¿verdad? —Dejé las bolsas detrás del mostrador y saqué el portátil—. ¿Y mamá?

Mi madre, Nina Marlowe, poeta con varias obras publicadas, también trabajaba en la librería.

Antes de que tía Violet pudiera contestar, oímos que el suelo de madera de la cocina, situada en la parte trasera de la tienda, crujía con unos pasos.

Me volví, creyendo que vería a mi madre, pero en lugar de ella apareció George Flowers, nuestro amigo y manitas.

Tenía más o menos la edad de tía Violet; un hombre corpulento, medio calvo y de facciones bondadosas. Era como un tío para mí.

—La fuga ya está arreglada —anunció—. Había que cambiar las arandelas del grifo.

—Gracias, George —dijo tía Violet—. No sé qué haríamos sin ti.

—Bah, bobadas —protestó él con una sonrisa, pese a que la satisfacción evidente que le producía el elogio desmentía sus palabras.

A George, dueño de un edificio de apartamentos situado a pocas calles de allí, prácticamente no había reparación que se le resistiera y, por fortuna para nosotras, siempre estaba disponible cuando lo llamábamos.

—George, tengo que enseñarte algo —dije mientras me apoyaba en el mostrador con el teléfono en la mano.

Me había bajado el programa del simposio sobre literatura gótica y lo abrí en la pantalla. También vi que Oliver aún no me había enviado nada sobre el proyecto de investigación, aunque tampoco esperaba noticias suyas tan pronto.

Se acercó sin prisa y se detuvo a mi lado.

—¿Qué es?

Le tendí el teléfono.

—Sé que te gustan mucho las Brontë, así que he pensado que a lo mejor te apetecía asistir a este simposio. La mayoría de los actos están abiertos al público.

Estudió la lista mientras musitaba para sí mismo.

—Un ciclo de charlas, pase de películas de terror gótico, visita por el Cambridge gótico… Un baile de disfraces… —Me devolvió el móvil—. ¿Podrías pasármelo, Molly? Hay un par de cosas que me gustaría mirarme con más tranquilidad.

—Pues claro. —Envié el programa al número de George—. Ya me dirás lo que te interesa. Igual podríamos ir juntos.

Tía Violet estaba ordenando unos libros cerca de nosotros.