Capítulo uno #3
—¿Y qué me dices de…? —Entrecerré los ojos—. ¿Frances? ¿Su hermana? —Había nacido en 1820—. Las hermanas Brontë usaban seudónimos masculinos. A lo mejor ella hizo lo mismo.
—Cierto —reconoció Kieran. Quiso leer otra anotación—. No sé muy bien qué pone aquí. Lástima que la página esté tan descolorida.
Sentí una punzada de tristeza. Me había percatado de la cantidad de entradas con fechas de nacimiento y defunción muy próximas. Las de los niños que no habían sobrevivido.
Kieran se quedó pensativo.
—¿Sabes qué? Tenemos retratos de Samuel y Frances. Y de sus padres. —Consultó la página de nuevo—. Agatha y Alistair. Están en el pasillo de arriba, por si quieres verlos.
—Espera —le pedí antes de que cerrara el libro.
Saqué el móvil y le hice una foto a la página a pesar del mal estado en el que se encontraba, con la idea de crear una carpeta para el proyecto de Selwyn—.
¿Podemos ir ahora? —pregunté mientras dejaba el teléfono en la mesa.
A esas alturas, ¿qué importaba otro retraso?
—Claro. Y luego me voy y te dejo trabajar.
—Kieran le echó un vistazo al reloj que había en la repisa de la chimenea—.
De todas maneras, debería volver a la ciudad.
—Tenía una tienda de bicicletas, Spinning Your Wheels, en Magpie Lane, junto a la librería.
Así nos habíamos conocido. Por entonces, yo no sabía que era de ilustre cuna, como suele decirse.
Solo era el chico agradable y guapo que trabajaba en la tienda de al lado.
Salimos de la biblioteca y atravesamos el gran vestíbulo, que era gigantesco.
Según me había comentado Kieran, era la antigua torre del homenaje.
Las altísimas paredes de piedra revestidas de tapices se alzaban sobre nuestras cabezas; a nuestros pies, baldosas negras y blancas componían un precioso suelo de damero y más de una armadura se repartía por la habitación, montando guardia.
La escalera era amplia, de nogal, con pasamanos y balaustres ornamentados y rellano. Cada vez que subía o bajaba por ella, me imaginaba con un vestido de cola. Era de esas escaleras.
Una hilera de retratos que parecía no tener fin cubría las paredes de la galería superior.
—¿Dónde está el tuyo? —pregunté medio en broma.
Puso los ojos en blanco.
—En el salón de mi madre. Es un retrato familiar de cuando yo tenía unos cinco años más o menos y mi hermano diez. Ya te lo enseñaré.
Prácticamente no había día que no me topara con una nueva prueba del abismo social y económico que existía entre nosotros, aunque por suerte no era algo que nos afectara como pareja.
Teníamos una relación sana, relajada y sin dramatismos.
Ayudaba que Kieran restara importancia a sus orígenes de manera intencionada; de hecho, renegaba de ellos en muchos sentidos.
Por eso tenía una tienda de bicis en lugar de trabajar en finanzas internacionales, como su hermano.
Avanzamos poco a poco, él iba deteniéndose a leer las placas de latón que acompañaban a los retratos. Damas de peinados altos y raya en medio. Hombres de uniforme, sombrero con plumas y la mano colocada en la empuñadura de su espada.
—Ah, aquí están. —Kieran se paró delante de una pareja joven. La mujer estaba sentada y el marido aparecía de pie, a su lado. En la placa se leía: «Lord y lady Alistair Scott, en 1790».
Ella lucía un vestido de seda dorada que dejaba los hombros al descubierto, con un escote rematado con encaje y mangas tres cuartos.
Tenía la cara ovalada, era morena y llevaba el pelo recogido y adornado con una flor.
Como detalle peculiar, en una mano sostenía un racimo de uvas del que parecía que estaba a punto de arrancar unas cuantas con la otra.
Alistair vestía una chaqueta y unos pantalones de terciopelo marrón a juego con un chaleco de raso color marfil. Un pañuelo le rodeaba el cuello y las mangas también estaban rematadas con encaje. Lucía una peluca blanca. Eran atractivos, de expresión afable.
Los dos retratos siguientes correspondían a Frances y Samuel, con dieciocho y veinte años respectivamente, a juzgar por las fechas de las pinturas.
Frances se parecía a su madre y sostenía un libro con ambas manos, como si la hubieran interrumpido mientras leía.
¿Sería el libro una pista de su identidad secreta como escritora?
Samuel tenía una expresión pícara y los ojos le brillaban de una manera que reconocí incluso a través de casi trescientos años.
No sujetaba ningún libro, pero parecía de los que disfrutaban tomando el pelo a la gente.
—Veo cierto parecido familiar —murmuré. Saqué el móvil y le hice fotos a los tres retratos.
De pronto oímos una voz masculina en el pasillo que precedió a la llegada de Oliver, que hablaba por teléfono. El primo de Kieran se detuvo a cierta distancia de nosotros, aunque no pareció vernos.
—Sí, señor —dijo—. Entiendo. Entonces el mes que viene.
Después de colgar, alzó la barbilla y lanzó un grito cargado de frustración. Luego, estampó el pie un par de veces contra el suelo.
—Thad Devine, voy a matarte —masculló.