Capítulo uno #2
— El manuscrito maldito . La gran obra cumbre de la familia Scott. Al menos hasta la fecha. ¿Te he contado que estoy escribiendo una novela?
Prácticamente se dejó caer en la mesa y empezó a tamborilear con los dedos en esta.
—No —contestó Kieran mientras tomábamos asiento—. ¿De qué trata?
Oliver señaló la caja con la cabeza.
—Es una novela gótica, por descontado. Inspirada en la de Selwyn, pero contemporánea.
Una novela gótica moderna. —Se volvió hacia mí—.
Desde que Kieran y yo descubrimos El manuscrito maldito en esta biblioteca, el género me tiene fascinado.
Mi tesis doctoral versaba sobre objetos de mala reputación, con El manuscrito maldito como eje.
Hace unos cinco años, una colega y yo fundamos el Instituto de Literatura Gótica, y por eso precisamente me he dejado caer por aquí.
El simposio empieza mañana y daré una charla aquí mismo, en Hazelhurst. Hoy estoy con los preparativos de última hora con tu madre.
—Me encantaría asistir —se me escapó— si es posible.
Quizá se necesitaba invitación.
—Por supuesto, Molly. —Oliver sacó el móvil—. Dame tu número y te envío el programa. Muchos de los actos están abiertos al público, como el de mañana, así que puedes compartirlo con quien quieras.
—Conozco a alguien que seguro que se apunta —dije después de pasarle mi teléfono—. George Flowers. —Me refería al amigo de mi tía, que solía encargarse de las pequeñas reparaciones de la librería—. Es un apasionado de las hermanas Brontë.
Oliver asintió mientras escribía en el móvil.
—Forman parte del canon, sin lugar a dudas.
Un leve carraspeo llamó nuestra atención. La madre de Kieran apareció en la puerta de la biblioteca.
—Lamento interrumpir, pero la comida está lista —anunció.
Continuaba sintiéndome un tanto intimidada en presencia de lady Asha, una mujer bellísima, de elegancia y modales impecables.
Ese día llevaba la larga y brillante melena recogida en un moño flojo y unas gafas de lectura en equilibrio sobre la nariz, un par de detalles que la hacían ligeramente más cercana.
—¿Te apuntas, Molly? —preguntó Kieran mientras se levantaba.
—Bueno… —Volví la vista hacia las estanterías que reclamaban mi atención. No había hecho nada, salvo que echar una ojeada a la posesión literaria más preciada de los Scott contara. Un libro menos, ya solo quedaban mil.
—Claro, con toda confianza —me animó lady Asha—. Contaba con ello.
En ese caso… Me levanté.
—Gracias. Me encantaría comer con vosotros.
Oliver se adelantó, le pasó un brazo sobre los hombros a su tía y le dijo algo al oído. A juzgar por las risas, supuse que le habría contado algo gracioso.
—Me gusta tu primo —le comenté a Kieran mientras nos dirigíamos al comedor—. Parece muy simpático.
Sonrió.
—Lo es. Cuando nos juntábamos de pequeños, solíamos hacer de las nuestras. Corríamos por todas partes y jugábamos a que éramos caballeros o vikingos invasores.
Imaginé sus versiones en miniatura, desmadrados por la casa. Qué mejor lugar que ese para espolear la imaginación de un niño. Aunque no podía quejarme, criarse en Vermont también había sido maravilloso. Los bosques, campos, lagos y graneros eran nuestro patio de juegos.
—Estamos en el comedor pequeño —nos avisó lady Asha, volviendo la cabeza antes de que Oliver y ella doblaran una esquina.
Kieran me tomó del brazo e hizo que me detuviera para darme un beso en cuanto los perdimos de vista.
—¿Haces algo luego? —preguntó con sus labios casi pegados a los míos.
Le envolví el cuello con los brazos, disfrutando muchísimo de ese aspecto de mi trabajo de catalogación.
—¿Qué tenías pensado?
Nos sonreímos y luego deslizó su brazo alrededor de mi cintura y echamos a andar de nuevo.
—Me has preguntado por lo de Guy Fawkes —dijo—. Todo empezó en 1605.
—El año en que se fundó Thomas Marlowe —apunté al percatarme de la coincidencia.
Kieran asintió.
—El plan se tramó después de que el rey Jacobo I contrariara a los católicos cuando se negó a restaurar su fe tras la muerte de Isabel I.
Un grupo de disidentes se reunieron en el Duck and Drake de Londres y confabularon para hacer saltar por los aires el Parlamento el día de su inauguración, el cinco de noviembre. Guy Fawkes era uno de ellos.
Mientras nos dirigíamos al comedor, me contó que Guy había usado el nombre falso de Guido para alquilar un sótano situado debajo del Parlamento y que estaba allí, esperando, preparado con fósforos y treinta y seis barriles de pólvora, cuando lo detuvieron, frustrando así la conspiración de la pólvora.
—En 1606 se decidió conmemorar el día con una celebración —concluyó—, que pronto se convirtió en la fiesta que conocemos ahora, con hogueras, fuegos artificiales y la quema de monigotes.
—Más o menos como nuestro Cuatro de Julio —dije—, pero sin lo de los monigotes. Puede estar bien.
Iríamos al festejo principal, que tendría lugar en el Midsummer Common de Cambridge.
—Ya lo creo —afirmó.
Habíamos llegado al comedor pequeño, en el que había una mesa para ocho o diez personas, a diferencia de la del comedor principal, que daba cabida hasta a cuarenta. Un fuego crepitaba en el hogar y unos gruesos cortinajes de terciopelo contribuían a darle un aire incluso más acogedor.
Además de lady Asha y Oliver, lord Graham también estaba sentado a la mesa, y todos esperaban educadamente a que llegáramos.
—Buenas tardes, Molly —me saludó el padre de Kieran. Una leve sonrisa asomó en su gesto serio.
Creo que le caía bien, aunque no podía asegurarlo.
—Buenas tardes, lord Graham. Es un placer estar aquí.
El hombre había estado enfermo y llevaba un tiempo alejado de la esfera pública, así que me alegré mucho de verlo. Me senté, agradeciéndole a Kieran con una sonrisa que me hubiera sujetado la silla. No era algo que él acostumbrara a hacer, pero allí no desentonaba.
Una vez que estuvimos todos sentados, lady Asha cogió un cucharón.
—¿Sopa de lentejas rojas?
Oliver empezó a pasarnos un plato con pan indio. También había sándwiches variados apilados en una bandeja.
—Por favor —dije, inhalando el delicioso aroma de la mezcla de especias que desprendía la sopa.
Poco después estábamos todos comiendo. La conversación se centró en temas banales que, por suerte, pasaron de largo mis avances, o su ausencia, en cuanto a la catalogación de la colección.
Cuando acabáramos, les pediría a Kieran y Oliver que me dejaran ponerme con mi tarea para poder cumplir con los plazos y no retrasarme.
—Molly va a investigar quién era en realidad Selwyn Scott —comentó Kieran—. Si alguien puede resolver el misterio, esa eres tú, cariño —añadió, dándome unas palmaditas en la rodilla.
Todos se volvieron para mirarme con curiosidad e interés. Dejé la cuchara.
—Ah, ¿sí? O sea, se me ha ocurrido que quizá…
—¡Me parece una idea genial! —exclamó Oliver, apuntándome con un dedo—. Podríamos desvelar la verdadera identidad de Selwyn cuando salga mi libro, eso nos daría muchísima prensa y publicidad, puede que incluso publicaran un artículo en la sección cultural de The Sunday Times…
—Y te invitarán a programas de entrevistas —señaló lady Asha—. A todo el mundo le gustan los misterios.
—Se te compensaría, por supuesto —aseguró Oliver, con lo que eliminó de un plumazo otra de las preocupaciones que me reconcomían—. Y aparecerás en los agradecimientos.
—También deberían entrevistarla a ella —opinó lady Asha—. Así podría explicar cómo lo hizo para averiguar la verdadera identidad de Selwyn.
Por su mirada ilusionada comprendí que estaba convencida de que, efectivamente, yo sería capaz de resolver un enigma que otros no habían logrado aclarar durante siglos.
¡Eso sí que era que te echaran a los leones!
Por un lado, el proyecto me encantaba y el dinero siempre venía bien, pero, por otro, la presión era inmensa.
En circunstancias normales, sabía defenderme y no tenía problemas para plantarme y pedirle que echara el freno a quien se extralimitaba, siempre con tacto, por supuesto, pero se trataba de la familia de Kieran.
Además, debo reconocer que me atraía la idea de hacer alguna aparición mediática en la que no fuera la «belleza de Vermont» con la que salía Kieran.
—Bueno… —dije tratando de ganar tiempo—.
A ver qué os parece esto: primero, hago una investigación preliminar y, luego, ya hablamos de lo demás.
—No solo lo necesitaba para determinar las posibilidades de éxito, sino también para calcular cuánto tiempo tendría que dedicarle y saber lo que debería cobrar.
No quería quedarme corta ni pasarme—. Es un proyecto fascinante y me gustaría estar segura de que puedo hacerlo.
—No te preocupes, Molly —dijo lady Asha—. Por lo que Kieran me ha contado, estoy convencida de que será pan comido. —Me miró con una expresión tan embelesada y parecida a la de su hijo que por un momento no supe qué responder—. Hablando de comida, hay miniéclairs de postre y he preparado café.
A pesar de las protestas que se oyeron alrededor de la mesa, todos nos dimos el gusto. Después, lady Asha nos echó, insistiendo en recoger ella sola, y Kieran y yo regresamos a la biblioteca caminando como patos.
Estaba a punto de preguntarle si le parecía bien que me pusiera a trabajar cuando abrió la caja que contenía la biblia.
—Vamos a echarle un vistazo —propuso, y colocó el enorme y voluminoso libro sobre la mesa.
La tapa, bastante desgastada, era de cuero repujado con letras doradas. La levantó con sumo cuidado y fue pasando las páginas con delicadeza.
—Xilografías —dijo, refiriéndose a las ilustraciones.
—Es una verdadera reliquia familiar —comenté, pensando en las generaciones de Scott que habían cuidado y preservado esa biblia.
Llegó al registro de la parte posterior y estudiamos las anotaciones, desvaídas y de color marrón rojizo.
—Ah, aquí está. Samuel Scott nació en 1812, así que tendría treinta años cuando se publicó El manuscrito maldito , en 1842.