El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3)
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Capítulo uno
CAPÍTULO UNO
N oviembre había llegado a Cambridge y con él un aire frío y cortante, bufandas y abrigos de lana guardados hasta entonces en los armarios y algo nuevo para mí como expatriada estadounidense, el día de Guy Fawkes.
Unos seis meses antes, mi madre y yo nos habíamos mudado de Vermont a Cambridge y nos habíamos asociado con mi tía abuela Violet para llevar Thomas Marlowe: Manuscritos e Infolios, una de las librerías de esta ciudad histórica con sus más de treinta facultades.
—Explícame lo del día de Guy Fawkes —le pedí a Kieran Scott, mi pareja, mientras levantaba la tapa del portátil—. Quiero estar preparada para la fiesta de esta noche.
Nos encontrábamos en la biblioteca de Hazelhurst House, una mansión con un antiguo foso, hogar de la infancia de Rieran, situada en un pueblecito de los alrededores de Cambridge.
Lady Asha, la madre de mi pareja, me había ofrecido un segundo trabajo: la catalogación de una colección de libros que tenían cerca de quinientos años, llena de primeras ediciones y de temática muy variada.
Dado que nos encontrábamos en ese periodo de calma que precede al impulso de las ventas en Navidad, a la librería no le vendría nada mal ese ingreso adicional.
Además, como antigua bibliotecaria, me encantaban el desafío y la caza del tesoro que implicaba esa actividad paralela.
Kieran, que estaba apoyado en la mesa, junto a mi silla, cruzó los brazos, y vi que se le iluminaban los ojos castaños. Moreno, de melena rizada y con la complexión delgada y fuerte de un entusiasta del ciclismo, era tan guapo que rayaba en lo ridículo.
—¿Qué prefieres? ¿La versión larga o la corta? —preguntó.
Eché un vistazo a las librerías, que ocupaban las paredes del suelo al techo, con una desazón que me recomendaba ponerme a trabajar de inmediato. Ese día me había propuesto recorrer la biblioteca de arriba abajo y decidir cómo iba a afrontar el proyecto.
—La corta, de momento. —Pulsé unas cuantas teclas e inicié sesión en un programa de catalogación. Nombre del proyecto: «La biblioteca de Hazelhurst Manor, fundada en…»—. ¿Cuándo empezaron a comprar libros tus antepasados?
Kieran se frotó la barbilla mientras pensaba.
—No estoy seguro del todo, pero tenemos un libro de horas iluminado que se debió de adquirir sobre el 1500. —Sonrió complacido—. Aunque no es nuestro volumen más preciado.
—¿Y cuál es? —pregunté, picando el anzuelo.
Sabía que estábamos desviándonos del tema principal, pero este otro me fascinaba tanto que quería saber más.
Guy Fawkes podía esperar un minuto. Introduje «fundada en 1500» en la descripción del proyecto y decidí que valdría de momento, al menos hasta que diéramos con una fecha más precisa.
—¿Alguna vez has oído hablar de El manuscrito maldito ? —preguntó Kieran—. En su día fue tan famoso como El castillo de Otranto .
Repasé mi catálogo bibliográfico mental.
El castillo de Otranto se consideraba la obra que impulsó la novela gótica a mediados del siglo XVIII , tras la que vinieron El monje, Los misterios de Udolfo, Frankenstein y, por supuesto, El manuscrito maldito , una historia acerca de un libro que acababa con la vida de su dueño.
—Selwyn Scott —dije, atando cabos—. ¿Era antepasado tuyo?
Kieran asintió.
—Sí, fuera quien fuera.
—¿Selwyn es un seudónimo?
No me sorprendía. En un primer momento, Horace Walpole, autor de El castillo de Otranto , también había publicado usando un nombre distinto del suyo real, el de «William Marshal, caballero».
Walpole, miembro del Parlamento, historiador y arquitecto, había hecho pasar la historia por un manuscrito que había «encontrado», una estratagema literaria interesante.
Igual que él, los Scott habían sido miembros del Parlamento, una tradición que ha continuado a lo largo de varios siglos hasta lord Graham Scott, el padre de Kieran.
Su hermano mayor, Alan, que vivía y trabajaba en Hong Kong, era el siguiente en la línea sucesoria tanto del título como del cargo.
Antes de conocer a Kieran, ignoraba que el sistema de privilegios aristocráticos continuara vigente más allá de Carlos, Guillermo y Enrique.
—Nadie ha sabido nunca quién fue el verdadero autor —dijo Kieran—, pese a lo mucho que se ha especulado al respecto. —Se acercó un poco más y susurró con voz seductora—: ¿Quieres ver el manuscrito original?
Me eché a reír.
—Tú sí que sabes cómo conquistarme.
Empujé la silla hacia atrás, emocionada ante la idea de echar un vistazo al documento histórico, que resultaba aún más interesante por su vínculo personal con el dueño.
Me condujo por la amplia estancia, una habitación cubierta por exquisitas alfombras persas y amueblada con largas mesas de roble y sillas y sofás tapizados con brocados dorados.
Las paredes estaban revestidas de papel de seda de un rojo desvaído y de paneles de madera labrada, bañadas por la luz que proporcionaban unas magníficas arañas y las ventanas de barrotillos romboidales.
Aun así, como friki de los libros, las escaleras deslizantes que se utilizaban para alcanzar los libros que se encontraban en los estantes más altos eran mi detalle preferido.
En lugar de llevarme hasta una de las librerías, apartó hacia un lado uno de los tapices que colgaban junto a la chimenea para dejar a la vista una puerta oculta.
—Aquí es donde guardamos los archivos y los documentos de la familia —dijo al tiempo que se sacaba del bolsillo un llavero. Introdujo una de las llaves de latón en la cerradura y la giró—. Te aviso que está todo un poco manga por hombro.
El corazón me dio un vuelco al pensar que se me permitía entrar en ese sanctasanctórum.
Como ya me había ocurrido en la librería de tía Violet, nada superaba la emoción de hurgar en la historia y los misterios familiares.
Aún me costaba asimilar que nuestra tienda hubiera abierto en 1605 y que tan pronto podía toparme con un contrato de venta antediluviano como con un resguardo de envío de la semana anterior.
Kieran giró el picaporte y le dio un leve empujón a la puerta para abrirla, tras la que apareció una habitación bastante más amplia que el cuartucho que yo esperaba.
Los estantes de madera que recorrían las paredes sin ventana contenían un batiburrillo de libros de cuentas desvaídos, archivadores de documentos, clasificadores de fuelle y, en una de las secciones, varias cajas de conservación que atrajeron mi atención como si se trataran de un imán.
—Lo llevaremos a la biblioteca —dijo Kieran, cogiendo una de ellas—. Allí hay más luz.
Miré las demás con curiosidad.
—¿Qué hay en esas otras?
—El libro de horas del que te he hablado, por ejemplo. —Le dio unos golpecitos a la más grande de todas—. Esto es una biblia de familia que contiene fechas de nacimiento, matrimonio y defunción desde principios del siglo XVII .
Enseguida despertó mi interés.
—¿Incluida la generación de Selwyn?
De ser así, quizá podríamos encontrar a posibles autores e indagar en su pasado. Sería muy emocionante resolver ese misterio literario.
Kieran abrió mucho los ojos cuando comprendió a qué me refería.
—Pues sí, ahora que lo dices.
Apiló la caja del manuscrito sobre la de la biblia y cogió las dos.
Dejé que saliera él primero de la habitación para echar una última y anhelante mirada a los documentos de la familia antes de seguirlo.
Para mí, esa colección de papeles polvorientos era una ventana que se abría a la historia, un tema que me fascinaba desde siempre.
Y aún más en Inglaterra, donde estábamos inmersos en ella.
Me reuní con Kieran junto a la mesa y esperé de pie, a su lado, mientras él abría la caja más pequeña.
—¿El autor o la autora no firmó con su nombre real? —Medio bromeé. Ojalá fuera tan sencillo.
—Por desgracia, no. —Dejó la tapa a un lado y me indicó que me acercara—. Ahí lo tienes.
Contenía una pila de hojas manuscritas. La letra, inclinada y curvada, estaba trazada con soltura y el papel de hilo tenía un tono cremoso.
— El manuscrito maldito —leí en la primera página—. De Selwyn Scott. Parece la copia del impresor.
—Eso es lo que creemos. Las páginas están inmaculadas, no hay tachones ni borrones.
En la actualidad, todo era mucho más fácil, al menos en el mundo editorial.
Gracias a los ordenadores, no costaba nada efectuar cambios y obtener un ejemplar que no contuviera errores sin necesidad de dedicarle innumerables horas a procurar hacer buena letra.
Ni siquiera con las máquinas de escribir había sido tan sencillo.
—Ah, estás aquí, viejo amigo.
Levantamos la vista del manuscrito cuando un hombre rubio de aproximadamente nuestra edad entró en la biblioteca con paso decidido.
Entre las facciones marcadas, el flequillo y aquella chaqueta de tweed combinada con unos vaqueros, me recordó a muchos de los académicos que había visto por Cambridge.
—Tía Asha dijo que te encontraría aquí.
Kieran le indicó que se acercara.
—Oliver. Ven a conocer a mi novia. Molly, este es mi primo Oliver. No le hagas ni caso, es un cantamañanas.
El recién llegado sonrió complacido mientras me tendía la mano y estrechaba la mía.
—Un placer, Molly. —Me escudriñó, aunque no de esa manera que da repelús. Los ojos azules se le iluminaron al instante al reconocerme—. Trabajas en Thomas Marlowe, ¿no? Me paso por allí de vez en cuando. Esa librería está muy bien.
Pues ahora que lo mencionaba, estaba bastante segura de que yo también lo había visto a él. Tenía ese atractivo que atrae miradas.
—¿Vives en Cambridge?
—En el St. Aelred. —Una de las universidades más antiguas, pequeñas y encantadoras de la ciudad—. Soy catedrático de Literatura Inglesa.
—El doctor Scott, supongo —dijo Kieran. Por cómo se rieron los dos, supuse que se trataba de una broma entre ellos—. ¿Qué tal va todo por la universidad?
Oliver suspiró y puso los ojos en blanco por respuesta y a continuación aprovechó el asunto del manuscrito para cambiar de tema.