Capítulo 34 #3
Vertí unas gotas sobre su cara. Como si la sangre le quemase, sus facciones se fruncieron, más aún de lo que ya lo estaban. El vagabundo imploraba entre sollozos que no siguiera.
—Johne, yo tampoco necesito mancharme las manos de sangre para conseguir mis propósitos, aunque en un sentido figurado, dadas las circunstancias. —Esbocé una sonrisa taimada antes de proseguir—: Solo tiene que decirme dónde está su libro y todo habrá terminado.
Este mantenía los labios apretados, pero eso no evitaba que se estremeciese y que empujase con las piernas contra el suelo intentando escapar. En varias ocasiones su mente no lo soportó y se desmayó. Sin embargo, cuando regresaba, la reacción de su cuerpo era todavía peor.
—Vamos, Johne. No se haga esto a sí mismo, suéltelo ya.
Unas gotas comenzaron a precipitarse sobre nosotros. Las nubes no aguantaron más y se convirtieron en lluvia. El agua me limpiaba la sangre de la mano, que se perdía en la tierra. Aquello jugaba en mi contra. No me quedó más remedio que redoblar la apuesta.
—¡Vamos, Johne! ¡La paciencia se me agota! —exclamé al tiempo que vaciaba el primero de los frascos entero sobre su cara.
Johne chilló, golpeó el suelo con sus talones anudados y se revolvió tanto que Flora tuvo que acudir a sujetarlo conmigo. Tomé el otro frasco, sin más tiempo que perder, y se lo mostré destapado al vagabundo.
—Podemos seguir así hasta que amanezca, Johne —mentí—. ¿Lo soportará?
—¡En la muralla! —desveló al fin. Su voz sonaba desahogada—. A la salida del pueblo, uno de los bloques de piedra está desencajado. Ahí está. Ahora, por favor, detente.
Solicité a Flora que fuese a comprobarlo.
Mientras regresaba, me coloqué a horcajadas sobre Johne.
La lluvia era entonces intensa y el anciano comenzaba a darse cuenta de que estaba perdiendo la ventaja que tenía sobre él.
Aun estando expuesto a su mayor miedo, Johne aprovechó un momento de despiste para girar bruscamente y lanzarme al suelo.
El frasco rodó y las últimas gotas de sangre se sumergieron en la tierra húmeda.
Cuando me levanté, vi a Johne erguido. Había logrado liberarse las manos y estaba haciendo lo propio con el nudo de los pies.
Corrí hacia él, pero se percató a tiempo y me golpeó en la cabeza con el bastón que acababa de recuperar del suelo.
Caí hacia atrás aturdido, incapaz de mandar la orden a mis piernas para que me alzasen de nuevo.
Eché la vista a un lado, Bob y Margery permanecían inmóviles ante la escena.
Luego torné la cabeza al frente y la sombra de Johne me envolvió.
Dispuesto a asestarme el golpe definitivo con el bastón, algo lo detuvo de repente.
Lo soltó y se aferró a su pecho. Le costaba respirar.
Los ojos se le estaban hinchando y tiñendo de rojo.
Hincó una rodilla, luego la otra. Los espasmos comenzaron a controlarlo hasta que acabó tumbado.
Su cuerpo embadurnado en barro crujía y segregaba líquidos por todos los orificios al tiempo que se consumía.
La piel humeaba como si fuese vaho en una noche húmeda y fría.
La tez pasó de morada a pálida, de la que pronto solo quedó un fino pellejo sobre los huesos.
Y el clamor agónico que lo había acompañado durante ese monstruoso proceso enmudeció.
El sonido de la lluvia lo impregnaba todo. Bob mantenía el gesto tranquilo, mientras que Margery había vuelto a llorar. Poco después apareció Flora con las escrituras de Johne en una mano y la cubierta en la otra. Soltó ambas sobre los restos del cadáver, sobre huesos, pelo y andrajos.
—No pudo soportar el miedo a la sangre y nos dijo la verdad. El libro estaba allí.
No respondí, no podía despegar la mirada de aquel hombre que se había evaporado ante mis ojos.
Me evadí como si no fuese yo quien estuviese viviendo la escena, como si se tratase de una pesadilla de la que no era capaz de salir.
La calma la rompió el ruido de la pala cavando un hoyo.
Me giré y vi a Bob haciendo lo que mejor se le daba.
—Lo enterraremos aquí, junto con su libro y los nuestros —indicó el sepulturero ensimismado en el vaivén de la tierra que él mismo removía.
Asentí en silencio y me di la vuelta. Flora, sin necesidad de indicación alguna, me siguió hacia el bosque y dejamos atrás aquel pueblo fantasma con sus fantasmas.
El camino de regreso fue silencioso, tardé en asimilarlo. Pensaba que otra revelación afloraría para derrumbar lo que había descubierto y hacerme retroceder. Pero no fue así, esa vez no. Ya casi había terminado, solo quedaba una cosa más. Algo que hice en cuanto crucé la puerta de casa.
Me dirigí a mi cuarto, abrí el arcón y extraje la lista de Angus. Fui a la chimenea, la prendí y, a la luz del hogar, taché los tres nombres que quedaban con la sangre y el barro de los dedos. Observé la hoja unos segundos antes de alimentar las llamas con ella.
El fuego redujo el papel a cenizas como el tiempo haría sobre los cuerpos, pero sus almas perdurarían en la eternidad.