Capítulo 35
L as aguas regresaron a su cauce. La vida volvía a sucederse con normalidad sin más preocupaciones que las que podía albergar cualquiera.
Sin embargo, después de varios días de rutina, la imagen de Margery y Bob devastados seguía acudiendo a mi memoria.
Me perseguía y me atormentaba. Al fin y al cabo, era el culpable de haber roto su equilibrio y, con ello, sus vidas tal y como las conocían.
Así que aquel día, al caer el sol, después de otra jornada más en la herrería, puse rumbo al cementerio, atravesé el bosque y me interné por última vez en la guarida de los renegados.
Caminaba por esas callejuelas que parecían estar malditas, aunque con la libertad que da no temer ser descubierto.
Sin mirar de reojo a mi espalda, sin controlar mis pisadas y sin que el corazón fuese a estallarme en el pecho.
Vociferé al aire sus nombres y repetí esa llamada durante mi paseo nocturno. Bob no tardó en aparecer.
Di un leve respingo cuando lo vi de cerca.
No estaba preparado para ese cambio tan drástico.
Su cuerpo estaba más desgarbado que antes, una barba rala y desaliñada cubría la mitad de su rostro, y sus ojos se habían hundido y bajo estos le colgaba una pronunciada bolsa de piel muy oscura.
Los dedos de la mano derecha, como siempre pegada a su torso, también mostraban el paso del tiempo, pues cada uno apuntaba en una dirección distinta.
—Hola, Roy —dijo con voz profunda—. Vamos.
Su caminar seguía siendo el mismo. Fui tras él hasta una pequeña vivienda que los guarecía esa noche.
Margery se hallaba acurrucada en una esquina, con Tiberius encima, que ronroneaba con las caricias de su dueña.
Me acerqué y me senté a su lado. Ella no giró la cabeza, ni siquiera hizo gesto alguno, como si no hubiera advertido mi llegada.
Sus facciones angulosas se habían exacerbado.
Ahora había más sombras en su cara y los huesos se le marcaban.
Un puñado de finas arrugas se habían agrupado en torno a la frente y los ojos, y el cabello había palidecido.
Sin embargo, detrás de esa apariencia física de mujer seguía habiendo una niña que no entendía el mundo que la rodeaba.
Era la expresión del desconsuelo y de la tristeza que aún no la había abandonado.
—Hola, Margery. ¿Cómo estás?
Se encogió de hombros con resignación.
—Creo que nunca lo superará —intercedió Bob en pie.
—Sí, claro que lo hará —afirmé más para ella que para él—. Escucha, Margery, sé que ahora todo parece estar cubierto por una nube negra, de esas que anuncian el fin del mundo, pero todas las nubes terminan por marcharse.
Los ojos vidriosos de esa niña con cuerpo de mujer se cruzaron con los míos. Me volví hacia Bob.
—Tenéis que marcharos de aquí. Este lugar es demasiado solitario y no os merecéis eso. Esa fue la decisión de Johne, no la vuestra. Ahí fuera, en algún lugar, hay un sitio para vosotros. No temáis encontrarlo.
—Pero estamos solos en este mundo —reprochó Margery con voz temblorosa—. Siempre lo hemos estado.
—Te equivocas, os tenéis el uno al otro.
Habéis sido el mástil donde apoyaros mutuamente desde hace muchísimo tiempo.
Nunca os habéis fallado, sois lo más constante en vuestras vidas.
Aprovechaos de ello, usadlo para sobrevivir en este mundo hostil, no para regodearos en la miseria que nos enfanga a todos.
En ese momento, Margery pareció procesar mis palabras, pues se levantó y se dirigió hacia Bob.
Lo miró. Miró a su amigo más leal, a su única y verdadera familia.
La complicidad entre ambos era tan grande que parecían estar teniendo una conversación silenciosa.
Sin necesidad de gesto alguno, se acercaron y Margery lo rodeó con los brazos.
Bob hizo lo que pudo con uno, quedando el otro refugiado, protegido entre sus cuerpos.
—Solo he venido a despedirme —dije cuando se separaron—. No tengo intención de volver por aquí, pero necesitaba asegurarme de que os iría bien. Creo que podré dormir tranquilo, ¿no es así?
—Sí, así es —respondió Bob—. Nos irá mejor lejos de aquí. Vendrás conmigo, ¿verdad, Margery?
Esta sacudió la cabeza y la felicidad recién adquirida rejuveneció sus rasgos.
Les agradecí lo que habían hecho. De no ser por la valentía de Bob no lo habría logrado. Me despedí con el pesar de no volver a verlos, pero con la esperanza de que eso significase un mejor porvenir para ellos. Y dejé atrás aquel pueblo condenado a la soledad.
Unos días más tarde, por la noche, crucé la entrada de la taberna, donde la mayoría se divertía.
Casi ninguno de los allí congregados podría llegar a imaginar la maldición que nos había sobrevolado.
Para ellos solo habían sido los meses de un invierno más.
Al fondo, en su sitio predilecto de la barra, me esperaba Flora para pasar la última velada juntos.
Todo fueron risas, anécdotas y brindar con cerveza durante largo rato hasta que una de mis declaraciones acalló a Flora como nunca antes lo había conseguido.
—He estado pensando… Voy a escribir un libro sobre esto, sobre todo lo que ha pasado aquí.
El aspecto sombrío de Flora hablaba por sí solo. Tartamudeó un par de veces hasta que al fin formuló la pregunta que la estaba afligiendo:
—Roy, ¿no estarás pensando en…? No irás a convertirte, ¿no?
Miré a un lado y a otro con cautela. A pesar de la marabunta de gente, el ruido era tal que se podía hablar sin temor a ser escuchado. Mantuve la seriedad y me arrimé un poco más hacia ella.
—Ahora que no queda ninguno —susurré con perversidad—, tengo vía libre para ser el único ser inmortal en este mundo.
Flora retrocedió, se alejó de mí mientras yo le sostenía la mirada. Sin embargo, no aguanté mucho más y, antes siquiera de que intentase rebatirme, mis carcajadas rompieron la tensión que se había instalado entre los dos.
—¿Cómo has podido creértelo? —pregunté anonadado y divertido a un tiempo—. Por fin he podido devolverte una broma. Después de todo lo que hemos pasado, de lo que me conoces, ¿me creerías capaz de ello? En absoluto, no se trata de eso.
Flora se terminó la jarra de cerveza de una sentada y pidió al tabernero que la rellenase. Recuperada la compostura y con alivio en el tono me preguntó a qué se debía entonces.
—Había algo más en el plan de Angus Morrison.
Algo que he tardado en darme cuenta y que aún está por terminar —dije—.
Lo he estado pensando y creo que Angus sabía que, al destruir sus libros, los estaba sentenciando al olvido.
Es por ello que, después de romper cada vínculo, después de cada muerte definitiva, dejaba un libro idéntico en su lugar.
Sus almas siempre fueron inmortales. Al destruir los manuscritos que las mantenían ancladas a esta vida, las hemos liberado, pero también hemos borrado su rastro en el mundo.
Se perderán en el tiempo, salvo que haga algo.
Escribir el manuscrito de las almas que hemos liberado, contar sus historias, las hará inmortales aquí también.
—¿No te preocupa que, quien lo lea, descubra el secreto que tanto esfuerzo te ha costado encubrir?
—Quien lea esto nunca se lo creerá. Nadie que no lo haya experimentado en su carne llegaría siquiera a intuir la realidad de estos hechos. Será leído como un relato de terror, nada más.
—¿Y si te equivocas? —inquirió Flora—. Con respecto a Angus, me refiero. ¿Y si realmente no era el hombre que crees que era? ¿Y si esos libros idénticos eran la manera de esconder sus crímenes? ¿Y si realmente pretendía ser el único ser inmortal?
Me encogí de hombros.
—Nunca lo sabremos. Es la imagen que me he formado de él por lo que me ha sucedido, por lo que me han contado y por lo que leí a través de las memorias de Helen.
—Hice una pausa para tomar aire—. Pero estás en lo cierto, es posible que fuese alguien completamente distinto, que se tratase de un verdadero monstruo.
Sin embargo, no es ese quien quiero que sea recordado, sino mi Angus Morrison.
Flora pareció entender mis pretensiones y me animó entonces a que lo hiciese, a que escribiese mi propia historia y la de los que se habían cruzado con ella.
Bien entrada la madrugada, solo quedábamos los dos en la taberna. Aguantamos allí hasta que el dueño nos echó y cerramos la conversación de camino a mi casa.
—¿Por qué no te quedas aquí?
—Ya te lo he dicho, Roy. Mi vida no está aquí, este no es mi sitio.
Yo estoy hecha para estar con mis ovejas y mis cultivos, para respirar la calma del norte.
Aquí hay demasiada gente. Ya viste que, el tiempo que estuve aquí, me exilié en el campo junto a un sacerdote católico. Lo mío es el aislamiento.
—Entiendo…
—El invierno ya casi ha pasado y es el momento de arar la tierra y volver a sembrar. Si no lo hago, habré perdido un año entero. Pero puedes venir a visitarme cuando quieras. Allí siempre tendrás un sitio donde dormir y disfrutarás de la naturaleza.
—Está bien, quizá lo haga algún día. Quizá cuando escriba el libro vaya al norte a leértelo. Volveremos a recordar viejos tiempos y nos reiremos de nuevo.
—Claro que sí, caraid —repuso Flora—. Claro que sí, amigo.
Después nos fundimos en un abrazo de amistad verdadera, de esa que jamás se agota, para luego separar nuestros caminos con el compromiso de volver a unirlos en ese futuro incierto que nos aguardaba.
A la mañana siguiente decidí tomarme la jornada de descanso.
Tenía una tarea pendiente que había estado postergando demasiado tiempo.
Así que salí al exterior y me puse en marcha.
El sol que coronaba el pueblo brillaba con una fuerza insólita, sus rayos mantuvieron mi piel cálida durante el recorrido.
El gentío que ocupaba las calles de piedra disfrutaba de la charla y del buen clima.
Llegué a mi destino y las tres mujeres que había alrededor de la pila me miraron con asombro, pero en cuanto las saludé regresaron a sus labores.
Solté entonces el cesto sobre el suelo y comencé a hundir en el agua una a una las prendas de Catriona.
Las frotaba con un pedazo de sebo que me prestaron aquellas amables mujeres.
Mientras la suciedad se desprendía de la ropa me di cuenta de que había estado equivocado todo el tiempo.
La muerte no era un adversario al que combatir, no era algo contra lo que luchar.
Había que aceptar que la muerte era algo con lo que convivir.
Terminé de colocar toda la ropa sobre la base de piedra, donde el sol la secaría, y sentí con alivio cómo acababa de recuperar a mi mujer.
Al fin fui capaz de evocar su imagen sin que el dolor la emponzoñase.
Tarde o temprano volvería a encontrarme con Catriona, pero hasta entonces podría vivir mi vida junto a su recuerdo.