El manuscrito de las almas Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Incapaz de no alardear y movido por la repentina furia, Johne rio a carcajadas y siguió hablando con altanería:

—¿De verdad creías que el ególatra de Angus Morrison era tu padre?

No, para nada. Sus ansias de grandeza eran lo único que ocupaba sus pensamientos, no dejaba tiempo para nada más, ni siquiera para el amor.

Por eso nunca entendió que lo que me hizo era algo que rompería a cualquier hombre, algo que jamás olvidaría.

Por su culpa no pude despedirme de mi amada, no pude pasar los últimos momentos de su vida junto a ella.

Me privó de las migajas de amor que me quedaban.

Y todo por evitar lo inevitable, por impedir que la enfermedad llegase a nuestras calles.

Hoy, más de cuarenta años después, la plaga está a las puertas del pueblo. ¡Maldito necio!

La mano de Johne que empuñaba el bastón estaba tan enrojecida como sus facciones. Por primera vez en toda la noche, se giró hacia mí, como si acabase de reparar en mi presencia, pero no me dirigió ni una palabra. Se volvió hacia Margery, que estaba encogida sobre sí misma en el suelo, y continuó:

—Pero nadie que haya osado enfrentarse a mí se ha marchado sin recibir su dosis de venganza.

Soy un pozo sin fondo de paciencia, puedo esperar el tiempo que haga falta, pero tarde o temprano me cobraré la deuda.

No, Angus Morrison no iba a irse de este mundo como el héroe que anhelaba ser.

Mi vida dio un vuelco por su culpa, me hundí en la miseria.

A punto estuve de dejar todo atrás, de partir en busca de mi mujer al otro lado, pero mi destino era quedarme e impartir justicia.

Como un ángel caído del cielo, Margery, apareciste en mi vida para que yo pudiese devolverle al médico lo que le debía.

No hubo ninguna historia de amor prohibido, ese es otro de mis cuentos.

Lo único real es que alguien te abandonó.

No sé ni quién ni por qué, aunque tampoco me molesté en averiguarlo.

Solo sé que te dejaron en el bosque, donde te encontré cuando todavía eras un bebé.

Todo lo demás fue un plan que urdí a fuego muy lento, sin prisa, saboreando cada mínimo avance.

Tú me ayudaste a acercarme al médico y llegué a convencerte de que eras tú la que querías vengarte de él, no yo.

—Su sonrisa no dejaba de crecer—. No haberlo conseguido en aquel primer intento, cuando incendiamos su casa con él dentro, fue un dulce regalo que me otorgó el destino, pues sirvió para que Angus descubriese más tarde que había sido traicionado por su hija adoptiva.

Y luego murió sin entender nunca el porqué.

Jamás me habría imaginado una mejor consumación de mis planes.

Mientras que Johne se regodeaba en sus palabras y se jactaba de su intelecto, a Margery le costaba respirar.

Derrumbada junto a Bob, en su rostro se dibujaba la lucha entre el desengaño y la cólera bajo una capa de lágrimas irrefrenables.

En un exabrupto, arrancó una página de su libro.

Luego le siguieron otras, cada vez con más ímpetu, cada vez con más desconsuelo.

—Mentira… Mentira… Mentira… —repetía con cada tramo de su vida que se llevaba el viento recién reanimado—. Todo esto es mentira. Mi vida entera ha sido una farsa. Este libro no soy yo. ¿Quién soy yo?

Margery terminó de separar todas las hojas de su manuscrito y arrojó lejos la cubierta. Se acurrucó en el regazo de Bob, que se había tendido en el suelo junto a ella, y la ira desapareció para dar paso únicamente a la tristeza.

Johne bufó y negó con la cabeza.

—Niña estúpida, siempre te has dejado llevar por tus sentimientos.

No has aprendido nada de mí en todo este tiempo.

Quédate con este, yo me largo de aquí para siempre.

—En ese instante, Johne se volvió hacia mí y se aproximó con gran lentitud.

Su mirada intimidatoria me erizó el vello y resucitó mis sentidos—.

Joven, casi te sales con la tuya. Casi. Pero no eres tan hábil como yo.

De nada sirve todo lo que has conseguido si queda uno de nosotros en este mundo.

Y así será. —Me lanzó la faltriquera vacía y siguió con la perorata—: Como sabes, no es mi estilo el enfrentamiento directo.

Sé que en una lucha no tengo nada que hacer contra ti, pero tú tampoco puedes vencerme.

Mi libro está a buen recaudo y jamás descubrirás dónde.

Desapareceré de aquí, me iré lejos, a un sitio donde nadie me espera, donde nadie me conoce.

Fin del juego, Roy. Has perdido, he ganado.

Di un paso al frente y acorté la distancia que nos separaba. Nuestros cuerpos se encontraban a un palmo. Por primera vez miré de igual a igual a aquel vagabundo cuentacuentos que había manipulado a todo el que se había interpuesto entre él y sus objetivos.

—¿Sabe, Johne? Creí que Bob me estaba tendiendo una emboscada, pero me he dado cuenta de que siempre ha estado usted detrás, que ha sido quien ha movido los hilos. Al menos en esta ocasión, Bob pretendía enmendar sus errores, así que imagino que no le habrá contado que no estoy solo. Ya no.

Miré hacia la espesura e hice un ademán con la cabeza.

Johne se giró para ver cómo, de entre las sombras, emergía Flora.

No lo hizo con premura, sino que caminaba con elegancia.

Su larga capa de lana norteña rozaba con la hierba y sus tirabuzones negros rebotaban al son de sus pasos.

Se colocó al lado del viejo y le ofreció la mano como saludo.

—Hola de nuevo, Johne.

El vagabundo, de forma instintiva y para no dejarse amedrentar por la figura de la mujer, le estrechó la mano con firmeza, creyéndose superior.

Sin embargo, notó algo al contacto que hizo que la retirase con violencia.

Al mirarse la palma, los ojos de Johne se descontrolaron y su cuerpo comenzó a tambalearse.

Intentó permanecer en pie, pero unos ruidos guturales precedieron al desvanecimiento.

Johne, al igual que Flora, tenía la mano cubierta de sangre.

—¡Vamos! —le indiqué a Flora.

Flora sacó de su bolsa un amasijo de cuerdas que nos repartimos. Entre los dos nos apresuramos a amarrar a Johne, que seguía inconsciente en el suelo. Ella le ató las manos, y yo, los pies. Luego dejamos correr el tiempo hasta que el anciano volvió en sí.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? —preguntó Johne.

El viento arreciaba con más ímpetu que antes y el cielo amenazaba con descomponerse.

—Puede que sea algo ingenuo —reconocí acuclillado—, pero eso no significa que vaya a dejarme engañar más de una vez.

¿Ve esto? —Le acerqué la mano cubierta de sangre.

Él apretó los párpados y torció la cara para no verla.

Sin embargo, solo con el olor que esta desprendía su cuerpo se retorció—.

Gracias a su imparable verborrea fui capaz de dar con su punto débil.

Y sé que no es solo una debilidad, que se trata de un miedo irracional.

Al principio, cuando Flora me habló de ello, no lo entendía.

Pero he sido testigo de lo que os provoca, de cómo os afecta, y no pude dejar de preguntarme por qué.

Y creo haber llegado a una conclusión. Al final, los miedos mundanos se reducen a la muerte.

»Cualquier miedo, aunque no sea directamente a la muerte, deriva de esta.

El miedo a una tormenta es el temor a que esta nos arrastre, destruya todo a nuestro alrededor y, finalmente, nos lleve a la muerte.

El miedo a quedarse solo en la oscuridad no es más que la idea terrorífica de que algo que no controlamos y de lo que no nos podemos proteger aparezca de las sombras para hacernos daño y, en última instancia, matarnos.

El miedo a los desconocidos es el pánico a ser juzgado y repudiado por una sociedad a la que necesitamos para sobrevivir y sin la cual estamos abocados a la extinción.

Pero cuando la muerte no existe, cuando este terror tan atávico, tan natural, desaparece, ¿acaso dejamos de tener miedo?

No, simplemente estos miedos carecen de fundamento, se convierten en irracionales.

Y un miedo del que no se entiende lo que hay detrás puede crecer y crecer sin que nada lo frene.

»Solo necesitaba descubrir el suyo, Johne, y no me fue muy difícil.

Es como un libro abierto, le encanta hablar.

Su mayor virtud también ha sido su condena.

¿Cuántas veces me dijo lo de las sanguijuelas y su aprensión a la sangre?

La sangre derramada es como la arena de un reloj: cuando se agota, el tiempo se detiene.

Ese era su miedo antes de convertirse: el miedo a la sangre, a la muerte a la que conduce el desangramiento.

Tomé aire y le hice un gesto a Flora. Esta sacó un par de frascos llenos de sangre. Retiré la tripa que tapaba uno de ellos y lo coloqué sobre el rostro de Johne.

—Se me ocurrió cuando vi llegar al padre Philip con unos conejos que había cazado —expliqué con calma—. Ahí lo conecté todo. En lugar de desechar su sangre, la almacenamos en estos botes para una ocasión tan especial como esta.