Capítulo 34
B ob me observaba desde el otro lado del umbral, donde la noche lo envolvía por completo.
Permanecía inmóvil, enraizado al terreno como un árbol al que la brisa solo le mueve las ramas más finas.
Aguardaba impasible, como si fuese yo el que lo hubiese invocado, esperando algo de mí.
Yo, en cambio, había quedado paralizado por la inesperada visita, no atiné a hacer un gesto o a decir una sola palabra.
A pesar de las sombras que lo abrazaban, distinguí ese rostro extrañamente sosegado que alimentaba la suspicacia, como si bajo ese velo de serenidad se ocultase una naturaleza tendenciosa.
Sin embargo, más allá de la sorpresa, la quietud de ese muchacho logró aplacar mi agitación instantes después.
Noté un aliento cálido en el hombro y el silencio se rompió.
—¿A qué has venido? —increpó Flora a mi espalda con un marcado carácter de protección.
De súbito, las facciones de Bob se tensaron. Percibí que rechinaba los dientes. Tenía los labios tan apretados como los puños. Sin llegar a entenderlo del todo, supe lo que le estaba ocurriendo.
—No te preocupes —contesté—. Voy a salir a hablar con él, no quiero molestar al padre Philip.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No, vuelve dentro. Luego hablaremos.
Con aires contrariados, Flora no puso objeciones y se internó en la choza. Cerré la puerta y le hice un ademán a Bob para alejarnos de la vivienda.
—Te he visto así otras veces, tan rígido como una bota de cuero seco —observé mientras caminábamos el uno al lado del otro—. Recuerdo nuestros primeros encuentros en el cementerio. El miedo en tus ojos era como el que he visto ahora, cuando ha aparecido Flora. ¿Por qué?
—Usted ya no es un desconocido para mí —repuso lacónico.
Me fijé en el arrastrar de los pies de Bob.
Al no alzar lo suficiente las arqueadas piernas, era el único sonido que nos acompañaba.
Entendí de dónde provenía ese miedo que experimentaba ante cualquier extraño.
Tuve la certeza de que la burla y el desprecio lo habían acosado toda la vida.
Pese a que la última vez que lo había visto estaba cavando mi tumba, había algo en su expresión, algo distinto, que me inspiraba seguridad.
Quizá fuera un iluso, como lo había sido otras tantas veces, pero estaba dispuesto a escuchar lo que tenía que contarme.
—Suéltalo. ¿A qué has venido?
—A acabar con esto de una vez.
Se paró. Su jadeo se había acrecentado. Haber llegado a pie hasta la choza del padre Philip debía de haber sido un gran esfuerzo. Cuando se recompuso, lo dirigí hacia el abrevadero del caballo, donde nos sentamos antes de proseguir con nuestra conversación.
—He visto lo que le ha hecho a Margery esta noche. No puedo permitir que le pase nada a la niña.
—Tú y los demás ya sabéis mis intenciones. Debo romper esta maldición y evitar que se extienda. Tráeme los libros y no volveréis a verme.
Bob negó con la cabeza. Aún incapaz de dirigirme la mirada, continuó hablándole al suelo:
—No sé dónde están. Margery tampoco. Los guarda Johne.
—¿Y cómo pretendes ayudarme entonces?
—Está planeando algo, pero no sé el qué —prosiguió Bob—. Solo sé que esta noche iba a algún lugar del que decía que volvería en dos días, y que lo haría con nuestros libros. Creo que está pensando en abandonar la guarida, pero desconozco si hay algo más.
Le costaba encadenar tantas palabras seguidas. A menudo se detenía, como si algo le estuviese robando la respiración, para luego dar otro empujón a su declaración. Dejé que se tomase el tiempo que necesitase, pues se estaba disputando una lucha en su interior en la que yo no debía intervenir.
—He pensado algo —dijo cuando al fin recuperó las fuerzas—. Johne es muy receloso con estos libros. Si le ofrezco enterrarlos, al menos durante el tiempo que nos quede aquí, para mantenerlos a salvo, no dirá que no. Será la única vez que conozca su ubicación y podré llevarle hasta ellos.
—¿Cuándo será eso?
—Ya se lo he dicho, en dos días regresará. Nos veremos dentro de tres noches en la entrada del pueblo abandonado. Puedo conseguir que Johne y Margery salgan de la guarida durante unas horas. Lo suficiente para que los destruya y termine con todo.
Parecía demasiado fácil. ¿Y si de nuevo se trataba de una trampa?
Ya había sido víctima de mi propia impaciencia, así que esa vez recapacitaría con tiempo y aprendería de mis errores.
Volvía a depender de la palabra de uno de los renegados y, aunque había algo distinto en el espíritu de Bob, no podía estar seguro de sus verdaderas intenciones.
—La última vez que acepté vuestra palabra respiré el hedor de la muerte —le recriminé—.
Olía a tierra. Tierra que tú mismo vertías sobre mi cuerpo aún con vida.
¿Cómo sé que no volverás a hacerlo? Esta noche me has seguido hasta aquí furtivamente y me has soltado las palabras adecuadas para cortejarme, pero ¿cómo puedo creer en lo que dices?
—Bob no respondió. Subió la cabeza y, por primera vez, vi el color oscuro de sus pupilas—. ¿Puedo confiar en ti?
—¿Puede no hacerlo?
Su respuesta me cayó encima como un mazazo. Tanto si Johne solo planeaba abandonar el pueblo como si había algo más, no disponía de mucho tiempo para detenerlo o le perdería el rastro para siempre. Así que, aunque no me quedé convencido, no tuve más remedio que aceptar su propuesta.
Los siguientes tres días se convirtieron en tres eternidades, sobre todo cuando al acostarme las dudas me asaltaban y me despojaban del sueño. Y, sin embargo, el temor a lo que estaba por venir me hizo sentir, cuando me vi a las puertas del fin, que el tiempo se había esfumado en un parpadeo.
Aguardaba en la entrada del pueblo, escondido tras uno de los numerosos árboles que rodeaban la guarida de los renegados, a que Bob apareciese.
El fuerte viento que había arrastrado un manto de nubes más oscuras que la noche se había detenido y había dejado el ambiente en una calma que amenazaba con romperse en cualquier momento.
El silencio del bosque rayaba lo extraordinario y solo los latidos crecientes en el interior de mi pecho ratificaban que seguía vivo.
No pasó mucho tiempo hasta que Bob acudió al punto de encuentro.
Portaba su pala y miraba nervioso de un lado a otro hasta que me halló.
En una primera impresión, daba la sensación de que venía solo, pero aproveché mientras se aproximaba para escudriñar el entorno.
No distinguí nada extraño, aunque eso no me privó de la sospecha.
—¿Estás solo? —le pregunté cuando alcanzó mi posición.
Este sacudió la cabeza en sentido afirmativo y me hizo un gesto para que lo siguiera.
Nos encontrábamos fuera, al otro lado de la muralla. La marcha de Bob en esa ocasión era más apresurada que nunca, lo que provocaba unos movimientos aún más bruscos y descontrolados. Delante de mí, este volvía la cabeza con frecuencia para asegurarse de que seguía ahí.
—¿Dónde están Johne y Margery?
—Como le dije, he conseguido que esta noche vayan al pueblo —respondió.
Habíamos bordeado la mitad del pueblo cuando Bob se paró en seco y clavó la pala en el suelo. Empezó a desplazar la tierra con una habilidad admirable. El hoyo era pequeño, pero cada vez más profundo. Las perlas de sudor rodaban por su frente. Esta se contraía tras cada palazo que acometía.
—Deberían de estar aquí. —La preocupación tiznó su tono de voz.
Exhaló una respiración de alivio que parecía haber estado conteniendo al notar la oposición en la punta de la pala. La arrojó a un lado y extrajo una vara de madera en cuyo extremo había un hatillo.
Con ansia, me apresuré a deshacer el nudo del pañuelo yo mismo. Dentro solo había un puñado de rocas, nada más.
—¡Me has vuelto a mentir! —lo increpé. Instintivamente miré a mi alrededor, pero todo seguía en ese estado de misteriosa serenidad.
—No, créame. Enterré los libros aquí, en este hatillo. ¿Cómo…?
En el trance en que Bob se percataba de lo que estaba sucediendo, el matiz profundo de la voz de Johne se alzó a nuestras espaldas.
—Una vez más, no he errado en mis vaticinios.
Margery escondía la mitad de su cuerpo detrás del vagabundo. El pedazo de semblante que permanecía visible mostraba una vergüenza inusual en ella. Con la cabeza caída, solo sus ojos se atrevían a mirarnos de soslayo.
—Por una vez —prosiguió Johne—, deseaba no estar en lo cierto, querría haber pecado por exceso de desconfianza. —Sus palabras flotaron en medio de la tensión. Bob lo observaba inalterado—. Tenía que verlo con mis propios ojos. Y, ahora que lo he hecho, no podré olvidarlo.
Johne extrajo de una faltriquera un libro del que distinguí la palabra «Bob» sobre la cubierta. Lo destruyó con la facilidad con la que se quiebra un hierbajo seco.
La expresión de Bob se ensombreció y el grito de Margery rajó el aire.
—¡¿Por qué lo has hecho, Johne?! —le reprendió Margery desesperada. Luego corrió y se abrazó a las piernas de Bob—. Él es de los nuestros, ¿cómo has podido?
—Fuiste tú la que me advertiste del comportamiento de Bob. ¿Qué esperabas que pasase?
—Solo quería que hablases con él —repuso la niña entre lágrimas—. Lo has matado.
—Nadie que traicione mi confianza merece estar a mi lado. De igual forma, sus acciones iban a conllevar el mismo desenlace. Solo le he dado lo que él iba buscando. Ahora además vagará solo hasta que la muerte le dé alcance. No será la primera vez que esté solo, se las apañará bien.
—¿Por qué eres tan cruel? Él es uno de los nuestros —repitió Margery de rodillas en el suelo.
—¡Estúpida niña! Si no me entiendes, quizá tú tampoco debas continuar conmigo.
—Con desprecio, sacó el libro de Margery de la bolsa y se lo arrojó.
Este le golpeó en el costado y la niña soltó un quejido ahogado—.
Ahí lo tienes. Haz lo que quieras con él y ve donde te plazca, ya no te necesito para nada.
El cometido para el que te requería hace tiempo que se cumplió.